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Hola, esta es la primera vez que escribo algo, pero la verdad es que me he animado a contároslo porque he visto que estáis empezando a publicar relatos y como lo leerá poca gente pues no me da tanta vergüenza que lean.

Bueno, os diré que mi nombre es Pedro. Tengo 35 años y mi mujer se llama Lucía, de 30 años. Os quiero contar la primera vez que hicimos un intercambio de parejas mi mujer y yo, pues lo recuerdo como si hubiera ocurrido hace un rato.

Todo ocurrió hará un año más o menos, cuando Lucía se compró por sorpresa un consolador bastante grande. Yo me lo tomé bastante mal, la verdad, pero luego comprendí que era para utilizarlo mientras follábamos, pues le había picado la curiosidad por ver qué se sentía siendo penetrada por dos pollas. Pasaron los días y cada vez hacíamos más uso del juguete erótico de Lucía, hasta que una vez se le escapó en mitad de la follada que “ojalá fuera de verdad”, en alusión a la polla de plástico.

¿Alguna vez os han puesto los cuernos? Yo creía que a mí no, pero eso cambió hace tiempo, justo cuando mi mujer me contó que se había follado a otro mientras éramos novios. La muy puta me lo dijo como si por no estar casados en aquella época fuese justificable que me pusiera los cuernos.

Según dice ella, sólo fue un par de veces. La verdad es que la entiendo, porque a los dos nos gusta mucho follar y en aquella época nos veíamos poco por temas laborales. Nos gusta tanto el sexo que, después de saber que me ha sido infiel, estoy por proponerle follar con más gente. Sexo en grupo, ya sabéis, pero bueno, todavía no lo tengo seguro –si pudierais echarme una mano os estaría muy agradecido-.

Hola, mi nombre es María y tengo 29 años. Quiero contaros algo que me pasó este fin de semana.

Hace un par de semanas que mi novia y yo cortamos. Ella llevaba un tiempo rara conmigo y yo pensaba que estaba liándose con otra, así que continuamente estábamos discutiendo y peleándonos. Así que decidió irse de casa, lo cual me confirmó mis temores.

La cuestión es que no sé nada de ella desde que se fue, y tenía muchas ganas de vengarme. Bueno, de vengarme y de follar, porque soy muy activa y necesito follar con frecuencia. No me basta sólo masturbarme con juguetes. Necesito más. Por eso mismo, decidí quedar con Carlos y Antonio, una pareja de gays con la que solíamos salir Teresa y yo hasta que la muy zorra me abandonó.

A veces, el duro trabajo de albañil puede ser tan gratificante como el que más. Hace ya unos meses, trabajábamos duro en la reforma de una casa rural mi compañero Pepe y yo, junto con un pobre peón llamado Yuri, el cual era realmente el único que trabajaba. De este trío, sólo yo era español, pues Pepe no era tal. Se trata de un camerunés de nombre y apellido impronunciables, al cual rebautizamos con el nombre de Pepe en la pequeña empresa para la que trabajábamos. Era un buen tipo, se escaqueaba de sus obligaciones como el que más, pero no trabajaba mal; Yuri era el más joven de los tres y sobre quien recaía las culpas de nuestros desmanes, pues él no entendía muy bien el español y poco o nada podía hacer para defenderse de nuestras acusaciones. Tampoco hablábamos mucho con él, precisamente porque su nivel de español era nulo, así que nos las teníamos que arreglar mediante gestos.

La gente cree que trabajar de gogo es fácil, pero no saben nada de lo que tiene que hacer una para que le vaya bien en este mundillo. Por ejemplo, no saben la dura dieta a la que debemos someternos para guardar la línea, o no saben el asco que da verle la cara a algunos paletos babeando como caracoles, o no se imaginan el montón de horas en el gimnasio para mantener tonificados los músculos. Otra cosa que tampoco saben es lo que una tiene que aguantar de sus compañeras gogos, o incluso de los porteros con los que tenemos que trabajar.