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La Reina Encarnada


  • Llegó a su casa sucia, despeinada, revolcada y con su ropa interior rota. No se sentía victimizada ni perjudicada por la experiencia vivida; tampoco sentía que había estado expuesta a ser violada o maltratada. Simplemente se sentía frustrada porque había sentido aquel pene rozando sus intimidades más sensibles; había sentido un gran placer por aquellos roces y hasta había experimentado con transparente plenitud la intensidad y la emoción de tener un orgasmo tras otro.

    Pero no lo había sentido entrar; no había logrado hacer que la rompiera hacia adentro y por lo tanto, estaba frustrada.

    Con las horas y con los días, su frustración se convirtió en enojo. Estaba enojada con el que se perfiló como macho jefe por no penetrarla. Se enojó también con el primero que tomó la iniciativa de montarla, por no haber defendido efectivamente su derecho a ser primero. Estaba enojada con toda la manada porque ninguno dio un paso hacia adelante cuando se hizo evidente que nada en concreto se había perfeccionado.

    Así que, indignada, dejó de salir a la calle a jugar. Sus compañeros de juego acudían a buscarla, a llamarla, a rogarle que saliera, pero ella los ignoraba por completo. Hasta su abuelita, quien la cuidaba, débil y sin saber en lo que andaba la niña, le hizo saber que la buscaban sus amigos, pero ella le pidió que les dijera que estaba estudiando porque necesitaba mejorar sus calificaciones.

    Aislada en casa, pasaron varios días, mientras ella se esforzaba por concentrarse en sus deberes y los muchachos se reunían para discutir y recriminarse por las conductas de cada uno.

    Pero es una fuerza demasiado poderosa, esa a la que se oponía, y en cuestión de pocos días, tomó su decisión. Se alistó con anticipación, con la respiración agitada todo el tiempo. Eligió un vestido corto y no se puso ropa interior de ninguna clase. Preparó una mochila con alguna ropa deportiva que usar en caso que su ropa quedase destrozada.

    Solamente la mitad de los muchachos estaban reunidos en su sede secreta. Nerviosos todos, se sentían muy inquietos por la ausencia prolongada de Ella. Acusándose mutuamente, la discusión estaba acalorada cuando el sonido de pasos entre las hojas secas los sacó de sus alegaciones, y todos al unísono dirigieron sus miradas hacia el lugar del cual provenía el sonido de pasos ligeros.

    En medio del follaje estaba ella. Delgada. Todos se pusieron de pie al verla y ella detuvo su paso. Todo fue silencio y después de unos instantes ella avanzó lentamente hacia ellos y se detuvo justo antes de quedar en medio de la multitud.

    El macho alfa se acercó decidido hacia ella, pero cuando estuvo a su lado, ella con un gesto lo hizo detenerse. Con la mirada increpó a todos los demás, exhortándolos para que alguno reclamase su derecho a ser el primero. Ninguno se atrevió a hacer un gesto siquiera, por lo que él la tomó de la mano y la llevó hacia el rincón donde todos se turnaban para manosearla. Concediéndoles una prudente distancia, todos los siguieron una vez que ya no estaban a la vista.

    Ya copulaban cuando todos llegaron al rincón secreto. En posición del Misionero, él estaba encaramado encima de ella, entre sus piernas. Ella lo envolvía alrededor de las caderas con sus piernas. El la embestía, internándose en ella, saliendo y volviendo a entrar.

    Todos guardaban silencio viendo aquella escena. Mientras ella gemía, él gruñía, esforzándose en entrar a pesar de la estrechez de su tierna edad y su virginidad, en ese acto destruida. El dolor que ella sentía no la detenía. Los muchachos miraban aquel acto animal, salvaje, sin saber que el Alfa aún no había logrado meterle toda su hombría, sino que la iba horadando con cada acometida y ella, deseosa, la recibía, aún contra el dolor y el ardor que le provocaba el rompimiento de su juvenil membrana virginal.

    Para los muchachos, el acto del cual eran testigos silenciosos era una cópula plena, completa, más no lo era. En su éxtasis adolorido, ella comenzó a darle de golpes en las nalgas con los talones de sus pies, mientras estirando sus brazos, lo tomaba de las nalgas para atraerlo hacia sí, hacia adentro, hasta que en un momento inesperado, él alcanzó el fondo de aquella maravillosa cueva, arrancándole a ella un alarido de dolor genuino más que de placer.

