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Sexo duro: Educando y exhibiendo a Marta


  • Mi boca hizo una mueca de súbita sonrisa incontrolada. Marta estaba allí. Había accedido finalmente. Había comprendido la realidad: que hoy, y quizás por más tiempo, sería mía sin remedio.

    Me acerqué a recibirla. Habíamos estado hablando el día anterior. Si accedía a venir, lo haría en condición de sumisión a las formas de placer en las que yo la quisiera introducir. Nada desagradable para ella, pues de sobra sabía que cada vez que se abandonó a lo que mi voluntad juzgase oportuno, el resultado no fue otro que placer a raudales y una total confianza en el bienestar de su sexo junto a mí. Yo, por mi parte, casi no cabía en mí de gozo cuando recibí su mensaje de confirmación. Así pues, avancé, observándola.

    Sus pantalones blancos bien llenados por la casi divina abundancia de sus muslos titubearon brevemente, antes de aproximarse a mí. Me recibió con timidez.

    –Has venido –afirmé, más en actitud de dejar claras las consecuencias que en la de preguntar.

    –… Sí. Aquí estoy, parece…

    –No, no tengas tantas dudas. Ven, mira. Déjame enseñarte.

    Me situé a una distancia agresivamente mínima, de golpe además. Le besé la boca. Una vez. Y otra después. Despacio, pero con intensidad creciente, suave, pero con firmeza constante y bien medida. Mi lengua pasó entonces a la acción y empezó a comportarse de forma demandante, pidiendo, exigiendo más besos de los gruesos labios de Marta, y de la sensualidad de su boca que siempre se entreabría al excitarse. Me separé apenas lo suficiente como para echar un vistazo: entreabierta. El proceso ya había comenzado. Seguí besándola, sin freno, y planté mis dos manos en su trasero, de tal forma que ella sintiera dos manazas sobándole toda la amplitud de su redondo culo aunque yo fuera persona de manos más bien delgadas y acaso algo estilizadas. Su boca se entreabrió más.

    – ¿Estás contenta de estar aquí?

    –… Sí. Sí. Mucho. Hhhh… –suspiró, tras sentir que apretujaba todo lo que se marcara en su pantalón.

    –Bien –aseveré, y sin más preámbulos aproveché la relativa apertura de su boca e introduje un dedo en su interior. Ella me miró con gesto interrogante; gesto que ignoré deliberadamente. Deslicé mi índice por esa abertura que tanto placer me había dado otras veces, y lo moví en la actitud de quien examina a un animal de monta recién adquirido para confirmar su calidad. Le hice formas, antes de sacar el dedo y de susurrarle:

    –Esta boca… Tan amplia, tan jugosa, tan ansiosa. Le cabrían muchas cosas dentro. Podría estar devorando una polla, firme, tiesa y mojada por ti.

    Después saqué el dedo, dejándolo frente a su lengua. No era más que una insinuación para que ella lo lamiera; y lo hizo. Sentí el tacto de su lengua húmeda sobre mi piel. Me excitó sobremanera.

    –A esta boca… Le quedaría muy bien una buena polla, ¿verdad?

    –Por supuesto.

    –Dilo.

    –Polla.

    –Otra vez.

    –Polla… Verga…

    Introduje mi índice de nuevo, haciéndole de nuevo formas explícitas.

    –Dilo ahora.

    –Hooo… laa… –susurró ella, sin apenas poder vocalizar.

    –Muy bien, Marta. Muy bien, putita mía. Mi zorra exclusiva y querida.

    Saqué el dedo, y volví a besarla. Se estaba calentando cada vez más. Miró alrededor, como buscando cerciorarse de que estábamos solos en la estación. No era así. Ella no parecía haberse dado cuenta, pero dos hombres habían aparecido por la parte trasera de la estación, y aunque se dirigían a su destino y no pararon ni se acercaron a nosotros, sí que observaron con total curiosidad, mirándose entre ellos. Marta los vio y en ese instante se sintió confusa y avergonzada.

    –Pero, cariño, creí… Creí que era sólo tuya. Me has hecho quedar como una puta…

    –Lo que eres. ¿Es que no es así?

    –Sí. Tuya.

    –Exacto, Marta. Mi puta. Pero antes de usarte en privado, de darle a tu cuerpo lo que se merece, quería que los demás supieran lo que voy a follarme esta noche. La pedazo de mujer, de fémina, hembra en celo a la que voy a penetrar.

    –Ah… Pero, Héctor… Aunque me ponga cachonda haciendo cosas cuando nos pueden descubrir, no me… No me gusta cuando me descubren. El sólo el morbo de…

    -Shhh, shh shh. Calla, Marta, calla. Lo sé muy bien. Un buen hombre conoce a su zorra. Por eso, aunque te muestre en público, no te preocupes: te follaré en privado. Eres una presa a exhibir en multitudes y reclamar en solitario.

