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  • Quité el contacto del coche y se apagaron las luces. La única iluminación que teníamos era la de la luna, que aunque sin estar llena, hacía que la visibilidad en el interior del coche fuera más de la deseada.
    Lo habíamos hablado varias veces y nunca nos habíamos decidido a hacerlo, ni en la época de nuestros inicios, cuando no teníamos lugar para bajar la calentura que nos entraba cuando quedábamos para vernos. Nunca, quizás una vez, habíamos utilizado el coche para disfrutar el uno del otro y tras varios años juntos y después de una cena bañada por un par de botellas de vino, nos decidimos medio en broma medio en serio a coger el coche y plantarnos en el campo, entre los árboles, en un lugar en el que las parejas, más jóvenes que nosotros, solían frecuentar para desfogar sus tensiones y deseos.

    Bajamos del coche y tras echar hacia adelante los asientos delanteros pasamos a la parte de atrás. Tan pronto nos acomodamos en la parte trasera nos miramos y nos comenzamos a besar juntando nuestras lenguas como queriendo comernos mutuamente. Empecé a bajar mis manos por tu espalda recorriendo la tela de ese vestido de pequeños lunares que te pusiste aquel día en Granada, aquel día que te quitaste el tanga poniéndome cachondo perdido.

    Empecé a besarte el cuello de manera apasionada para continuar mordiéndotelo, dándote pequeños bocados que te hacía soltar algún que otro gemido. Aquello te estaba gustando. Tú mientras tanto pasabas una de tus manos sobre mi polla, por encima del pantalón, y notabas como ya habías provocado una erección que justificaba lo mucho que me estaba gustando aquello que me estabas haciendo y que realizabas de manera inmejorable.

    La temperatura estaba empezando a subir muy rápido. Yo seguía entretenido mordiendo tu cuello y mis manos ya acariciaban tu fantástico culo; ya sabes que me vuelve loco. Tú seguías tocándome la polla por encima del pantalón y apretando de vez en cuando mis huevos. La calentura estaba en su máximo nivel, cada vez soltabas más de esos pequeños gemidos a cada mordisco que recibías en el cuello y a cada acaricia que sentías en tu culo, el cual se encontraba ardiendo debido a la excitación y a la temperatura que a cada segundo que pasaba se hacía más insoportable en el interior del coche. Poco a poco fui dejando tu cuello para ir besándote en dirección a tus tetas. Esos pezones, a pesar del calor, debían de estar a punto de caramelo, duros y listos para ser chupados y mordidos con mis labios. Allí me dirigía cuando de repente paré.

    – Mmmmm, ¿qué haces? No pares ahora – me dijiste sin saber el motivo por el cual dejé de besarte.
    – ¡¡Joder!! Hay alguien ahí, mirando.

    Justo a unos diez metros del lateral del coche donde te encontrabas sentada, tras un pequeño arbusto, se podía distinguir la figura de un hombre observando el interior del vehículo desde la distancia, gracias a la iluminación que esa noche se encargaba de suministrar esa luna medio llena que también era testigo de aquella situación. El hombre no hizo gesto ninguno en el momento de ser “cazado” por nuestras miradas, le daba exactamente igual de que nos hubiésemos percatado de su presencia y seguía inmóvil observando a la espera de que continuáramos con lo nuestro.

    – ¡¡Pero tendrá cara!! – Exclamé contrariado –Ni se inmuta el muy cabrón.

    Ahí seguía, expectante, sin ningún tipo de apuro por la situación. Me comencé a sentir incómodo y contrariado. Aquel mirón nos acababa de joder el momento tan increíble y excitante que estábamos disfrutando.

    – Nos vamos, no estoy tranquilo con ese tío ahí, otra vez será –te decía mientras hacía ademán de abrir la puerta para salir e ir a la parte delantera del coche para marcharnos.

    De repente sentí en mi hombro izquierdo una de tus manos que me empujaba hacia abajo como queriendo impedir que abriera la puerta del coche.

    – Pero…. – fue lo único que me dio tiempo a decir.

