Entra en nuestras webcams de sexo. ¡Registro gratuito!

EL TORMENTO Y EL EXTASIS (4)


  •  

    CAPÍTULO 4º

     

    Entonces, ese cuerpo  casi inanimado que hasta entonces fuera Marta, esa especie de muñeco o robot parlante, recobró la vida. Aseguró el freno de mano, devolvió la palanca de cambios a punto muerto y giró el contacto, apagando motor y luces 

     

    • Mario, de mí conoces muchas cosas, pero no todas. Nunca te dije, por ejemplo, que yo parí un hijo. Las violaciones de mi abuelo no fueron inocuas, y sí, parí un hijo. El mismo día, casi a la misma hora y en el mismo hospital donde tú naciste. A mi hijo no llegué a verlo, me lo robaron; mi madre y mi abuelo me lo robaron, para dárselo a Dios sabe quién. Seguro que su dinero sacarían. Pero yo no lo abandoné, yo lo quería, sin importarme cómo ni de quién lo concibiera. Era mi hijo, el hijo de mis entrañas, mi hijito querido…

     

    Marta, como digo, había vuelto a la vida. Su voz ya no era átona, sino con tonos; tonos muy tristes, pero también muy, muy, viscerales. Me hablaba de la forma más pasional, con más sentimiento, o sensibilidad, que pueda darse, pero sin mirarme, con su vista, todavía, prendida en un horizonte que, sin duda, no veía. Y yo, escuchándola, me sentía morir; morir a chorros. Estaba aterrado, aterrorizado ante la idea que sus confidencias, esas confidencias tan sentidas, me estaban originando, causando. Era terrible; me decía que no, que no podía ser, que tanta mala suerte no podía haberse dado, pero…

     

    • Entonces ¿Tú? ¿Yo?…

     

    No era capaz de decir más; no podía desarrollar toda la idea o, mejor, sospecha, que en mi mente acababa de germinar. Marta se volvió a mí, mirándome abiertamente a la cara por primera vez desde que llegáramos al coche; puede que desde que saliéramos de casa de mis padres. Y su mirada estaba cargada de cariño, de ternura; tal ver como jamás antes lo estuviera

     

    • Tú, yo ¿Qué? ¿Qué es lo que piensas? ¿Qué, tal vez, sea yo la mujer que te dio el ser? Pues, ¿sabes? A lo mejor sí, a lo mejor no. Dicho esto, te pregunto: ¿Tú, Mario, cómo me ves? ¿Cómo a esa mujer que te dio el ser, o como tu mujer? ¿Cuál de esas dos mujeres soy yo, ahora, para ti, Mario?

     

    Marta, con su respuesta y, a la vez, pregunta, me había dejado de una pieza, con la boca abierta, sin saber qué decir. ¿Qué cómo la miraba, que cómo la veía? ¡Valiente tontería se le ocurría preguntarme a la mujer que me traía más que loquito!

     

    • ¡Pues quién vas a ser para mí, más que mi mujer, ante todo y sobre todo! ¡Si me traes chalado! ¡Shalaíco der tuitico, prenda mía! ¡Si eres mi razón de vivir, si sin ti no sería nada, no soy nada, nada, mi amor, nada! ¡Dios de mi vida, y cómo, cómo te quiero, vida de mi vida!…

     

    Marta se me echó a reír a carcajada limpia

     

    • ¡Ja, ja, ja! ¡Eso! ¡Justo eso es lo que quería oír, queridito mío! ¡Maridito! ¡Sí, maridito! Porque, qué importan los papeles. Eres mi marido, mi hombre, mi macho! (Marta se me echó encima; me echó los brazos al cuello, abrazándome con toda su alma, y me besó en los labios, abriéndome la boca, avanzándome su lengua, que yo recibí con la mía, acariciándose ambas; apartó por fin sus labios de los míos, para musitarme al oído) Y yo tu mujer, tu hembra, tu puta; sí, mi amor, tu putita. Tuya, mi amor Tuya, tuya, sólo, sólo tuya. Para ti sólo, mi amor, para hacerte feliz, dichoso, mi amor; muy, muy dichoso, para que nunca desees a otra mujer, nunca mires a ninguna otra. Para que conmigo siempre tengas bastante; bastante, y hasta estés sobrado de mujer, de hembra…de yegua, marañoncito mío

     

