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Gimiendo en habitaciones contiguas


  • Recuerdo perfectamente la primera vez que te vi. Mamá dijo que había conocido a alguien y quería que cenaramos con él y su hija, dijo que tenias mi edad y seguro nos llevariamos bien. Entre al restaurante y ahí estabas, sentada junto a tu papá, eras tan agradable, me sentí atraida inmediatamente.

    Pronto nuestros padres decidieron vivir juntos y te tenía cada noche en la habitación contigua. En algún momento te alejaste, ya no me hablabas, me evitabas. No entendía lo que te pasaba, no sabía cómo reparar lo que sea que se había roto.

    Una noche estaba en mi cama desvelada en medio de la oscuridad, entonces empecé a escuchar algo que venía de tu cuarto. Eras tú, estabas gimiendo. Mi cuerpo se alteró, sentía que no era correcto estar oyendote, pero no podía evitarlo, mi imaginación comenzo a dispararse y mi excitación crecia.

    Esa noche tenía puesta la pijama que me regalaste por mi cumpleaños, la del short gris cortito y la blusa de tirantes azul. Como más tarde descubrirías, nunca uso ropa interior para dormir, por lo que sentía la tela sobre mis pezones que en ese punto estaban erectos y duros. Empecé a acariciarlos por encima de la blusa con mis ojos cerrados deseando que en algún momento cruzaras la puerta y me gimieras al oido. Pero no lo hiciste, no esa noche. La ropa me sobraba y me desnudé de la cintura para arriba, aprete mis senos una y otra vez, amasandolos como imaginaba que lo harían tu manos.

    No era suficiente, sentía leves cosquillas en mi entrepierna, mis caderas se movian involuntariamente. Tuve que bajar mi mano, deslizarla bajo el short. Abrí mis piernas y acaricie mi vagina con la palma, masajeando, haciendo presión. Un gemido se me escapó y me asuste al pensar que me escucharías y te espantarías. Me quede muy callada y tu seguías gimiendo, así que contue tocandome. Primero lento y luego más y más fuerte, más rápido, mi cuerpo te pedía y ya no era capaz de reprimirme.

    Me apretaba los senos mientras me penetraba con dos de mis dedos. Estaba tan mojada, estaba loca de deseo por ti, podía visualizate al otro lado de la pared. Tu cuerpo desnudo, tu espalda arqueada, tus piernas flexionadas, tus ojos cerrados y tu boca abierta. Tú, tus gemidos llamandome. Mis gemidos rogando por tu piel.

    Metí un tercer dedo y con mi otra mano frotaba firmente mi clitoris. Mi respiración se aceleraba, jamás me había sentido de esa manera. Mis piernas temblaban y las paredes de mi vagina se contraian. Una oleada de placer crecía dentro de mi, y estallé. Un gemido profundo inundo la habitación y mis piernas se cerraron apretando fuertemente mis dedos, como exigiendo que esa sensación nunca terminara.

    El silencio se apoderó del cuarto, tus gemidos y los mios habían cesado, mi mano y mi short estaban empapados. Me desnude por completo y chupe uno a uno mis dedos. Era mi piel y mis jugos, pero sabían a ti, porque ese placer lo habías provocado tu.

     

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