    Tan pronto volví la cara para preguntarte el motivo por el que me impedías salir, me soltaste un beso introduciendo tu lengua en lo más profundo de mi boca que me dejó sin habla. En un movimiento rápido, separaste tus labios de los míos, te recostaste en el asiento del coche, te remangaste hasta tus caderas el vestido, levantaste un poco el culo y te quitaste el tanga que llevabas. Ese movimiento me cogió por sorpresa y me dejó totalmente descolocado, sin capacidad de reacción, sin saber qué hacer y sorprendido como pocas veces me había sentido. No me dejaste tiempo para reprocharte nada ni para asimilar la situación, sin apenas darme cuenta estaba recostado sobre la puerta derecha del coche con los pantalones bajados por las rodillas y mi polla, totalmente erecta, delante de tu cara.

    No hablabas, solo me mirabas fijamente y te mordías el labio. Sin pensártelo te abalanzaste sobre mi polla y te la tragaste en un rápido movimiento. Así la mantuviste unos segundos dentro de tu boca, tan adentro que tus labios rozaban mi pubis. Eso me hizo soltar un gemido. La sensación de sentir toda mi polla dentro de tu boca y permanecer así unos segundos me hizo volar de placer, un placer y una sensación que solo tú sabes llevar al límite, y en ese preciso instante lo habías hecho.

    Tras unos segundo con mi polla dentro, subiste tu cabeza hacia arriba liberándome de tu boca y dejando un hilo de saliva que mojaba desde la punta hasta la base toda mi erección. Me miraste fijamente con esa cara de viciosa que se te pone cuando estás cachonda perdida y sacando tu lengua, comenzaste a lamerme el frenillo y a comenzar muy lenta y magistralmente una serie de movimientos con tu lengua y labios, saboreando y sin dejar ninguna parte de mi polla sin lamer, que en esos instantes ya se encontraba totalmente empapada a causa de tu saliva y de líquido preseminal que comenzaba a asomar.

    Subías y bajabas, usabas tus labios y tu lengua. Tus movimientos cada vez eran más rápidos y profundos, apareciendo y desapareciendo mi miembro en tu boca, tu caliente y húmeda boca. Cuando te pareció bien, decidiste que ya era suficiente el tiempo dedicado a mi polla, por lo que la agarraste con una de tus manos y comenzaste a bajar en dirección a mis huevos. Empezaste a besarlos poco a poco, con delicadeza, para seguidamente introducirte uno de ellos en tu boca y volver a llevarme al éxtasis. Te tomaste tu tiempo saboreando, lamiendo y jugando con mis huevos dentro de tu boca. En un momento dado decidiste cambiar de postura, apoyando tus rodillas sobre el asiento trasero, subiendo tus caderas y hundiendo tu cara entre mis piernas para lamer la parte más baja de mis huevos y comenzar a estimularme con la punta de tu lengua el perineo. Eso me hizo soltar un suspiro a la vez que cerraba los ojos y me dejaba llevar. Tuve la sensación de que se paraba el tiempo, no quería que aquello se acabara, pero comenzaba a sentir la necesidad de hacerte saber que debías bajar el ritmo pues si seguías así no iba a tardar mucho en correrme.

    Abrí los ojos y lo que encontré delante fue algo que hizo que mi excitación creciera y el morbo de disparara. Lo que pude ver fue lo que se reflejaba en la ventanilla del coche, tú a cuatro patas con el vestido remangado hasta la cintura, con tu culo y tu coño en primer plano, tu coño brillante – debías de estar empapada – y tus piernas algo separadas como queriendo mostrar tus encantos. En un segundo plano y fuera del coche aparecía el mirón – que por un momento y gracias a tus habilidades me habías hecho olvidar su presencia – el cual había abandonado el arbusto donde se ocultaba y se encontraba a poco más de un metro de la ventanilla del coche donde veía justo delante de sus narices todo lo que le estabas mostrando mientras se acariciaba el voluminoso bulto que se intuía bajo el pantalón.

    El mirón era un hombre de unos 45 años, alto de complexión fuerte y bien vestido. Se encontraba inmóvil justo delante de la puerta a la cual dabas la espalda. Tú seguías a lo tuyo, recreándote en mis huevos y masturbándome a la vez con una de tus manos. Yo en cambio, comencé a sentirme extraño e incómodo de nuevo, aunque el verte tan activa y viendo la brillantez de tu coño reflejado en la ventanilla de la puerta del coche, me hacía estar algo más tranquilo al observar que estabas disfrutando del momento.