    Mi Marta reía y reía y reía Feliz, dichosa. Parecía una chiquilla con zapatitos nuevos Y me abrazaba, me besaba. Boca, cuello. Y me lamía con su lengua, de arrope y miel, me lamía el rostro, las mejillas, pero también el cuello, el pecho, a través de mi camisa, abierta de par en par por ella y para ella; y las orejas, la puntita de esa lengua que me volvía loco, pero loco de atar, picoteaba, sabia, dulcemente, el hoyito del pabellón auditivo, embriagándome, enajenándome

     

    En un momento dado, sin solución de continuidad con sus besos, sus linguales caricias, se apartó de mí, poco menos que violentamente, casi empujándome hacia mi asiento, y se acomodó en el suyo, el de conducción; arrancó a toda prisa el coche y salimos pitando de donde estábamos aparcados

     

    • ¡Vámonos a casa, mi amor, que ya no me aguanto más! Porque, mi amor, un minuto más aquí, y te llevo al asiento de atrás. ¡Y no veas el espectáculo que íbamos a dar a los posibles viandantes! ¡Vamos, que en comisaría, de cabeza, acabábamos los dos, por escándalo público!

     

    En menos de lo que se tarda en decirlo, es un decir, claro, pues la tiradita hasta allá, la “domus” (casa, en latín) paterno-materna se las trae, aparcábamos en la calle de los Reyes, más o menos, junto al portal de casa. De lo que desde entonces sucedió entre nosotros, un levísimo botón de muestra: Cuando ya en la planta del apartamento salíamos del ascensor, marta sólo conservaba encima la braguita-tanga y a mí no me cubría ya más que el calzoncillo. Y, de milagro, no paramos el elevador entre planta y planta, con lo de “ Y aquí fue Troya” O eso otro tan bonito de “Aquí murió Sansón, con todos los filisteos” Ah; y otra cosa también, que ambos dos conservábamos en nuestros cuerpecitos serranos los zapatos, que, ¡milagro! ¡milagro!, descalzos no estábamos. El resto de la ropa, en las manos, que haber otro sitio mejor donde ponerse uno la ropa de calle y alguna que otra intimidad, como el femenino sujetador.

     

    Claro, que zapatitos y ropita de calle puesta en mano, quedaron por el suelo, más o menos esparcido todo, apenas traspasamos la puerta y cerró tras nosotros mi adorado tormento de olímpica patadita La braguita-tanga, que hay que ver la diminutez de braguitas que mi Marta se gasta, y el  calzoncillo, quedaron abandonados a su suerte a lo largo de los cuatro pasos que nos separaban de la alcoba, aunque tuviéramos que andar a la pata coja para sacarnos las prendas.  

     

    De lo que fue la noche, baste decir que, cuando por fin cerrábamos los ojos, rendidos irremisiblemente al reparador descanso, con el sol calentando más que otra cosa aquella mañana de inicios de Mayo de 1987, un servidor estaba descuajeringado, desjarretado, roto, hecho unos zorros, con ni un solo centímetro cuadrado de mi piel, sin que dientes, uñas y deditos de mi adorada no señalaran, pues, amén de morderme y arañarme de lo lindo casi todo el cuerpo, sus delicados dedos me arrearon cada pellizco que, menos de delicados, de todo tenían, ¡cachin diela!, que me río yo de aquellos famosos pellizcos de monja de antiguamente…

     

    Pero más dichoso, no podía ser, pero es que mi amada Marta, tampoco. Como siempre, caímos en poder de Morfeo, abrazados; Marta entre mis brazos, yo entre los suyos. Y si nuestras bocas no estaban juntas, milagrito del Niño Jesús, pues hay que ver cómo nos besamos cuando, tras la tormenta, se hizo la calma. Cuánta dulzura, cuánta ternura, en esos besos; cuánto, cuantísimo amor, cariño del bueno, del de verdad

     

    Pero antes, de todo hubo esa noche, con mi adoradísima Marta especialmente motivada. ¡Dios, y cómo estaba! Insaciable, nunca tenía bastante, siempre pidiéndome más, y más, y más, con sexo vaginal a destajo, “sesenta y nueves” a granel, denodado homenajes de ella a mi virilidad y míos a su más genuinamente femenina intimidad. También algún sexo anal que otro, pero no demasiado, pues no es lo más preferido para nosotros Es entonces, en la “cresta de la ola” de mi deseo, deseo, ya más salvaje, más bestial, que humano; Marta se da cuenta, lo advierte, me ve así, bramando como un toro, dominado por una libido enteramente salvaje, y me dice, con el tono más sensual de su voz

     

    • Mi vida, queridito mío ¿Quieres mi culito, amor; te apetece, bien de mi vida?

