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EL TORMENTO Y EL EXTASIS (3)


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    CAPÍTULO 3º

     

    Al día siguiente, nos despertó la llamada de nuestro jefe, D. Justo, a eso de las nueve y pico de la mañana, alarmado porque ninguno de los dos habíamos acudido es mañana a trabajar. A esas alturas, para nadie en la oficina era un secreto que vivíamos juntos, en plan “pareja de hecho”, como por entonces, años 1986-87, ya se decía y se sigue diciendo hoy día a este tipo de relaciones de pareja, con su Registro Oficial y todo. D. Justo no llamaba para incomodarnos, ni mucho menos, sino porque, efectivamente, estaba alarmado, pues de buena tinta sabía nuestra responsabilidad como empleados suyos, en especial la de Marta, por lo que se temía nos hubiera sucedido algo grave, pues otra explicación a nuestra común ausencia no la encontraba

     

    Le respondió Marta, y con toda su cara le dijo que no iríamos a trabajar ni ella ni yo en unos días, que nos los descontara de las vacaciones o como quisiera, pero que habíamos decidido casarnos y necesitábamos tales días para arreglar el inherente papeleo. Y así sucedió, que nos levantamos en el acto para empezar a recabar cuantos documentos precisaríamos para contraer matrimonio, lo mismo civil que religioso, y en los siguientes días, seguimos liados con lo mismo

     

    Al momento, yo caí en la cosa de mis padres, que ni idea tenían de la existencia de Marta. Además, últimamente, mis relaciones con ellos no eran todo lo satisfactorias que debían ser, y bastante menos, todo lo fluidas que sería lo normal y aconsejable, pues prácticamente apenas si había contacto entre nosotros. Por una parte, culpa mía, aunque no por dolosa, sino por mi dichosa forma de ser, más bien aficionado a eso de que “Aquí me las den todas”, o sea, que yo, loquito por no mover ni dedo, fuero de lo imprescindible, como el trabajo. Y, lógico, mi devoción, más que otra cosa, por mi adorada Marta…

     

    Por otra parte, la intransigencia de mis padres; pues, aunque políticamente fueran de los más ”progres” que darse pueda, en especial mi padre, que casi pecaba más por marxista-leninista que por simple socialista, ya sea marxista o socialdemócrata, en lo tocante a costumbres, moral y demás, ambos dos eran más que conservadores; vamos, casi “nacionalcatólicos” a tales efectos, solo que antirreligiosos más bien, por lo que yo decidiera, cuando acabé ”Económicas” y me coloqué donde aún trabajo, salir de casa, independizarme de ellos en piso, de momento, alquilado, les pareció algo así como una herejía, algo inconcebible. ¡Que dónde íbamos a ir a parar si los hijos-hijas, salían de casa, y no precisamente para casarse que, según ellos, era lo procedente! Pues lo de “largarse alegremente, a vivir su vida” era una más que manifiesta inmoralidad. Y en esas estábamos, que yo, ni “flowers” con ellos y ellos conmigo, casi ídem de lienzo, aunque menos, claro está, pues los padres son siempre, lo queramos o no, eso, padres. Y una madre, no digamos. Pero como a mí me importaba una higa que me llamaran o no, que se acordaran de mí o no, porque, ante todo, yo a mi “bola”, pues así andaban las cosas,  más que “manga por hombro”. Es decir, para quien no domine el añejo refranero español, hechas un desastre

     

    Pero, claro está, me dije que eso no podía seguir así, que decirles un día, así, de sopetón, “Tal día me caso. Estáis invitados”, menos aún podía ser, por lo que, haciendo un casi sobrehumano esfuerzo, les llamé para decirles que, al día siguiente, contaran conmigo para comer…si no les parecía mal, claro está, que, desde luego, no se lo pareció; antes bien, creo que se alegraron un montón de que el “Hijo Pródigo” regresara, aunque sólo fuera por una tarde, al paterno hogar

     