    Decidiste que ya me lo habías hecho pasar bastante bien por lo que te incorporaste y te sentaste. Giraste la cabeza a tu izquierda y te encontraste de bruces con nuestro inesperado “vecino”. Al ver que girabas la mirada hacia el extraño pensé que sería hora de irnos, pero mantuviste la mirada durante unos segundos para seguidamente volverte hacia mí y decirme:

    – ¿Estarás contento, no?
    – ¿Qué quieres decir? – Respondí algo confuso
    – El de ahí afuera me acaba de ver todo el coño. Es lo que siempre has fantaseado, ¿verdad?

    Tenías razón, siempre te había comentado que me ponía mucho imaginar que te veían desnuda, pero era solo eso, imaginar. Para ser sincero no me encontraba muy a gusto con el momento que estábamos viviendo en esos instantes en el coche, en medio del campo y con un extraño a unos metros de distancia. Iba a decirte como me sentía cuando volviste a tomar las riendas.

    – Apóyate ahí.

    Me inclinaste hacia atrás haciéndome apoyar mi espalda contra la puerta derecha del vehículo. A la vez tú también giraste hacia tu izquierda dejando caer tu espalda sobre mi pecho y quedando ambos de frente al mirón. Volvías a dejarme desconcertado nuevamente. Remangaste de nuevo tu vestido, pero esta vez lo que hiciste fue sacarlo por tu cabeza quedando solamente vestida con el sujetador y los zapatos.

    – Desabróchamelo – dijiste con voz segura.

    Yo estaba fuera de mí, no entendía nada y sin saber el por qué te desabroche el sujetador tal como me habías indicado. Lo dejaste caer por tus brazos y asomaron tus tetas con unos pezones que mostraban una dureza y una rigidez nunca antes vista. Cogiste mi mano derecha y la llevaste hasta tu coño. Estabas chorreando. Dejé reposar la mano donde querías y comencé a realizar rápidos movimientos circulares a la vez que ejercía cierta presión. Te comenzaste a estremecer y a mover tus caderas pidiendo más acción. Tu coño era un reguero de flujos y mi mano resbalaba sobre él al son de los movimientos cada vez más rápidos y certeros que iba realizando. Liberé mi mano izquierda que se encontraba aprisionada entre tu espalda y mi pecho, y la llevé hacia tus tetas. Comencé a acariciarlas a la vez que te daba pequeños pellizcos en los pezones. Empezaste a gemir. Empezabas a sudar. Empezábamos a perder la cabeza. A la vez que te iba masturbando y acariciándote las tetas, volví a centrare en tu cuello, besándolo y volviéndolo a morder, acción que provocó en ti un pequeño grito de placer, un espasmo y la primera corrida de la noche.

    El mirón seguía ahí, a un metro del coche, inmóvil y con los ojos bien abierto. Seguía tocándose por encima del pantalón. Tú te habías dejado caer sobre mi pecho después de tu merecida corrida. Aparté mis dedos de tu ardiente coño y llevé uno de ellos hacia tus labios. Con la punta de tu lengua lamiste uno de ellos para seguidamente abrir tu boca y saborear tu excitación. Eso empezó a ponerme a mil.

    – ¿Estás bien? – Te pregunté al ver que mirabas fijamente al exterior del coche
    – Uffff, más que bien
    – ¿Cómo puedes estar tan tranquila con ese justo ahí? – Te dije a la vez que señalaba en dirección al mirón
    – Está deseando follarme, se le ve en la mirada – me dijiste sin contestar a mi pregunta – Quiero que me folles y que lo vea, que sepa que solo tú me follas, que soy tuya nada más – añadiste.

    Tus palabras provocaron una reacción en mí que notaste al instante, ya que mi polla estaba aprisionada contra tu culo. Sabías lo malo que me ponían esas palabras y las pronunciaste en el momento oportuno. Te inclinaste un poco hacia adelante, hacia la ventanilla donde se encontraba el afortunado espectador, manteniendo el equilibrio entre el asiento y el suelo del coche. Echaste hacia atrás tu mano derecha agarrando mi polla con firmeza y dirigiéndola a la entrada de tu coño para una vez ahí dejarte caer sobre ella y quedar sentada de espaldas a mí y de cara al exterior de coche.

    – Ahhhh!!!! – exclamaste mientras mi polla resbalaba entre tus flujos buscando lo más profundo de ti

    Empezaste a moverte hacia adelante y hacia atrás, con toda mi erección en tu interior. Estabas chorreando, eras una cascada de flujos, estabas muy pero que muy cachonda.