     

    Y, desde luego que en tal momento, en tales momentos, me apetecía, y más que a un tonto un lapicero, más que a un perro un picatoste. Mi Martita no es muy amiga de eso, pero sabe que a mí, puesto así, me “mola” cantidad; y el gran amor que me tiene, hace que, sin dudarlo un segundo, me lo ofrezca, en total, absoluta, entrega a su marido, a su hombre, a su macho semental, a su garañón, como ella dice. Pero no se piense que entonces se constituye en víctima propiciatoria sacrificada en el ara, altar, de mi desenfrenada sexualidad, porque, bajo tales circunstancias, espontáneamente, es lo que también a ella le apetece

     

    Esto, que tan complicado puede parecer a bote pronto, es sencillísimo entenderlo, si se tiene en cuenta el carácter básico de nuestra relación hombre-mujer: El amor más visceral, más arrebatado. Así, el “súmmum” del placer, de la dicha, para mí, es hacerla dichosa a ella, a mi Marta, y el de mi Martita, es verme dichoso, hacerme dichoso a mí. Pero lo más de lo más, es vernos; vernos la carita mientras, mucho más que copulamos, nos amamos, y eso, como en el sexo vaginal, no se consigue en ninguna otra forma de sexual relación, por lo que esa manera de disfrutar, yo de ella, ella de mí, es nuestra preferida

     

    También pueden serlo los homenajes que, mutuamente, dedicamos a nuestros sexos, ya conmigo constituido en protagonista pasivo y ella en “prota” activa, o al revés, yo “trabajando” su divina intimidad de mujer y ella pasiva, centrada en disfrutar de mi regalo. Entonces, puestos los dos frente a frente, nos es fácil desviar la mirada al adorado rostro, con la dicha enteramente reflejada en él. Eso, en los “sesenta y nueve”, y no digamos en el sexo anal, resulta bastante más oneroso.

     

    Así, mientras aún conservamos algo de consciencia y control sobre nuestra sexualidad, no practicamos tanto esos libidinosos sibaritismos, anal y “numérico”, pero cuando nos “desmandamos”, comenzando casi siempre por mí al ponerme no como una moto, sino cual “tropecientos mil” motociclos, y mi casi “santa” se me despepita en plan “Yo, la puta redomada de mi macho, único y exclusivo”, diciendo bien a las claras, aunque no sea, necesariamente, en palabras, que no pocas veces sobran, pues para qué decirlas pues el propio cuerpo habla ya más que elocuentemente: “¿Que mi macho y dueño de mi alma tiene el caprichito de romperle el culito a su putita? pues aquí lo tienes, mi amor, tuyo es, y haz que me me de gusto, cariñito mío”. En fin, pues eso, que culito al pairo y a otra cosa, para más que excelsa y mutua satisfacción en tales momentos de exacerbada libido…

     

    Algo más de tres semanas después Marta entraba en una iglesia hecha ascua de luces brillantes y fantástico jardín de flores, respirando el intenso aroma del incienso entremezclado con el que despedían las miríadas de tipos de flores que cuajaban el ocasional jardín. Una Marta espectacular en su níveo, impoluto, traje de novia, más escultural que nunca, pero es que además, más, mucho más bella que jamás la viera, con un rostro… ¡Dios qué rostro, qué faz!  Se dice que la cara es el espejo del alma, y entonces la de mi más que adorada, mi diosa, aparecía más transfigurada que otra cosa; transfigurada en el cénit de la dicha, la felicidad y todo cuanto bello, hermoso, límpido, puro e inmaculado que en este puñetero mundo pueda haber; de toda la bondad y cariño que ser humano alguno pueda albergar en sí mismo.  