    Reteniéndolo para que no se moviera por causa del malestar que le causaba, él permaneció inmóvil durante escasos segundos, pero el impulso de su instinto de reproducción se atribuyó el derecho de inseminarla y con dos embestidas adicionales, estalló en una descarga de espesa y poderosamente eyectada semilla en su interior.

    Impaciente por salir de esa cueva por haber cumplido ya su cometido, sacó su pene del interior de aquella vagina vaporosa estando aun plenamente erecto pero impaciente por alejarse de ese lugar. Al salir de ella, notó la cantidad de sangre que manchaba sus piernas y los muslos de ella. Quedó impresionado de ver las manchas sanguíneas, y ello provocó que permaneciese el suficiente tiempo para ver salir gotas de su propio semen manar de la rendija enrojecida que él acababa de desvirgar.

    Se puso de pie rápidamente, acomodó su ropa como pudo, se vistió y se alejó de aquel lugar. Pasó junto a los muchachos sin mirarlos, pero ellos se aseguraron muy bien de verlo salir y de alejarse para internarse en la vegetación que los ocultaba del resto del mundo.

    Apenas se había alejado el Alfa, cuatro muchachos corrieron hacia ella, y ella, sorprendida, los dejó venir porque no había nada que hubiese podido hacer. Ni quería; la frenaba tan solo el dolor que sentía, pero el ímpetu de aquellos jóvenes no concedía espacio para considerar las necesidades o los deseos de ella. Y el deseo de ella superaba toda consideración al dolor.

    A punto de llegar a ella el primero, el segundo lo alcanzó y forcejeó con él para impedirle llegar a ella, pero eso lo aprovechó otro que presto, se encaramó en ella. La montó sin contemplaciones ni cortesías y le metió su verga casi de un solo golpe.

    En tres embestidas la tenía penetrada completamente, y a ella ya no le importaba el dolor. Lo acogió como al primero, al Alfa, y lo envolvió con sus piernas alrededor de la cintura, pero los otros dos se enteraron de lo que sucedía y entre los dos tomaron al que estaba montado para retirarlo de ella.

    Por supuesto, como ella lo tenía bien sujeto, los esfuerzos que ellos hicieron por sacarlo de allí no lograron sino incomodarla y lastimarla, porque acostada sobre el duro piso, la arrastraron un poco y con ello se rasgó un poco el vestidito ligero que no se había quitado, y provocaron sus protestas y sus regaños para que dejaran estar al pobre muchacho.

    Sin embargo, ella no contaba para nada. Ignorándola, los dos tomaron del pelo al muchacho y lo obligaron a retirarse. Ella, retrocediendo a rastras, observaba  la escena fascinada, sorprendida por lo que sucedía ante ella.

    Cuando los dos primeros lograron desmontar al resbaladizo oportunista que la logró montar y penetrar, ambos pretendieron montarse en ella, pero tuvieron que forcejear. Uno de ellos, de menor estatura que el otro, fue sumamente agresivo. Con dos empujones fuertes logró alejar un poco a su contendiente, pero él regresó continuando el desafío, por lo que al quedar frente a frente ambos niños-hombres, el de menor tamaño propinó un certero puñetazo en el abdomen del otro, quien se derrumbó al suelo, sorprendido por el golpe y por el punzante dolor que lo dejó sin aliento.

    El cuarto muchacho, de los que se habían apresurado hacia ella cuando se alejó el Alfa, había quedado parado ahí, sin hacer nada, intimidado por la rapidez, la fuerza y ahora la violencia de todo lo que sucedía. Tímido y sin el ánimo para más, regresó a donde los demás, unos seis en total, miraban todo desde lejos. Algunos de ellos se masturbaban en silencio y con los ojos cerrados.

    Pero el efecto que en ella tuvo el ver cómo el conflicto entre los primeros dos se resolvió a golpes y empujones la sorprendió incluso a ella misma. Saberse deseada, cogida, y con dos garañones fuertes y jóvenes peleando, la hizo elevar su torso apoyada entre sus brazos para esperar pacientemente y en silencio, el resultado de aquella contienda.

    El joven de menor estatura que había logrado derribar al contendor estaba a punto de montar a la muchacha cuando el otro se puso de pie y se abalanzó sobre él, pero éste, con una hábil maniobra, lo esquivó y tomando el momento exacto cuando aquel pasaba junto a él, lo hizo tropezar y una vez en el suelo, se arrodilló junto a él y le propinó un puñetazo en la cara.