    Comienza una noche de sexo duro…

    Ella no objetó más. La cogí de la cintura y la conduje rumbo a mi casa, a unos 15 minutos a pie. Habríamos parecido la pareja ideal de enamorados, con la diferencia de que en muchas ocasiones metí mano por donde pude sin consideración. Pronto había ya desabrochado dos de los botones del pantalón blanco para hacerlo descender muy levemente, mostrando así parte de su culo por debajo del jersey. Apenas destacaba en la vía pública, pero cualquiera que la mirase por detrás con atención podría verlo, bamboleándose, apretado por mí. Marta se limitó a ir con la cabeza relativamente agachada mientras soltaba tímidos gemidos y miraba insegura alrededor de vez en cuando. Yo la alentaba dándole buenos apretones. Pronto habíamos llegado a mi portal.

    La hice pasar, casi empujándola, con cariño pero con una urgencia no disimulada. Nos introdujimos en el ascensor, y tras pulsar el botón saqué todo su hermoso y enorme culo a relucir, mientras manoseaba una de sus tetas; la que tenía perforada con un piercing negro. Salimos de la estrecha estancia que constituía el ascensor y la planté frente a mi puerta, como si fuera una prisionera y acabara de reducirla. Con la mano que me quedaba, extraje las llaves de mi bolsillo -al tiempo que me daba unos toquecitos en la punta de mi rabo, que me hacía forma en los pantalones y, de lado, llegaba a abultar en el bolsillo. Todo para comprobar que estaba tan dura como a Marta le gustaba recibir su ración de falo-, y abrí la puerta. Una vez introduje a Marta al interior, pues ella apenas avanzó por sí misma, terminé de sacarle los pantalones, firmemente, imponiéndome.

    –De rodillas –ordené con severidad.

    –… Claro…

    – ¿Sabes lo que vas a hacer?

    –Sí…

    –Dilo.

    –Chupar polla.

    –Exacto, Marta, cariño. Eres una comepollas y tienes que vaciarme los huevos. Empieza. No esperes, o tendré que follarte la boca.

    Ella obedeció, aunque supe que la alternativa que le ofrecí también le resultaba tentadora.

    Dejé que engullera mi miembro, muy tieso a estas alturas, venoso, palpitante. Cimbreaba en su boca, con sus lengüetazos apresurados. Llenaba aquel agujero como sólo podía hacerlo algo que encajase a la perfección. A los pocos segundos, saqué mi polla de su boca y golpeé varias veces las mejillas de Marta, a ambos lados. Después, asiéndola de la nuca y la cabeza, hice que restregase su cara por toda mi barra de carne. La volví a dejar mamar, después de apretarme la base y el tronco del pene para que ella lo sintiera a punto de explotar. Cuando empezaba a gemir con toda la forma de la verga en la cara, la puse en pie, sólo para arrojarla -con cuidado e incluso cierta precisión- a la pared más cercana y empezar a jodérmela allí mismo. La embestí, suave al principio, con todas mis fuerzas después. La pasión desgarradora con la que me introducía en su coño pronto hizo que la pared resultara limitadora e incómoda, por lo que la conduje a mi habitación, oscura y con decoración de colores fríos. Se me ocurrió que, dado que ya la había exhibido, podía terminar follándomela frente a la ventana abierta, de modo que su cara, extasiada por el placer, asomase a la calle desde aquel tercer piso. No opuso resistencia. Sólo cuando no podía controlar sus gemidos ni su expresión, pareció preocuparse por un momento, arguyendo:

    – ¿Y si nos ve alguien?

    –No nos verán a estas horas, Pero, dime… –conseguí decir entre jadeos–. Dime, ¿qué crees que pasará si nos ve alguien?

    –Ahhh… Que… Que se… Tocarán. Y se pajearán, mirando cómo se la hincas a tu guarra.

    –Eso es, Marta, zorrita mía. Eso es lo que harán. ¿Algún problema?

    Ella no respondió. Se había perdido. Sus ojos estaban cerrados y su boca muy abierta no paraba de gemir.

    -¿Algún problema? –repetí.

    –N-no… No. Que nos vean. Que se pajeen si quieren.

    –Y que derramen sus fluidos viéndote.

    Sonreí. La había emputecido cuanto quería esa noche. Aunque quizás, todavía hiciera falta un poco más. Al cabo de largos minutos, salí de su coño y la arrodillé ante mí. Me corrí en toda la cara de Marta, tres chorros cargados de semen. Volví a levantarla y, aún con la cara cubierta de esperma, la abracé desde un lado, situándome a su derecha… Mientras dejaba que cualquiera que estuviera mirando, llegase a contemplar el resplandor blanquecino con el que las luces de ciudad bañaron la cara de Marta, ahora cubierta de mi semilla recién exprimida.

    Y después, la besé tiernamente. Con amor. La noche aún no había llegado a su fin…

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