     

    Su brazo izquierdo apoyado en el derecho de mi padre, su padrino de bodas, que, galante, se lo había ofrecido, doblado por el codo, y en su mano diestra, el ramo de novia, un tanto apoyado en su regazo. Y qué empaque, qué garbo, al pisar firme, decidida, a los compases de la “Marcha Nupcial”, de Méndelssohn (1), aquella alfombra roja, interminable, desde el pie del altar hasta el pórtico de la iglesia, justito junto a la acera de la calle. Y yo allí, al pie de ese altar, esperándola junto a mi madre, mi madrina de bodas, embobado ante su visión. Me dicen que no  babeaba, que, simplemente, tenía una carita de tonto’l bote que no se podía aguantar, aunque yo no estoy seguro de que no se me cayera la baba viendo a mi diosa…

     

    Por cierto, que mi Marta portara tal ramo de novia no resultó tan fácil; al comenzar con lo de elegir y encargar el ramo, supimos que las flores tienen significado, y el del tulipán rojo es “Amor Eterno”. Y del tirón quisimos es flor y no otra. ¡”Cazi na”! ¡El lema de nuestra relación, de nuestro amor!: Amor eterno, fidelidad mutua absoluta, hasta el fin de nuestros días, para siempre, sin vuelta atrás, sin remisión. Unidos hasta el fin de nuestros días, hasta el último de nuestras vidas, porque aunque ella se fuera antes que yo, ley de vida al llevarme algo más de doce años, por eso yo no dejaría de seguir casado con ella, hasta mi propia muerte. Nadie, nadie, podría sustituirla nunca, nunca ¡Quién narices podría hacerlo, igualarla siquiera!

     

    Sí; el tulipán rojo era nuestra flor, suya y mía, pero nuestra boda sería el 8 de Junio, y para entonces, ya no hay tulipanes, acabados hacia fines de Mayo; la cosa era peliaguda, pues nosotros queríamos esa flor, no otra. Al fin se solucionó, pues la floristería logró que le trasplantaran plantones a un invernadero que reprodujera la climatología favorable a tal flor; nuestro dinero nos costó, pero esa flor fue para Marta y para mí, esencial, irremplazable

     

    A la ceremonia religiosa, siguió, cómo no, el inexcusable banquete ofrecido a nuestros invitados, no tantos, pues en absoluto la nuestra fue una de esas “mega bodas”, tan en boga hoy día, de cientos y cientos de invitados, que paguen no ya el banquete, sino viaje de novios y entrada del piso, a ser posible. No; nuestra boda no fue así, sino bastante más tradicional: Invitados, los justos: Compañeros de trabajo, con Justo, el jefe, a la cabeza, señoras y maridos incluidas/os, familiares, míos claro está, hermanos y primos de mis padres, con sus hijos,  sus hijas, y los pocos matrimonios con los que  ellos, mis padres, mantenían buena amistad, con sus retoños/retoñas

     

    Aquello, el banquete, para nosotros, Marta y yo, se hacía, más y más, una casi tortura ¡Qué narices íbamos a tener ganas de probar bocado! ¡Ni muchísimo menos! Nuestras hambres, en tales instantes, iban por derroteros bien distintos, mirándonos durante toda la cena, deseándonos, devorándonos con los ojos. Así que las horas se nos hacían interminables; pero como no hay mal que cien años dure, por fin nos llegó el momento de poder salir de allí despendolados

     

    La dirección del restaurante, en la calle del Padre Damián, por la zona del Bernabéu, había ofrecido a Marta una estancia donde pudiera cambiarse, quitarse el traje de novia y vestirse de “civil”, pero lo desdeñó, diciéndome

     

    • Quiero que me lo quites tú, amor, cuando estemos solitos los dos…en la habitación…

     

    De manera que bajamos directamente al aparcamiento a coger nuestro coche e irnos a todo trapo a un hotel de esos de “tropecientas” estrellas, donde habíamos reservado habitación para esa noche. Llegamos junto al coche; yo, de un bolsillo, saqué las llaves del vehículo, ofreciéndoselas a Marta, mientras, más inconsciente que conscientemente, me separaba de ella rumbo a la puerta contraria a la de conducción, la mía habitual. Marta, en sus manos, tomó las llaves; se las quedó mirando un momento, y luego salió tras de mí, a paso vivo

     

    • Espera, espera, mi amor…

     

    Yo me detuve, más o menos, por la trasera del coche, esperándola; no desanduve el camino hacia ella, pero tampoco me la seguí separando, sino que me detuve, esperándola. Se llegó hasta mí y me puso las llaves en mi mano  

     

    • No mi amor, toma tú las llaves, el volante; conduce tú; porque desde hoy, desde ya, tú lo conducirás todo, lo dispondrás todo; y  yo sólo viviré, para ser una buena esposa para ti, para hacerte, muy, pero que muy feliz, muy dichoso.