    Lentamente se puso de pie y esperó apenas unos instantes para asegurarse que su derrotado contendor no se fuese a levantar, y cuando supo que así sería, se dirigió con paso firme pero no tan apresurado hacia ella.

    Emocionada en su más puro instinto y placer animal, ella sonrió para él y le extendió los brazos, como diciéndole, “ven a mí que soy tuya”, pero no pronunció palabra alguna. Simplemente lo esperó, como mujer a su hombre. Lo abrazó y lo besó mientras él, sin que ella lo esperase así, distraída por la recompensa que le daba con caricias en el cabello y besos en la mejilla, hizo apenas un movimiento con sus caderas y de un empujón le ensartó la cabeza de su verga, viril y ensanchada provocándole a ella una breve tensión a causa de la sorpresa y él, sintiendo por primera vez en su vida el calor, la humedad y la presión que aquella divina cavidad le ofrecía, supo de inmediato lo que debía hacer.

    Se dio el tiempo para hacer un breve respiro, absorbiendo la sensación de estar apenas unos centímetros adentro de su hembra y tras un posterior suspiro, dio otro empujoncito suave para penetrarla aún un poquito más.

    Ella recibió bien ese trato comedido. Los primeros dos que la montaron habían sido sumamente animales y egoístas. La habían ensartado y simplemente la cogían como objeto. No que eso le hubiera molestado a ella. En absoluto. La diferencia estaba en la disposición del muchacho de turno que con suavidad pero firmeza, comenzó a entrar en ella, despacito, y ella, sintiendo la inflamación y la irritación de lo que quedaba de su roto himen, pudo disfrutar con gran plenitud, más allá de cualquier atisbo de malestar y dolor, el ser poseída por un hombre embramado.

    Con este muchacho se sentía deliciosamente poseída. Se concentró en la sensación de aquel pene formidable en cada centímetro cúbico de su vagina. Podía sentir cómo lo envolvía su carne y cómo se deslizaba, suavemente por encima de sus mieles lubricantes. Hasta podía sentir la secreción de sus propios fluidos vaginales, soltándose, envolviendo aquel falo bendito y aún le sorprendió sentir sus propios vellos púbicos mojados mientras se frotaban con los suyos.

    La escasez de su experiencia no le impidió reconocer que el momento en que el muchacho eyacularía se acercaba y estaba encima ya. Reaccionando ante la acelerada agitación de sus gemidos, de la conmoción que denotaba al respirar y ante el incrementado vigor de sus embestidas, ella se concentró en besarlo, en acariciarlo, en atraerlo hacia sí, envolviéndolo con sus brazos y con sus piernas, decidida a no dejarlo ir, y a sentirlo así, adentro de ella.

    Las lenguas de ambos estaban entrelazadas, jugando una con la otra, cuando su concentración en aquel beso profundo y pródigo se alejó de una sensación más poderosa. Sí, poderosa como el océano, dador y destructor de vida, así fue la sensación que comenzó pequeña y creció con súbita prisa, obnubilándolo todo, expandiéndose, creciendo, arreciando en sus cadencias y así, como por sorpresa, explotando en un gigantesco brote de semen caliente, espesa y disparada con gran potencia para chocar con la pared de su cérvix, y todo eso lo sintió ella en lo que le provocó contorsiones y estertores para fusionarse con él en un largo y extendido orgasmo simultáneo que sorprendió y excitó sobremanera a los jóvenes espectadores que los miraban sin comprender del todo lo que sucedía.

    Agotado él, entusiasmada ella, no le permitió retirar su pene del interior de aquella gruta. La abrazó y lo peinaba con sus dedos mientras lo besaba. Así, una y otra vez más hicieron el amor en una danza en la que olvidaron que otros los miraban.

    La luz del atardecer aún daba para más. Cuando finalmente el muchacho no pudo más y salió de su interior, poniéndose de pie y deteniéndose un instante para ver aquella vulva inflamada, con escaso vello pero lo suficiente para excitar a quien la viese, apartó de ahí su mirada cuando notó el semen brotar de entre los rosados labios convertidos en los de una mujer y no mas ya de una niña.

    Un ruido detrás de su espalda atrajo su atención y volteó para encontrar a los mirones. Con un gesto les dijo que se fueran, pero ella se sentó y tomó su mano y le dijo que los dejara. Él comprendió lo que ella le pedía y se retiró de aquel lugar y aguardó apenas para ver cómo uno de los chiquillos corría a encaramarse.