    De manera que el día acordado me presenté en casa de mis padres, al medio día, las dos y media de la tarde casi exactas. Mi padre me recibió con no poco recochineo, pero mi mamita de mi alma, al momento me echó los brazos al cuello y, cómo no, rompió a llorar como una Magdalena(1); por fin, también mi padre se ablandó conmigo y acabamos abrazándonos todos, con todos nosotros llorando, de emoción, de alegría por lo que, de momento al menos, era la reconciliación familiar

     

    Mas aquello sólo había sido el primer acto del drama, aunque, finalmente, todo quedara en tragicomedia. Enseguida, nos sentamos a comer y yo fui blanco de todo tipo de preguntas sobre mí: Lo de cómo me iba, si me las arreglaba bien yo solo. Y para mi madre, sobre todo, si comía bien, si andaba o no de golfo a todo ruedo. Vamos, que poco más o menos, pensaba que vivía entre Sodoma y Gomorra, como poco. Y aquí fue donde encontré el clavo ardiendo al que asirme para “soltarles” lo de Marta

     

    • De eso nada, mamá. Mira, precisamente, venía a deciros que tengo novia formal; pero muy, muy formal, tanto que hasta pensamos casarnos cuanto antes mejor.

     

    Y eso ya fue “mano de santo”; a mi madre, de pocas no le da el soponcio del alegrón y, cuando pudo medio recuperarse, me arreó un abrazo que de pocas no me junta las costillas de delante con las de atrás… Y mi padre más de lo mismo, con el inevitable

     

    • Me alegro mucho, hijo ¡Que ya era hora de que sentaras la cabeza, aceptando responsabilidades!

     

    Y claro, las preguntas sobre mi novia, y mi madre protestando por no haberme presentado con ella en casa, para que la conocieran. ¡Casi ná lo de aparecer con Marta en casa, sin antes dorar a mis padres la “píldora” de los casi cuarenta “tacos” de ella! Yo quise salirme por la tangente, realzando las numerosas virtudes de mi novia: Lo guapa y escultural que era y, sobre todo, lo muchísimo que me quería, que nos queríamos los dos.

     

    Entonces mi padre dijo si tenía alguna foto de ella, y yo le di una en la que estaba especialmente atractiva. Vamos, en toda su soberbia figura y gran belleza; mi padre la estuvo mirando atentamente unos minutos, mientras mi madre intentaba verla por encima del hombro de su marido. Por fin, mi padre dejó la foto sobre la mesa, momento que mi madre aprovechó para apoderarse de ella y verla a sus anchas, mientras mi padre comentaba

     

    • La verdad, la chica está muy, pero que muy bien. Verdaderamente, una real hembra…

     

    Comentó con su natural desenvoltura, casi canallesca, cuando se refería al atractivo físico de una mujer, para de inmediato proseguir diciendo

     

    • Pero, ¿no es algo mayor ya? ¿Qué edad tiene?

     

    Yo entonces me dije lo de “Trágame, tierra”, pues era el momento por mí más temido, el de decir la edad de Marta. Casi balbuceando, a lo “bajinis” más bien, respondí

     

    • Treinta y nueve

     

    Mo padre se quedó mudo de la impresión, y a mi madre le dio el imprescindible soponcio. Por fin, mi padre bramó más que dijo

     

    • Pero, pero, ¿tú estás loco, Mario? ¡”Liarte” con una tipa que te lleva doce años! ¡Más lo que colee en meses! ¡Treinta y nueve “tacos”, ni más ni menos!…

     

    Yo volví a atragantarme, y la Tierra no me tragaba ni por lo que se dijo. ¡Maldita sea mi sombra! Y, más apabullado todavía, casi balbuciendo, dije

     

    • Sí papá; treinta y nueve; bueno, ya casi cuarenta…

     

    Mi madre entonces, que casi se empezaba a reponer del anterior soponcio, volvió a quedarse “frita” al instante, mientras que a mi padre el rostro se le demudaba; se le puso en rojo ultravioleta, y estalló, de todas, todas, fuera ya de sí