     

    ¡Dios, y cómo estaba Marta! Encendida, amorosa como nunca antes la viera y sintiera. ¡Cuantas cosas habían cambiado en tan poco tiempo, en las breves horas del día! Sí, yo su marido, ella mi mujer. ¡Con papeles y todo, con hasta la bendición de la Iglesia! Sí; decididamente, marido y mujer éramos, con todas las de la ley! La besé, nos besamos. Era aquella la primera vez que besaba a mi mujer legítima; aquel beso fue igual, en sí mismo, a los tantísimos que hasta entonces nos diéramos, pero, al propio tiempo, ¡qué distinto, cuán diferente! ¡Era el primero, en verdad, que como marido y esposa nos dábamos! Nos separamos y, en tanto Marta me siguió mirando medio embelesada, yo miraba un horizonte que no veía, con las llaves del coche en la mano, dándoles vueltas y vueltas sobre mis dedos

     

    • Marta cariño, mi amor ¿Te…te…ilusiona  mu…mucho lo de…lo de…pasar la noche en el hotel? ¿Lo deseas mucho mi amor, deseas mucho que esta noche la pasemos allí?

    • No mi amor; en absoluto ¿Por qué lo dices? ¿En qué piensas? ¿En…en casa? ¿En nuestro cuarto, en nuestra cama, donde tan felices hemos sido tantas, tantas veces?

     

    Marta se rio, me besó apasionada, pero sin excederse en “morreos”, para, decidida, al separarse de mí, seguir andando hacia la puesta contraria a la del volante, mientras decía

     

    • Sí mi amor ¡Vámonos a casa, a nuestro nidito de amor! ¡Dónde mejor podríamos pasar esta noche, nuestra Noche de Bodas, cielo mío, queridito, queridito mío…

     

    Llegamos a casa y con el ascensor a la planta del piso… Pero no penséis en cosas raras, rarísimas, queridas, querido, que esa vez no hubo cosas de esas, en las que, seguro, estáis pensando, “saliditas” mías, “saliditos”, que  salimos del ascensor como manda la Santa, Católica y Apostólica Madre Iglesia romana. Llegamos a la puerta de la vivienda y abrí sin ninguna dificultad; me hice a un lado para que mi dama pudiera pasar, pero no pudo hacerlo, pues yo, al ir a cruzar frente a mí, antes de pisar, pasar, el umbral de la puerta de la habitación, la agarré  y en un pis pa, sin apercibirse de ello Marta, tomada enteramente por sorpresa, sin en absoluto imaginárselo, se vio alzada en volandas, accediendo así a la habitación, hasta quedar depositada sobre la cama , más bien atravesada, mientras yo mismo caía, sin fuelle, en la misma cama, a su lado y precisando, más que nada, una botella de oxígeno

     

    • Mi marido resulta ser un caballero, Dios mío; y un caballero a la antigua usanza, además, atravesando el umbral de casa, conmigo en brazos hasta depositarme en la cama ¡Como en las películas de antes! (Me besaba llena de emoción, de cariño, ante la por entero inesperada acción) ¡Marido, eres mi Caballero Andante!, mi particular Amadís de Gaula, Sir Láncelot du Lac, Sir Percival, Sir Gálahad, Sir Gawain!

     

    Sí, aquella noche fue de las inolvidables; aunque sólo la primera de las muchísimas más que le han seguido… Hasta, sin ir más lejos, la de anoche mismo; y si de encuentros mantenidos  hablamos, no noches específicamente, pues la sesión de amor que esta mismísima mañana del mes de Noviembre del 2015 nos hemos, mutuamente, obsequiado, al despertarnos, como cada mañana, desnuditos ambos, abrazaditos ambos. Pues no veáis y cómo nos gusta el amor mañanero

     

    Sí; mi Martita y yo llevamos juntos veintiocho años, chorreados en unos cuantos meses; yo, con cincuenta y cinco “tacos de almanaque” y a mi Marta la separan bastantes menos meses de los sesenta y ocho que de los sesenta y siete. Pero, ¡qué importan los años cuando se quiere como nos queremos! ¡Qué importa el tiempo cuando nuestra mutua entrega es tan integral! Si dijera que la quiero, la deseo, incluso, como aquél 8 de Junio de 1987, cuando nos casamos, mentiría cual bellaco, pues la quiero, la deseo, deseo su cuerpo, más, muchísimo más, que aquél día, aquella noche, la nuestra de Bodas