    – Fóllame bien fuerte. Que vea como me follas y como me gusta tener tu polla dentro de mí – exclamaste.

    Empecé a moverme dentro de ti con movimientos fuertes y rápidos. Estaba embrutecido, habías sabido llevarme a un punto de excitación similar al que tenías, consiguiendo que me diese igual que tuviéramos un extraño a un metro de distancia viéndote desnuda y follando, como si se te fuera la vida en ello. Los movimientos eran cada vez más rápidos y tú empezaste a moverte de arriba abajo, empezando a botar sobre mi polla a la vez que te acariciabas con una mano el clítoris y te pellizcabas uno de tus pezones con la otra.

    La temperatura debía haber subido varios grados en el interior del coche. Tu espalda estaba mojada debido al sudor al igual que tu canalillo. Seguías botando sobre mí a la vez que yo me movía también de arriba abajo haciendo que la penetración fuera lo más profunda posible. En uno de los movimientos hacia ti, giré la cabeza y miré hacia el exterior. El mirón seguía allí, pero ya había bajado la cremallera de su pantalón y agitaba su polla con su mano derecha. Sus movimientos eran rápidos y su expresión, seria hasta ese instante, había cambiado. Se podía notar cierto placer en su rostro, estaba disfrutando con lo que veía.

    Al percatare de la polla del mirón, empezaste a moverte cada vez más rápido y a follar de forma más salvaje. Yo seguía también moviéndome rápido y metiéndote lo más adentro posible mi ya empapada polla. Bajé una de mis manos hacia tu coño y pude notar como estaba todo cubierto por tus flujos. Pasé mi mano por tu culo y con el dedo pulgar de mi mano derecha empecé a jugar con la entrada de tu culo haciendo círculos alrededor del mismo. Al sentir como jugaba con tu agujero, te inclinaste un poco más hacia delante para que mi dedo pudiera acceder con más facilidad a su objetivo. Ese movimiento hizo que tu cara quedara a escasos centímetros de la ventanilla del coche, cuyo cristal era la única barrera que había con la polla del mirón.

    Desde atrás yo observaba, podía ver reflejada tu cara y al otro lado del cristal la polla del extraño que ya brillaba en su punta debido a la excitación acumulada. Abriste los ojos y miraste a los ojos del mirón para seguidamente abrir tu boca, sacar la lengua y relamerte como invitándole a hacerle una mamada. Eso ya fue demasiado para él, que de repente empezó a sacudir con más fuerza su polla hasta que ésta empezó a soltar, primero uno y seguidamente tres más, chorros de semen en dirección a tu cara y que acabaron en esa barrera que era el cristal de la ventanilla del coche.

    – ¡¡¡¡¡Jodeeeeerrrr!!!!!! ¡¡¡¡Ahhhhh!!!! – Gritaste.

    Al ver como el mirón se corría delante de tu cara, empezaste a convulsionarte y tu coño comenzó a soltar un reguero de flujos que empezaron recorrer mi polla desde la punta hasta perderse entre mis huevos. Durante varios segundos continuaste con los espasmos y soltando ese líquido caliente que ya mojaba parte de mis piernas y parte del asiento trasero del coche. Tu corrida estaba siendo brutal y yo ya no podía más y estaba dispuesto a descargar toda mi leche acumulada.

    – Voy a correrme
    – Córrete encima de mí, dame toda tu leche – me decías mientras te girabas hacia mí y te ponías en posición para recibir mi corrida.

    Saqué mi polla de tu húmedo y caliente coño y sin apenas tiempo de agitarla un par de veces, comencé a soltar todo mi semen sobre tus tetas y parte de tu barbilla. La corrida fue brutal, no paraban de salir chorros de semen en tu dirección. Cuando terminé de correrme, cogiste mi polla y te la llevaste a la boca para chuparla suavemente y dejarla limpia de cualquier rastro de leche.

    – Ufffff, joder – fue lo único que logré decir
    – ¿Te ha gustado? – Preguntaste
    – Mucho. ¿Y tú qué tal?
    – Nunca me había corrido así. Ha sido increíble. Deberíamos haber follado más en el coche – contestaste a la vez que soltabas una carcajada.

    Comenzamos a reírnos, te recostaste sobre mi pecho y ambos miramos al exterior del coche, viendo cómo nuestro “amigo” se marchaba tranquilamente por el mismo lugar por donde había venido.

     

    En el coche
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