     

    • ¡Casi cuarenta años! ¡La repera en bicicleta ya, vamos! ¡Hijo, tú estás loco perdido! ¡Loco de remate, vamos! ¡Para que te encierren en Leganés, si allí aún hubiera manicomio!…

     

    Y mi madre, reponiéndose de lo de la “fritura”, pero en plan leona furiosa, gritó a los cuatro vientos

     

    • ¡Una lagarta que a saber lo que querrá! ¡Una cualquiera es lo que es esa tía! ¡Y sí, que a saber qué intenciones llevará contigo! ¡Lo que tendrá que tapa, lo que querrá que tú le tapes al casaros!

     

    Y hasta ahí podían llegar las cosas, hasta que insultaran a mi Reina, a mi Diosa. Ni aunque fueran mis padres se lo iba yo a consentir, con lo que, casi gritando más aún que ella, le repuse

     

    • Ni buscona ni, menos aún, una cualquiera, madre, un poco de respeto para Marta, que es mi novia. Y será mi esposa, os guste o no os guste. Yo quiero, y espero, que por finales, os guste, pero eso es cosa vuestra, de vuestra exclusiva incumbencia. Y, para que lo sepas, mamá, Marta me quiere a rabiar; me trata mejor que bien, desviviéndose por mí, me tiene más que atendido, cocina de maravilla y es una perfecta mujer de su casa. Es mujer al viejo estilo, ese que ya no existe entre las de cuarenta y tantos años abajo y a ti, precisamente, tanto te gusta; es, realmente, la mujer ideal que tú quisieras para mí. Me tiene como un pincel; no solo me plancha camisas y pantalones, sino hasta las camisetas y los calzoncillos; incluso, los calcetines. Y me quiere con locura. Y, para que lo sepáis los dos, es mi jefa, pues es quien regenta la oficina. Y además, gana bastante más dinero que yo, más del doble. Es decir, que si alguien mantiene a alguien, es Marta a mí, y no yo a ella. Pero lo hace sólo porque me quiere, porque, a la postre, los dos somos uno solo, una unidad de cuerpos y almas, una unidad que, ni tan siquiera estoy seguro que entre vosotros dos se dé, pues entre Marta y yo nunca ha existido, nunca existirá el yo ni el tú, sino única y exclusivamente, el nosotros. Esa unidad de cuerpos y almas a que antes me refiriera…

     

    Cuando acabé mi discurso apenas su podía respirar, con el corazón en la garganta por lo emotivo que acababa de ser respecto a la dueña no ya de mi corazón, sino de todo mi ser. Y quedé expectante, casi pendiente de un hilo. Deseaba con toda mi alma que mis padres acabaran aceptando a Marta, pues acababa de darme cuenta de que los necesitaba a todos, a ambos, mis padres y Marta para, de verdad, ser feliz. Cuando llegué a casa lo hice dispuesto a todo por mi adorada Marta, hasta a romper definitivamente con ellos si se obstinaban en rechazarla, pero luego, según estaba en casa, con ellos dos, me percaté de que también ellos me eran imprescindibles para ser, de verdad, feliz. Luego si se emperejilaban en negar a Marta el pan y la sal, lo tendría más que oscuro el porvenir, pues a ninguno de ellos podía renunciar….

     

    Mis padres estaban serios, pensativos. Mi madre había dejado de llorar y me miraba más que fijamente a mí, para luego hacerlo a mi padre, mientras éste se mantenía serio, mirando imperturbable al horizonte de la pared de enfrente, que a saber qué vería en ella para estar tan atento. Transcurrieron así unos minutos que para mí fueron horas de 120 minutos, más o menos, hasta, finalmente, mi padre pareció reponerse un tanto de aquella especie de trance en que cayera al punto de que yo lanzara mi apasionado discurso. Tomó de nuevo la foto de Marta, volvió a mirarla un momento, y me la alargó, mientras decía 

     

    • Bueno hijo; bien está lo que está bien Y ¿cuándo la vamos a conocer?