     

    Porque, para mi buena suerte,  mi Marta es de esas mujeres con buena encarnadura, por las que los años parecen resbalarles, sin afearlas con arrugas y demás en la piel Vamos, que, como los buenos vinos, mejoran con el paso del tiempo. Pero es que esa, digamos virtud natural, ella la refuerza dejándose la piel en la “bici” y en las pistas de “footing”, corriendo como loca kilómetro tras kilómetro Lo malo, es que a mí me toca “pringar” también cosa mala, con aquello de que en la cama no quiere ningún cuerpo fofo, así que me arrea cada tute… ¡La repanocha en “avecicleto”! Y claro, como yo soy “forofo” del “sillón-ball”, y no digamos del “Cama-ball”, sobre todo si la tengo a ella a mi ladito, pues qué le voy a hacer, si a la media vuelta de correr sin ton ni son, me rilo, con lo de “A ver; rápido; la botella de oxígeno, que me asfixio” En tan dramáticos momentos, mi “santa” se me ríe cosa fina en mis mismísimas  narices, con lo de  

     

    • ¡Pero mira que serás “flojeras”, maridito!…

     

    Sí, sí, “flojeras” ¡Y estoy para que me ingresen en la UVI! Pero eso, que mi Marta se me conserva que parece hasta más joven que yo; y más rotundamente “buenorra” cada día que pasa por ella, es, realmente, lo de menos; lo importante es lo adorable que es. ¡Qué alegría sigue irradiando toda ella! ¡Y su risa, Dios mío, que lo llena, lo inunda todo! Su rostro, su boca, sigue conservando aquella sonrisa de niña, todo inocencia, todo candor, pero a sus ojos, con mucha, pero mucha frecuencia, vienen esos diablillos, rojillos ellos, con tenedor-tridente incluido, socarrones, alegretes, preludiando las mil y una barrabasadas de mi “santa” trastocada en jovencita algo más que “locatis”

     

    Pero, ¿para qué todo eso? Ese estar “de contino”(2) pendiente de sí misma, ¿para qué?, ¿por qué? ¿Porque a ella le gustara lucir esplendorosa por sí misma, para sí misma? ¡Y un cuerno! Quería mantenerse así por mí, para mí. Sola, única y exclusivamente, para mantenerme loquito por ella, babeando por ella… Haciendo mis ojos chiribitas por ella.

     

    • Quiero ser tu puta, amor; que tomes de mí cuanto te apetezca, mi chochito, mi culete, mi boca. Todo, todo, todo, lo que te apetezca, amor; quiero bastarte y sobrarte como mujer, tenerte ahíto de sexo, de mujer, mi amor, para que ni siquiera mires a otra más que a mí, para que sola, únicamente, me desees a mí; a mí, mi amor, a mí nada más, mi amor, mi vida, mi cielo, mi bien, mi todo amor mío, mi todo…

     

    Eso me había dicho tiempo ha, y en ello seguía. Y más, bastante más que cuando me lo dijo, pues sabía que le llegaba ya lo de “cuesta abajo, y sin frenos” y, digamos, que en la recta final de su carrera, aceleraba cosa no ya fina, sino finísima

     

    Nuestro amor nos había otorgado cinco hijos, tres muñequitas y dos muñequitos, que, amorosa, mi Marta me ofrendó

     

    • Mira amor, mira a tu hija, mira a tu hijo. Yo la/lo concebí de ti, cielo mío, y la/lo he gestado, la/lo he parido para ti mi amor; y para mí, claro; para los dos, alma mía, cariño mío amor mío, amor mío, amor mío

     

    La mayor es Marta bis, veintisiete años hoy día, desde hace cinco casada y con dos hijitos que son la dicha de nosotros dos, Marta y yo, sus abuelos… Porque Marta y yo somos abuelos. Luego vinieron nuestros Mario bis y Emilio, por mi padre; mi “sosias”, veintidós añitos y su hermano diecisiete. La segunda chica que la cigüeña nos trajo fue Amalia, como su abuela, mi madre, catorce años ya, y la “benjamina”, Linda, doce pimpollos de añitos

     

