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Fantasía erótica oscura. La eterna mirada


  • Más que verlo o escucharlo, lo sentí llegar. Apenas cruzó el umbral, su presencia lo llenó todo como una corriente de aire helado, erizando mi piel ante la expectativa, una sombra que envolvía todo a mi alrededor.

    Tirada en el sillón, levanté la vista para observarlo mientras se acercaba. Descaradamente lo recorrí con la mirada. Puedo sentir las llamas de la excitación lamiéndome toda desde adentro. A su lado me siento pequeña, casi frágil, eso no es fácil de conseguir en mi caso. Los dedos me cosquillean con las ansias de arrancarle la ropa allí mismo, no dejarlo dar un paso más y tomarlo para mí. Cuando llego a sus ojos veo el hastío y el odio, espejos para los demonios que me susurran historias sobre las promesas de esa oscuridad. Sostengo la mirada y no hago nada por contener la sonrisa dibujándose en mis labios mientras mis perversidades se retuercen de felicidad, desatando un latigazo de escalofrío por mi espalda. Esto no es un juego, no hay papel que representar, es lanzarse al abismo sin saber qué hay al fondo.

    Había mirado al vacío de sus ojos y me encontré con el infierno, pero no es como me lo habían contado. No era un lugar de fuego y azufre, en vez de eso me había topado con un oscuro bosque lleno de murmullos que me prometían mil formas de agonía y éxtasis. Placer, instinto, dolor, orgasmos. Todo junto. No soy nada, no tengo que ser nada, solo dejarme llevar y recibir y estar a través del instinto. Ya no hay más allá de estas cuatro paredes, no hay antes ni después, no hay nada que no sea él. Lamo mis labios con codicia. Por el momento, todo él, todo su odio y su ira y su repulsión es para mí.

    El escalofrío regresó cuando sus dedos se cerraron alrededor de mi cuello para levantarme, pero esta vez venía teñido de miedo. Cada nervio de mi cuerpo se puso en alerta conforme la adrenalina corría, quemándome las venas y acelerando los latidos, podía escucharlos, el corazón se me desbocaba y yo me sentía tan viva. Dejé que el miedo se extendiera hasta convertirse en la lujuria más pura, recordando la única ocasión en que alguien había aprovechado mi ingenuidad para satisfacer su egoísmo, mostrándome sin querer la delicia de ser objeto de placer. Una presa fácil que decidió volverse la cazadora que desea convertirse en presa otra vez.

    Estaba totalmente indefensa, podía sentir cómo mi clítoris se hinchaba, cada vez más sensible al roce de los pantalones. Casi nunca llevaba bragas, sabía que le gustaba más así. Tampoco llevaba sostén, por lo que mis pezones endurecidos se veían a través de la camiseta blanca, la cual acabó hecha jirones cuando me la arrancó. Bajó mis pantalones, dejando mi trasero y mi concha empapada expuestos. Moví un poco las piernas para que cayeran más, aprovechando para tallar mis muslos y apretarlos para masajear mi clítoris, pero dos bofetadas me detuvieron enseguida.

    La adrenalina volvió a correr por mi cuerpo, pero esta vez llena de ira que dolía en la parte baja de la espalda. El deseo de tomar el control me hizo levantarme sobre la punta de los pies para besarlo, pero su mano en mi cuello se apretó solo un poco más, deteniendo mi ataque tan cerca que podía sentir su respiración pausada sobre mi rostro. Solo unos centímetros más…

    Más que una fantasía erótica

    Súbitamente me lanzó al sillón. No voy a bajar la mirada, no me voy a rendir. En este momento eres tan mío cómo yo soy tuya, aunque no te guste, y te lo voy a recordar. Me levanté y lo besé, pero fue como besar a una estatua, su indiferencia solo avivó la ira, así que bajé mi mano para buscar su verga. Vamos a ver si no reaccionas con eso.

    Ahogué un grito cuando sus dedos se enredaron por sorpresa en mi cabello y me jalaron para ponerme de rodillas, sacando su verga frente a mi rostro. Verla me hizo agua la boca. Quería chuparla, olerla, lamerla toda, hasta hacerlo cerrar los ojos y gemir de placer. Una nueva oleada de humedad escurrió de mi coño cuando tomé su polla y acerqué la punta a mi boca. De nuevo me detuvo una bofetada.