    • ¡Eso, eso, Mario, hijo mío! ¿Por qué no vienes con ella? ¡El domingo, o el sábado próximos! O, mejor aún; ¡los dos días! O, desde mañana, todos los días. ¿Por qué no coméis aquí a diario y pasáis las tardes con nosotros? Así, nos iríamos conociendo mejor ella y nosotros, papá y yo..

     

    Había sido mi madre quién así me hablara; se levantó, sonriente, casi ilusionada, al fin, diría yo y se vino a mí. Me abrazó, cariñosa y gozosa, como cualquier madre con su hijo, y con ojos brillantes, entre la emoción y, parecióme, al menos, alguna lagrimita pugnando por derramarse, me dijo, llena de cariño

     

    • Es que, verás, Mario, hijo, cariño y alegría de tus padres, si tan seguros estáis los dos, si, en verdad, tanto os queréis, ¡qué tenemos que decir tu padre y yo, salvo amén a lo que decidas, a lo que decidáis ella, Marta, ¿verdad?, y tú! Y si va a ser tu mujer, tu esposa, ¿es que no tendrá que ser, también, como una hija, una hija más, para nosotros, tus padres?

     

    Palabra que lo que mi madre me decía, abrazada a mí a más no poder, me puso el corazón en la garganta, y un escozor en los ojos de mucho, pero que muchísimo cuidado. La abracé, con más fuerza aún que ella a mí, ya que yo, lógico, soy bastante más fuerte que ella, ya por su sesentena de años, pero también se me vino mi padre, y así, acabamos los tres estrechamente abrazados y casi llorando, que teníamos los tres los ojos rojos como tomates bien maduros y más que brillantes, casi arrasados ya por la lágrimas. Por fin, mi padre quitó yerro al momento, exclamando o, más bien, corroborando a su mujer

     

    • Mamá tiene toda la razón; según parece, y a pesar de todos los pesares, os queréis más que de verdad, y eso, hijo, es lo más importante en una pareja: Amarse, quererse a rabiar; es la garantía de un futuro común más que venturoso. Y si Marta es tu mujer, pues lo lógico es que la acojamos nosotros, tu madre y yo, como lo que debe ser, una hija que tú nos das…

     

    Y sí; al medio día siguiente, Marta y yo estábamos en la casa de mis padres, que tenían ya la mesa dispuesta y esperando a que llegáramos para empezar a comer. Como es de suponer, los inicios entre mis padre y Marta, fueros de puros nervios y una tremenda inseguridad por parte de los tres, lo que me indujo más nervios a mí, que tampoco me faltaban cuando mi novia y yo emprendimos camino al paterno hogar, y ni te cuento los que me dominaban cuando llamé a su puerta. Pero todo acabó rodando como la seda; Marta, ya se sabe, es de carácter más que dulce, y se da a querer enseguida.

     

    Además, y de eso nos dimos cuenta lo mismo mis padres que yo, al momento se entregó a los que serían, por finales, más sus padres que sus suegros, como se entrega uno a quién se quiere, o sabe que debe de llegar a querer de verdad. Sí; se loas ganó, se los metió a los dos, a mi padre y a mi madre, en el bolsillo en menos que canta un gallo; vamos, que bastaron tres o cuatro tardes, para que ya, lo mismo mi padre que, en especial, mi madre, se dirigieran a ella, comúnmente, llamándola “hija por aquí”, “hija por allá”

     

    En fin, que todo no podía ir mejor entre los cuatro, por finales. Pero hete aquí que unos días más tarde, en plena luna de miel entre mis padres y tanto Marta como yo, a mí se me ocurrió preguntarles por los documentos necesarios para formalizar la boda con Marta, tanto en el juzgado como en la parroquia correspondiente a la calle de los Reyes y Plaza de España; sin ningún problema, mi padre se levantó y a los pocos minutos me entrega la certificación de mi inscripción en el Registro Civil de Madrid, que guardé, sin siquiera mirarlo, en el bolsillo de mi americana. Pero, lógico, le pedí también la certificación de bautismo a mi nombre…