    Marta, desde su primer embarazo, tuvo más que claro que a su prole la amamantaría al pecho, mientras sus senos dieran de sí,(3) y así resultó, que a los dos mayores le estuvo dando el pecho cuatro años, más largos que cortos, lo que, de por sí, significó un suerte de regulación natural de su natalidad, al espaciarse los partos cinco años, más o menos, unos de otros… Pero sucedió también que, cuando Emilio vino a este mundo traidor donde “nada es verdad ni es mentira, sino sólo del color, del cristal con que se mira”, Marta entraba ya, de hoz y coz, en la cincuentena de su vida, con lo que, palmariamente, el arroz se le pasaría en un suspiro; y le entró prisa por darme cuantos más hijitos mejor, con lo que a Emilio, nuestro tercer vástago, le cerró el grifo de la esencia materna a los dos años de crianza apenas; y a Amalia, ni al año llegó el tiempo que pudo disfrutar del pecho materno, para poder dar paso a nuestra Linda menos de dos años después de que Amalia naciera…

     

    El nacimiento de nuestra pequeña Linda fue el canto del cisne de mi amada Marta, pues el periodo no volvió nunca más a su mensual cita, y claro, nunca más volvió a quedar preñada. Tenía ya cerca de cincuenta y seis años y el climaterio la pudo. Pero ese climaterio, que sí venció a su fertilidad, no pudo con nuestro amor, con nuestras ansias de amor, de amarnos hasta la extenuación

     

    Mas, ¿en qué quedó lo de la posible extremada consanguinidad entre nosotros? Pues, en lo que Marta dijera la noche en que mi padre nos reveló mi origen, en que supe lo del hijo arrebatado a mi amor: Que tal vez sí, pero tal vez no. Aquella noche quedamos en que lo importante éramos nosotros dos, nuestro amor; nos enamoramos como dos desconocidos se enamoran, y ¿qué íbamos a hacerle? Yo, desde luego, a mi Marta no podía verla como la mujer que me dio el ser, y menos como una madre de verdad, pues mi madre era, es y siempre será Amalia, la única madre que he conocido, que he tenido. Y Marta es, sólo puede ser, para mí, mi mujer, mi esposa; la madre de mis hijos, la mujer que amo sobre todas las cosas de este mundo

     

    De que ella a mí, a veces, me mire de manera, digamos, “especial”, pues, francamente, no lo sé, pero lo dudo, pues nunca ha tenido el menor desliz, el menor renuncio en dirección, digamos también, oscura Aunque, quién sabe: Es mujer, fue madre, antes de que yo la constituyera en tal, luego, quién sabe. Aunque eso es algo que ni planteármelo quiero

     

    Pero, ¡ay, los “pero”! Lo cierto también es que, cuando ella ha estado embarazada, sobre todo de nuestros tres primeros hijos, según se acercaba el momento cumbre del alumbramiento, los dedos se nos hacían huéspedes a los dos; nos entraban unos nervios… Y digo nervios, por no decir terrores. En los cinco partos que conmigo ha tenido, yo he estado a su lado, dándole mi mano para que ella la aferrara, como naufrago a tabla de salvación, y cuando al fin la criatura estaba ya en este mundo, berreando a todo berrear, salía disparado tras la comadrona o quienquiera que fuese la persona que iba a adecentarla y vestirla para pasársela a la madre. Miraba a mi hijita-hijito hasta con lupa, podría decirse, en busca de posibles, evidentes, taras físicas; me tranquilizaba un tanto al no encontrar nada raro, pero preguntaba al/la profesional que atendía a mi retoño, al propio cirujano que asistiera a mi mujer si el bebé estaba bien, si tenía todo lo que tenía que tener y donde y como debía tenerlo. Ellos se reían, hasta me embromaban diciendo que todo muy, pero que muy normal, excepto lo bonita que era la criatura, pues tanta guapura no era, ni con mucho, normal

     

    Luego iba junto a Marta, a tranquilizarla, y siempre se me adelantaba ella, para preguntarme, más que ansiosa 

     

    • ¿Está todo bien? ¿Es normal nuestra hijita, nuestro hijito?