    Brevemente contempló cómo él se montó sobre ella y comenzó a buscar cómo penetrarla, teniendo alguna dificultad para encontrar el camino, pero ella, sabida ya de la anatomía de ambos, lo tomó con sus manos y lo acomodó a la entrada y él, como perrito en el paraíso, la comenzó a montar ensimismado en el torbellino de sensaciones que le invadieron y saturaron su centro cerebral del placer para provocarle una pronta y copiosa eyaculación que ella disfrutó en silencio con un modesto placer y el deseo de seguir siendo cogida.

    Uno por uno, dos más pasaron y la montaron, eyaculando dentro de ella con gran rapidez. Ella les permitió hacerlo, les ayudó a encontrar la entrada y se concentró en la sensación de cada pene, diferente cada uno del otro, y cual puta provinciana que deja a cada cliente montarse y si acaso, le exige que se apure para que se vaya ya y venga el siguiente, susurró a cada uno en el oído para decirle lo rico que la cogía.

    Terminando de cogerla el último de los muchachos, se dio cuenta que estaba sola. Ya oscurecía pero había suficiente luz para ver a sus alrededores y poder encontrar el camino a casa. Revisó su vestido y comprobó que estaba sucio y arrugado, pero no había sido roto. Se alegró por la ropa extra que tenía en su mochila, pero principalmente por no haber necesitado usarla. Buscó un rato la mochila y la encontró tras buscarla unos minutos. Deliberó si cambiarse o seguir así hasta su casa y decidió caminar así, y sentir el semen manar de su gruta, irrestricto, sin calzón que lo atrapase.

    EPÍLOGO

    Durante los días siguientes los muchachos no salieron a jugar a la calle. Aunque todos comprendían la necesidad de guardar el más celoso secreto sobre lo que había sucedido, Alfa y aquel a quien ella retuvo para permanecer ligada con él repetidas veces, hicieron saber a todos que revelar el secreto de lo que había pasado resultaría en el peor de los males que podrían imaginar.

    Eventualmente volvieron a encontrarse para jugar en la calle y ella siguió siendo parte de esos juegos.

    Era inevitable que volvieron a aquel lugar. Sin embargo, ya las cosas no eran como antes. No había sesiones de manoseo. Al contrario, ella asumió el papel de la matriarca, de la reina; se convirtió en la figura de autoridad y poder dentro del grupo.

    Alfa jamás volvió a copular con ella. La frustración y la ira que él le provocó cuando todo se desbocó causó que ella no se lo perdonara jamás, particularmente por la manera egoísta con que él la montó la vez cuando eventualmente lo hizo. De nada sirvió que él hubiese sido el primer macho en su vida: su conducta le generó el desprecio más grande.

    El otro muchacho quedó enamorado de ella, pero no pudo soportar haber visto cómo ella lo despachó para que la cogieran otros, así que su postura hacia ella fue en adelante más fría y más distante. Aún así él siempre aceptó toda y cualquier instrucción que ella le diera, incluso para intimar con ella cuando no había nadie en la casa de cualquiera de los dos.

    Los pequeños sí le pedían que la dejaran montar y ella accedía tras ponerles condiciones o exigirles alguna prestación.

    Pocos meses después, cuando en el barrio se supo de su embarazo, todos los participantes temieron que ella revelaría lo que había sucedido, pero ella calló siempre. Aún si hubiese ella sabido quién era el progenitor, no lo habría revelado jamás.

    Los padres de los muchachos acudieron a su casa a increparla, pues sabían que era probable que su hijo podría haber sido quien la preñó, pero ella calló siempre. De hecho, solían ser las madres quienes se tornaban abiertamente en su contra, pero los padres siempre permanecían detrás de sus mujeres y miraban a la muchacha con una lujuria que ella reconocía de inmediato y que no la intimidaba. Al contrario. Ella sabía que en algún momento cercano, le sería útil, como en efecto lo fue.

    Y así, en medio de la agitación que su embarazo causó entre su escasa familia y entre todos sus vecinos, ella se sintió tranquila pues sabía que ella tendría la ocasión y la constante oportunidad de lograr con su cuerpo lo que tendría ella que necesitar.

    Así que con gran claridad, ella sabía que era justo esperar lo que esperaba. Y mientras amamantaba a su criatura, toleraba las mordidas que ésta le daba al buscar el pezón, pues sabía, cómo se lo insinuaban con sus miradas los muchos abuelos de su hijo, que ella tendría suficientes amantes para labrarse el futuro que pudiese desear.

    La Reina Encarnada
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