     

    Y entonces sucedió lo que yo menos podía imaginar: Tanto mi padre como mi madre, se quedaron en una mudez absolutamente persistente, y más que nerviosos. En especial mi  madre, que se retorcía las manos como loca. Yo me quedé a cuadros, ante aquella tan extraña e inexplicable reacción por su parte, enteramente inesperada. Así que repetí, en tono ya un tanto impaciente   

     

    • ¡Mi certificado, papá, mi certificado de bautismo, simplemente! ¡No creo que sea una cosa tan extraordinaria, para que os hayáis puesto como estáis!  O ¿es que no estoy bautizado?

     

    Era la única explicación medio lógica que encontraba a tal actitud de ellos, que les hubiera pillado con el paso cambiado en el asunto de mi bautismo. Porque, la verdad, no me extrañaba ni un pelo que no me hubieran bautizado, dado lo anti religioso y, en especial, anticlerical y anti vaticanista que, sobre todo, mi padre era Pero la situación de mis padres siguió igual, si es que no peor, porque mi madre aparecía ya con el control sobre sí misma por completo perdido, ya que hasta empezaba a hacer “pucheritos” de llanto, con mi padre levantándose y acudiendo a ella, acariciándola y consolándola con frases de inmenso cariño.

     

    • Anda Amalia, no te pongas así. Que no pasa nada, cariño; el chico lo entenderá todo, y todo seguirá como hasta ahora. Venga, cariño, pequeña mía, no te pongas así; reponte, queridita mía, que ya verás cómo, al final, no pasa nada, pequeña mía.

     

    Y yo, ante aquello, no ya a cuadros, sino enteramente desorientado, sin entender nada.

     

    • Pero bueno, ¿aquí que pasa qué os sucede? Yo, francamente, no entiendo nada. No creo que haya hecho nada del otro mundo preguntando por mi certificado de bautismo; si no me bautizasteis, pues me lo decís y en paz, que todo tendrá solución, digo yo

     

    Entonces, fue ya el acabose, pues mi madre empezó a llorar con un desconsuelo que no me lo podía explicar ni por el forro; y mi padre, venga a besarla, a acariciarla, a hablarle tiernamente, para que se repusiera de aquella especie de inexplicable “patatús” que la aquejaba

     

    • Venga, cariño, venga. No llores, querida mía. Él lo entenderá, ya lo verás; si este momento, de siempre, hemos sabido que tendría que llegar, por más que ni tú ni yo queríamos ni tan siquiera planteárnoslo. Anda, pequeña, no llores, alma mía, que me destroza verte llorar.

     

    Sí; a todas luces, las lágrimas que tan acerva y dolorosamente mi madre derramaba, estaban destrozando a mi padre; pero es que a mí tampoco me iba mejor, pues también se me partía el alma viendo llorar así a mi tan querida mamita. Pero es que tampoco Marta era ajena a aquello. La sentía más que nerviosa, enteramente enervada.

     

    Yo también me levanté, y fui junto a mi madre, y tras de mí, también vino Marta. Entre los dos la abrazamos, besándola sin descanso, Pero sin decirle nada. ¿Qué decirle, si no tenía ni idea de lo que le pasaba? Sólo tenía claro que, por lo que fuera, lo de la certificación de mi bautismo los había sacado de quicio, e, “in albis”, del porqué. Mi padre entonces se levantó, apartándose de nosotros, mi madre, Marta y yo, mientras decía  

     

    • En un momento te traigo lo que pides; y no te preocupes, que sí que estás bautizado. Pero tendremos que hablar, largo y tendido, explicarte muchas cosas que desconoces, que hasta ahora te hemos ocultado.