     

    Y es que la “Espada de Damocles” no cejaba en pender sobre nuestras cabezas. Sí; ¡dichosos “pero”! Aunque cada bebé que nos nacía, no es que fuera enteramente normal, sino destacando por bonitos, fuertes y sanos, amén de bastante inteligentes, esto en primeras apreciaciones que conforme crecían más y más tal presunción se afianzaba, también más y más, nos fue quitando las prevenciones de los primeros tres embarazos, pues llegamos a convencernos de que todas esas suposiciones de consanguinidad extrema, no eran más que elucubraciones sin fundamento

     

    Así, en  una de las visitas periódicas que, siendo todavía muy pequeña nuestra “benjamina”, Linda, a su añito y algún mes, hacíamos al pediatra con la nena, consulté el asunto al médico. Se quedó sin habla al saberlo todo, y convino en que era muy difícil que, habiendo consanguinidad en primer grado, ninguno de nuestros hijos presentara tara alguna, ni física ni mental; y más, habiendo tenido cinco criaturas, que con una podía “sonar la flauta”, pero con cinco; aunque, claro, también mantenía que se hubieran dado dos partos distintos, con el mismo resultado de bebé abandonado, en el mismo hospital y casi a la misma hora, era tan difícil, si no más, incluso, que lo de las cinco criaturas sanas de cuerpo y mente

     

    Vamos, que, por finales, quedé como al principio: Ni sí ni no, sino todo lo contrario. O, lo que es lo mismo: “¡Deixémonos o caralladas, os meus amigos!”, cuál diría un “galego”, es decir, dejémonos de tocar “perendengues” ajenos… ¡¡¡Y PUNTO!!!

     

    FIN DEL RELATO

     

    NOTAS AL TEXTO

     

    1. Se la denomina, mundial y normalmente, así, “Marcha Nupcial”, aunque, en verdad, es una “Marcha Triunfal” del poema sinfónico de Félix Méndelssohn, “El Sueño de una Noche de Verano”, compuesto en base a la obra homónima de William Shakespeare.

    2. De D. Francisco de Quevedo y Villegas: “Madre, yo al oro me humillo; él es mi amante y mi amado; pues, de puro enamorado, de contino anda amarillo”

    3. Para las mujeres actuales, esto de dar el pecho a sus criaturas a lo largo de años, es algo así como una entelequia, algo irrealizable, por aquello de ser, comúnmente, “Madres-Trabajadoras”. Pero, queridas, sucede que la “madre-trabajadora” es casi tan antigua como la civilización misma; en el campo, asistiendo en casa ajena, etc, Desde siempre, queridas-queridos, la mujer ha trabajado fuera de casa, y ha amamantado, al tiempo, a sus hijos. En épocas relativamente recientes, desde fines del siglo XIX a inicios de los años 50 del pasado siglo, cuando la madre no podía, personalmente, dar alguna toma al bebé, ausencia por trabajo, viajes etc. suplía tal/tales tomas con un biberón de su propia leche materna: Se la extraía ella misma, hasta vaciar ambos senos en frascos, biberones, que en el momento oportuno el niño mamaba, con lo que el amamantamiento no se interrumpía. Pero a partir de mediados de los 50, más o menos, ya ni eso, directamente, “Pelargón” al canto, o los demás tipos de sucedáneos a la leches materna elaborados por los laboratorios farmacéuticos. Últimamente, años 90 en adelante, las Autoridades Sanitarias Internacionales parece que han redescubierto el “huevo de Colón”, aconsejando la leche materna, que no maternizada, como lo ideal para la alimentación infantil en sus primeros no sólo meses, sino años, dos mínimos; eso sí, complementando la teta de mamá con preparados de frutas y, al tiempo, carne, pescado etc. 

      1. El “Pelargón” fue la primera leche, digamos, maternizada que se expende en España. Fue “Nestlé” la firma productora, y su elaboración data de 1944. Ni idea de si hoy todavía se produce

      2. Ítem más a lo que antes decía: Cuando a fines de los 50, inicios de los 60, se empezaron a imponer las leches maternizadas, fabricadas en laboratorios farmacéuticos, mezclando incluso miel y otras materias más-menos energéticas, se llegaba a decir que tales leches eran mejores, para los críos, que la de mamá… “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, una bestialidad, una brutalidad” (“La Verbena de la Paloma”; Acto 1º, Escena 1ª; dúo de D. Hilarión y un vecino, D. Sebastián)

     

    EL TORMENTO Y EL EXTASIS (4)
    5 (100%) 2 votes

    2 thoughts on “EL TORMENTO Y EL EXTASIS (4)”

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *