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La Señora de la Casa


  • Para Juliette, mujer de verdad

    La música, alegre, llenaba la casa. Algunos bailaban; otros cantaban en un improvisado karaoke sin micrófonos ni intervenciones electrónicas. Vino, ron, tequila, todo fluía. Abundaban tentempiés dispuestos con buen gusto y colorido sobre la mesa, y las conversaciones, amenas, se mezclaban con risas y estruendosamente etílicos cotorreos.

    La señora de la casa sentía un hormigueo en su bajo abdomen. Su nuevo vecino la miraba siempre de una manera que podría hacerla sentir incómoda. Sin embargo, no le molestaba en absoluto. Al contrario, sentía deliciosamente intimidantes sus miradas.

    Mientras ella se movía de un lugar a otro, el marido atendía a un nutrido grupo de sus invitados en el espontáneo y desentonado cantar. El vecino, sentado en medio de ese bullanguero grupo, la vio acercarse mientras ella se dirigía a la cocina.

    Ella, pasando a su lado, rozó de forma atrevida pero muy discreta, sus hombros. Entendiendo el mensaje, dejó que ella avanzara hacia la cocina y después de unos minutos, siguió sus pasos.

    Lentamente, deteniéndose a ver los cuadros, a saludar a alguno o a otro, aprovechó cada instante para asegurar la ausencia de cualquier invitado en la cocina, donde había entrado ella. Sigilosamente, se asomó y la vio, de espaldas a él, preparando una ensalada.

    La acechó sin que ella se percatara de su presencia y logró llegar hasta ella y sin más preámbulos, la tomó por la cintura mientras le arrimaba su inflamado bulto contra la zanja que dividía aquel par de deliciosas nalgas.

    Como ella no lo esperaba ni lo había sentido acercarse a ella, soltó un plato que se quebró estrepitosamente al chocar contra el suelo mientras exhalaba un grito asustado.

    Él se detuvo y la bulliciosa muchedumbre guardó silencio. Desde el salón, el marido preguntó, “¿estás bien, querida?”. El vecino, no sabiendo qué haría ella, permaneció inmóvil. Nadie se acercó a la cocina, expectante a su respuesta.

    -“Estoy bien, cariño. Solamente es un plato que se cayó. No pasó nada

    La fiesta reinició con su bullicio, y al nomás enterarse que nadie irrumpiría en la cocina, ella se volteó rápidamente, lo confrontó cara a cara, le sonó una significativa pero no muy fuerte bofetada, y de inmediato, plantó un beso jadeante, anhelante, hambriento y deseoso en la boca del sorprendido visitante, entrelazando de inmediato su lengua con la de él, para luego provocar en él un sobresalto al tomar con su mano su endurecido miembro, que asomaba, despertando por encima del relieve de su pantalón.

    Recuperado de la sorpresa inicial de que ella tomase la iniciativa, él agarró como tomando posesión forzosa de su cuca, generando a su vez un espasmo en ella.

    Él aprovechó la sorpresa que la desconcentró, y tomándola por uno de sus hombros, la volteó poniéndola de espaldas a él y la empujó contra la pared al mismo tiempo que levantó el vestido blanco de tela estampada con rosas por doquier y que le llegaba hasta la mitad de su muslo, y tomando sus bragas, tiró de la condenada prenda con fuerza, rompiéndola y con velocidad más producto de la desesperación que de la prisa, desabrochó su cinturón, el broche y el cierre, bajó su pantalón hasta las rodillas y sin más preámbulos empujó su pene rojo y endurecido contra aquella cueva que anhelante lo esperaba.

    Afuera de aquella cocina convertida en templo de pérfida fidelidad conyugal y altar de la lujuria y el desenfreno desvergonzado y atrevido, audaz y excitante, la fiesta continuaba entre música, canciones, risas y voces que animaban a los que se atrevían a bailar entre sus pares.

    Sobresalía la voz del marido, jovial, con sus erres arrastradas y sus carcajadas sonoras y estridentes, mientras su mujer era cogida como perra en celo en su cocina por un extraño que por primera vez ponía sus pies en su casa, y que sin conocerla, pero deseándola, gozaba de su osadía, pisándola expuesto a ser descubiertos por todo el barrio.

    Jadeando ambos, movieron sus caderas para que la verga encontrara su cuca y él, rehusándose a usar sus manos para guiar su falo, acomodó de esa mujer las nalgas y entre movimientos ascendentes, descendentes y laterales, encontró el orificio que había llegado a buscar.

    Con tres empujones, fuertes y bruscos, arremetió contra aquella hasta entonces fiel y leal mujer, horadando su pudor y desguazando su pureza.

    Le metió la verga como quiso y cuánto quiso. La cogió y ella, con la boca abierta, jadeando y suspirando, se sabía expuesta y al resistir el impulso natural por sentir temor y prudencia, se fortalecía su lujuria, extendiendo hacia atrás sus manos para tomar las nalgas de aquel hombre que la hacía suya para sentir aquella hombría plenamente.

    Así, de pie contra la pared y con un hombre atrás invadiendo su cuerpo, pasó a ser más hembra que mujer.

    El vaivén de aquella cadencia inmemorial creadora de vida, de odios y tragedias, sintiendo cada detalle de aquel pene desconocido y osado, se explayó en la sensación de ser cogida en su propia casa con la puerta abierta y con visitas y su marido a distancia tan cercana que, sin poder evitarlo gimió en voz alta y desesperó en su gozo al terminar en una explosión gloriosa de intensas agonías que le arrancaron un alarido que intentó contener sin éxito y que terminó dejando desbordar en cómplice sinfonía con los gruñidos bruscos de aquel extraño que sabiendo que ella devanaba en un orgasmo prolongado, eyaculó sin miramientos en aquella cuca ajena que se abría palpitando para recibir su semen pecaminoso.

    El marido en sus ebrias alegrías, escuchó aquellos amortiguados gemidos y alaridos e incapaz de identificar su causa y su origen, no pensó en más que pedirle en voz alta a su mujer otras dos botellas para los invitados y ella, escuchándolo, apenas logró gritar, “¡SÍ, PAPI!” mientras el vecino comenzaba a poseerla por el ano.

    La Señora de la Casa
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