    –Solo mírala. ¿Te gusta el olor a macho?

    –Mmm, sí. Pero quiero que…

    –Cállate. No me importa lo que quieras. Solo mírala y siéntela.

    Las caricias de su verga en mi cara me interrumpieron. Entreabrí los labios para poder probarlo cuando pasaba por mi boca y respiré profundamente para embriagarme de su olor, dejándome levantar de golpe para atraparme entre la fría pared y este ser oscuro que me fascina. Puedo sentir cómo se masturba a mi lado, sin soltarme, endureciendo su verga sin dejarme participar. Cuando pasa la punta por mi raja, levanto instintivamente la cadera para darle mejor acceso. Apenas me roza el cuello con su respiración cuando siento sus dientes incrustarse profundamente en mi piel una y otra vez, sometiéndome mientras me penetra con facilidad de lo mojada que estoy. Me sorprende no haberme corrido justo en el momento en que me ensartó.

    –Uuufff! Así…sigue, así…

    Una enorme mano tapó mi boca, ahogando mis gemidos y protegiéndome la cara del frío de la pared. Su verga incrustada hasta el fondo de mis entrañas, los movimientos eran cada vez más bruscos, las embestidas más violentas, levantándome del suelo. Gritos morían entre sus dedos mientras mi cuerpo se dejaba hacer más allá de mi propia voluntad, la razón nublada por el placer de perder el control, de dejar ir el ego, estallándolo en un orgasmo de esos que hacen que tu consciencia se pierda por unos instantes. Sentí todos los músculos de mi pelvis contraerse sin control, haciendo temblar mis piernas. No caí al suelo porque seguía siendo penetrada con fuerza contra el muro. Por supuesto, se dio cuenta, así que el ataque continuó sin piedad, alargando así las oleadas de placer un poco más, entremezclándose con el dolor conforme la humedad iba desapareciendo, alejándose poco a poco del éxtasis del placer para oscurecerse con la agonía de esta posesión inclemente. Había liberado por fin mi boca, pero jalaba mi cabello otra vez, dejando de nuevo vulnerable mi cuello, sosteniéndome firmemente por la cintura, imposibilitándome cualquier movimiento.

    Volvió a arrodillarme, su mano dejó mi cintura para aprisionar mis muñecas, levantando mis brazos sobre mi cabeza, y sentí su polla incrustarse hasta el fondo de mi garganta, cortando mi respiración. El coño me ardía después de que me follara contra la pared hasta secarme y los brazos empezaban a dolerme por la posición elevada. Sentía las lágrimas correr por mi cara y mezclarse con la saliva. Cuando me tapó la nariz, lo miré directamente a los ojos mientras luchaba por liberarme, hasta que sentí por un momento que el mundo desaparecía a mi alrededor. No había más, solo el silencio, sin pasado ni futuro. Podía dejar de luchar. Todo pasó a cámara lenta.

    Regresé a la realidad cuando me levantó para llevarme al sofá. No había terminado conmigo y yo no tenía que hacer nada más que rendirme al placer y al dolor, mi coño hinchado se volvía a mojar ante la expectativa. Lo vi levantarse, su polla en la mano volvía a crecer, aún podía sentir su sabor en la garganta. Me pisó la cara contra el sillón al tiempo que metía tres dedos de golpe en mi coño. Los primeros embistes de sus dedos fueron latigazos de dolor que recorrían mi cuerpo, confirmándome que seguía viva y muy presente, así que cuando puso su pie frente a mí para que lo lamiera, me concentré en hacerlo para relajarme, dejándome embestir con violencia hasta que volví a estallar en un orgasmo que hizo temblar todo mi cuerpo.

    Puso su mano frente a mi cara para que limpiase mis jugos de sus dedos. Aprovecho para volver a mirarlo a los ojos. La oscuridad sigue allí, me llama. Mis demonios me provocan a provocarla, paseando mi lengua por cada dedo, recordándole todo el placer que puedo darle si se deja llevar, tentándolo. Cruza mi rostro con otra bofetada.

    – No me mires. Solo chupa. ¡Chupa!

    De nuevo su mano frente a mi rostro. Bajo la mirada, pero intensifico los esfuerzos, imaginando las mil y una formas en que quiero saborear su verga. Mi deseo se hace realidad.

    – Toma, ahora cómete mi polla.

    Me trago todo lo que puedo, hasta sentir la punta en la garganta y voy sacándola poco a poco, envolviendo todo lo que puedo con mi lengua, cuando de pronto estoy ahogándome de nuevo con su verga, atrapada ahora por la nuca. Lágrimas y saliva mezcladas gotean en mis senos, en mis muslos, puedo sentirlas recorrer mi piel cuando saca su polla y golpea mi cara con ella, cada vez más fuerte, hasta partir mi labio inferior. El sabor de la sangre hace que el instinto desplace totalmente a la razón.

    Lo miro directo a los ojos otra vez mientras acaricio la pequeña herida, retándolo a agotarme, a sobrepasar mis límites, aún no me he rendido. En respuesta, me coloca en cuatro patas, empujando todo su peso sobre mí para incrustar su verga en lo más profundo de mis entrañas sin previo aviso, haciéndome gritar. Callo cuando sus dedos jalan las comisuras de mi boca como un arnés y apenas puedo gemir. Siento cómo mi coño se hincha con cada embestida y no pasa mucho tiempo hasta que me hace estallar de nuevo, oleadas de placer rematadas por una suave espuma de dolor que lo intensifica, dejándome agotada y sin fuerzas. El movimiento se detiene, deja su polla metida en mí y comienza a darme fuertes nalgadas, sustituyendo poco a poco el placer por dolor, descargando su ira contra mi trasero, tapando mi boca para no permitirme gritar.

    De nuevo, sin previo aviso, detiene todo y se sale de mí. Giro para sentarme en el piso, el frío alivia un poco el ardor en mis nalgas y veo que se guarda la polla en el pantalón mientras me observa, vaya espectáculo que he de ser en este momento. Su expresión es tan neutra que no puedo leer nada. No logré que se viniera. Me choca que haga eso pero está bien, en esta ocasión, la batalla le pertenece a él. Tomo la mano que me ofrece para levantarme y me abrazo a él, recargando mi cabeza contra su pecho para escuchar sus latidos regresar a su ritmo normal. Aprieto un poco más fuerte y siento cómo tensa los músculos. “Volverá”, me susurran suavemente mis demonios a modo de despedida, ocultándose en la oscuridad de mis pensamientos.

    Cuando se va, me dejo caer al piso. Acostada boca arriba, cierro los ojos hundiendo mi consciencia en la oscuridad y dejando que mi piel se consuele del castigo recibido contra el frío suelo, mi cuerpo empapado en sudor, saliva, lágrimas y mis jugos escurriendo por mis muslos. Tiemblo aún de placer, pequeños estremecimientos como descargas eléctricas que nacen en mi coño destrozado, haciéndome temblar brevemente. Agotada y derrotada, me levanto y logro llegar a la regadera para darme un baño. El agua caliente va limpiando mi cuerpo y relajando mi alma. Apenas estoy consciente cuando llego a la cama. Sé que esta noche, por fin, no voy a soñar.

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    3 thoughts on “Fantasía erótica oscura. La eterna mirada”

    1. Me gusta pero no me gusta. Las partes de sexo están muy bien (ese momento de pisar la cara contra el sillón, la actitud autoritaria, y tantos otros), es solo que el hecho de usar descripciones que tratan de realzar la narración pero que no me parecen adecuadas es donde me quedo a medias. “Perversidades que se retuercen de felicidad”, “el ataque continuó sin piedad” (metáfora muy utilizada en tantos otros relatos), 2 ó 3 veces nombrados los latigazos y algunas cosas más. También tiene otras que me convencen del todo.
      Espero que no siente mal mi opinión, tampoco es que me la haya currado mucho.
      Por aquí estaré si te apetece comentarme algo 🙂

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