     

    Se marchó del salón y en unos minutos, ni pocos ni muchos, regresó con unos papeles en la mano y me los tendió, sin decir palabra, y yo, ávido, empecé a leer, poniéndome pálido y más, y más, pálido, mientras leía documento tras documento. Lo cierto es que desde el principio me quedé anonadado, sin habla, sin casi sangre en las venas, pues me iba pasando de frío a helado, y de helado a congelado…

     

    Lo que ocurría era que aquellos documentos, un certificado de nacimiento expedido en Sevilla, en el Hospital Provincial de la Beneficencia General del Estado de tal ciudad, y firmado por el ginecólogo y la comadrona que me trajeron al mundo, otro certificado de bautismo, expedido por el párroco de una parroquia sevillana, unos veinte-veinticinco días después, pero ambos documentos, a nombre de un tal Mario Expósito, hijo de padre y madre desconocidos. Luego, otro, de casi dos años más tarde, expedido por la Secretaría de Servicios Sociales de la Diputación General de Sevilla, por el cual el niño de veintiún meses, Mario Expósito, tutelado por tal Departamento Oficial, era confiado, en adopción legal y definitiva, al matrimonio de Madrid, formado por, ¡mi padre y mi madre!

     

    Vamos, que yo no era hijo biológico de ellos, sino adoptado con casi dos años. Cotejé la fecha en que, efectivamente, fui inscrito con mi nombre y apellidos actuales, en el Registro Civil de Madrid, y, por vez primera, me di cuenta de que fue ya en 1962, cuando ya superaba los dos años en algún mes que otro…

     

    Ocurrió, que mi padre, al casarse, resultó ser estéril… ¡Dichosas paperas infantiles, que tantas infertilidades masculinas causaron “In Illo Témpore”! Mi madre se resignó, en principio, a no poder tener hijos, pues el amor hacia su marido, mi padre, era superior a sus deseos maternales, pero al rondar los treinta años, sus deseos de ser madre, se le dispararon hasta convertirse en obsesión que derivó, incluso, en casi paranoia, de modo que, finalmente, acudieron a la adopción. ¿Por qué acabaron buscando un niño en Sevilla? En Madrid, en los Servicios Sociales de la Diputación, les informaron que lograr no ya un bebé, sino, simplemente, un niño con menos de seis-siete años, es punto menos que imposible; años y años de aguardar turno y sin garantía de que se logre algún día. Ellos quedaron desesperanzados, hechos polvo, con mi madre casi histérica, fatal de los nervios. Llegó a caer en una depresión horrenda.

     

    Entonces, dos, tres meses más tarde, les llega una extraña llamada telefónica. Una voz femenina les pregunta si son D. Fulano de Tal y Dª Mengana de Cual, vamos, si son ellos mismos, el matrimonio formado por mis padres; nuevas comprobaciones, sin soltar prenda, sin decir quién llama y para qué. Les piden DNI (Documento Nacional de Identidad, la Célula Oficial de Identificación Oficial y Policial, en España), y el domicilio actual en Madrid. Vamos, que la mujer que llama coteja y se asegura bien de con quién habla. Comprobado todo, pasa al “Arroz”, al porqué de la llamada

     

    • Vamos a ver, D. Fulano y Dª Mengana. Ustedes desean adoptar un bebé de meses y en el más corto plazo posible, ¿no es  así? –Respuesta afirmativa de mis padres– ¿Ustedes disponen, o dispondrían en su momento, de tal suma de dinero? –Mis padres lo piensan un rato; mi madre, mujer al fin, más conservadora, más con los pies en la tierra, más pragmática, en suma, hace señales a su marido de que no, pero él, más aventurero, más lanzado, con más esperanza en el futuro, y, sobre todo, desviviéndose por el ser que más quiere, su esposa, su mujer, acaba respondiendo enérgico, contundente– SÍ, SÍ, Sí      –Así por partida triple, añadiendo, más que seguro– SÍ; DESDE LUEGO; USTÉDES ENTRÉGUENME UN NIÑO DE MESES, EN NO MÁS DE UNO, Y, EN EL ACTO, LES ENTREGO EL DINERO.  Perfecto, –respondió la voz femenina– Ustedes reúnan el dinero pues en menos de un mes tendrán su bebé añorado. Y con cuanta documentación es necesario tener, hasta la inscripción en el Registro Civil de Madrid, y lo que concierna a la parte religiosa, también, con la Partida de Bautismo. Ah, y toda la documentación, absolutamente auténtica, enteramente legal. Esperen noticias nuestras en menos de un mes, pues empezamos a trabajar para Ustedes, desde ahora mismo. Por cierto, llámenme Elena. Un saludo, señores

     

    En fin, que veinte-veinticinco días más tarde, mis padres me conocieron en una Institución de Sevilla. Mi madre me echó los brazos, y yo, sin dudarlo, parece ser que me entregué a esos brazos que se me tendían, y que al momento, me abrazaron y, según dicen, cuando me sentí abrazado, besado, acariciado, como nunca antes me había sentido, yo me entregué en cuerpo y alma a ese cariño. Y, según dice mi madre, hasta se echó a llorar cuando yo respondí a sus caricias, a su cariño, besándola y preguntándole si ella iba a ser mi mamá…

     

    Y sí; desde ese momento, mis padres fueron eso, mis padres, y yo su hijo. Me trajeron con ellos a Madrid y de su casa ya no salí hasta que me dio la tontuna de “independizarme de ellos para vivir mi propia vida”

     

    ¿Qué cómo acabó la tarde? pues con todos, los cuatro, mis padres y yo, pero también Marta, abrazados; mis padres abrazándonos a mí y a Marta y Marta y yo a mis padres. Por cierto, que Marta, bastante más con mi madre que con mi padre, diciéndole que no se preocupara, pues no sólo seguía teniendo un hijo, sino que, desde ya, también tenía una hija. Y, había que ver cómo se abrazaba mi madre a Marta, su nueva hija, porque desde ya, Marta llamó padre a mi padre, y madre a mi madre y ellos, tanto el uno como la otra, “Hija, hija e hija”, si es que no le soltaba mi madre lo de “hijita mía”.

     

    Era ya noche cerrada, pues si por allí hubiera habido una iglesia de esas antiguas, con su torre, su campanario y su reloj del año de”Maricastaña”, las diez campanadas habrían ya sonado, si bien no tanto antes, cuando salíamos de casa de mis padres un tanto sin rumbo fijo. Yo, casi andando al tun, tun, con una muy extraña sensación en el cuerpo. Por una parte, mis padres, en esos momentos tan dramáticos, con mi madre llorando a moco suelto y mi padre nervioso, tratando de consolarla, pero, como ella, inseguro sobre cómo me tomaría yo el “pastel” de ser hijo adoptivo, y no biológico; les había dicho, abrazándolos a los dos, acariciándoles, besándoles, siendo más cariñoso que nunca con ellos, en particular con mi madre, que ellos eran, habían sido y siempre serían mis únicos padres, y era verdad, no mentía un pelo, pues no había conocido otros, sin poder asociar a ninguna otra persona a tal sentimiento. Sí; así era como yo, sincera y verdaderamente, los veía y sentía, y el que ellos no hubieran sido los que me dieran el ser, la vida, influía menos que nada en lo que por ellos sentía

     

    Pero como persona de carne y hueso que también soy, y con mi “alma en mi almario”, también me sentía un tantico desolado y un muy, muy cabreado. De lo que acababa de saber, lo que con más violencia se me venía, tanto a la mente como a la cara, era que unos desaprensivos, unos desalmados, me habían concebido, sin contar conmigo, para luego dejarme tirado; tirado a la basura, como aquél que dice. Y esa mujer que me llevó nueve meses en su vientre, que  me parió para después desprenderse de mí como si fuera algo viejo, roto, sin valor, sin mirarme siquiera, lo más seguro; Sin saber si era niño o niña, sin importarle, lo más mínimo lo que de mí pudiera ser. Me pensé qué clase de animal salvaje sería No; de animal, no, de alimaña; de alimaña humana, pues eso, ni los más salvajes, despreciables, de los animales lo hacen

     

    Sí; iba dolorido, muy, muy dolorido, y muy, pero que muy, muy cabreado. Para mis adentros, me acordaba hasta de la enésima de la enésima generación de su genealogía de putas meretrices, de la zorra indecente que me soltó por el coño ¡Que ya pudo protegérselo a tiempo, si no me quería! Vamos, digo yo

     

    Así iba yo, en todo ese mar, océano, de bilis y odios, cuando, por fin, estábamos junto al coche de Marta; ésta abrió las puertas con la centralizada y yo me empecé a separar de ella, para ir a la puerta del copiloto, mientras más gritaba que musitaba

     

    • ¡Maldita sea la muy puta, la muy “zorra”! ¡La muy guarra! ¡Mala puñalá le den! ¡Así ardan en el Infierno ella y el “chulo” que se la folló

     

    Tanto Marta como yo entremos en el coche, mientras ella decía

     

    • ¿Por quién van tales “lindezas”?                   

    • Por quién van a ir, sino por la maldita zorra, seguro que hija de otra zorra y un cabrón, que me parió y me abandonó como una cosa rota, inservible.

     

    Respondí yo, mirándola por vez primera desde que salimos de la casa de mis padres; Marta metió la llave en el contacto, la giró y el motor empezó a ronronear. Sí; era la primera vez que la miraba desde que estábamos en la calle, absorto como iba en mi propio estado de ánimo; sólo entonces advertí que tampoco ella estaba mucho mejor que yo, sólo que, a diferencia mía, en su rostro no había ira, sólo una mezcla entre tristeza y melancolía. El motor seguía ronroneando y Marta pisó el embrague mientras daba acelerones al coche y soltaba el seguro del freno de mano; pero no lo soltó. Se quedó así, sustentándolo en alto, pero sin soltarlo, con acelerón tras acelerón al coche, mas sin soltar el embrague. No me miraba, sino que mantenía la vista fija, absorta, en el parabrisas, en la  nocturna negrura del horizonte. Entonces dijo, con voz monótona, átona, como un robot inanimado

     

    • No debías hablar así de ella; ni siquiera pensarlo…

    • ¿Y por qué no?

    • Porque tú no sabes sus razones, el por qué lo hizo. Te dio el ser, te parió, no abortó de ti, no te mató.

     

    Yo me quedé sin saber ni qué decirle. Al fin, al rato, repuse

     

    • Y, ¿a ti qué te importa eso? Lo que yo piense o diga de tal hembra de alimaña.

    • Nada, desde luego; aunque, también mucho…

       

      FIN DEL CAPÍTULO

     

    NOTAS AL TEXTO

     

    1.  “Llorar como una Magdalena”. Este dicho proviene de un error muy antiguo, ocasionado, precisamente, por un Papa de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, San Gregorio Magno (540-604, D.C). en su homilía 25; PL 76,1188 escribe: “La mujer descrita por Lucas como pecadora, llamada María por Juan, es la misma que Marcos atestigua que fue liberada por Jesús de siete demonios. Por lo tanto estos tres personajes son la misma persona: María Magdalena”. Afirmando luego que María de Magdala, había sido “Mujer de perdición” y “Esclava de la Lujuria”. Esto se mantiene así hasta el Concilio Vaticano IIº, cuando de la liturgia católica se suprimen todas estas referencias contra ella, fundadas en las afirmaciones del Papa Gregorio Magno, pero sin quitar, aún, el “sambenito” a María Magdalena, cosa que haría, posteriormente, el Papa Pablo VIº, en 1969.

     

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