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Adúltera


  • Apenas pudo dormir esa noche. Despertaba sobresaltada para ver el reloj y comprobar que no fuese hora de levantarse. Sus planes no incluían cambio en su rutina matutina, pero ella anticipaba esa fecha desde hacía poca más de una semana.

    Con cada sobresalto ella verificaba para asegurarse que su marido no se hubiese despertado con su vigilia. Roncaba suavemente a su lado, ignorando todo sobre su nerviosismo y anticipación. Hacía apenas unas horas él había llegado cuando ella, exhausta de lavar ropa, cocinar para el día siguiente, barrer y trapear, atender a los niños con sus tareas escolares, tuvo que aceptar que él sin decir palabra le bajase el calzón, levantase la falda del camisón, se bajó sus pantalones y se montó encima de ella, gruñendo y raspando con su barba su cuello y su rostro.

    Debió soportar sus arrimones sin estar excitada ni húmeda. Dirigiendo su pene con su mano, él frotó sus labios y el capuchino que cubría su botoncito del amor, logrando con ello extractar alguna humedad, lo suficiente para introducir primero el glande y de ahí, producir más fluidos que le permitieron penetrarla por completo y comenzar el rudo y tosco vaivén que culminó, quizá tres minutos después, con un chorro de semen que ella sintió invadirla en sus entrañas, y acto seguido, mientras gruñía con su egoísta placer, él extrajo su miembro del cuerpo de su mujer, se acostó de lado dándole la espalda y se quedó dormido casi de inmediato. Ni un beso, ni una palabra, nada. Simplemente usó a su mujer conforme su derecho.

    Se levantó y se dirigió al baño. Tomó papel higiénico y se limpió la inmundicia que manaba de su gruta y que su marido descargó en su interior. Luego tomó una ducha para lavar lo mejor que pudo su intimidad y sacar, si fuese posible, todo rastro del semen que se ocultaba dentro de ella.

    Volvió a su cama y se durmió para luego despertar, y otra y otra vez, hasta la madrugada.

    Despertó media hora antes de lo usual. Se levantó con la respiración agitada. Preparó los desayunos de sus hijos y de su marido y luego las meriendas y almuerzos para la escuela y el trabajo de todos. Los despachó en inusual silencio y con dificultad para ver a sus hijos a los ojos.

    De su marido se despidió con el usual “que tenga un buen día” y se aseguró que se había ido y alejado para ir al baño a prepararse. Tomó una ducha con agua caliente y pensó que había sido una ducha larga, pero no lo le tomó tanto tiempo como pensó que le había tomado. Se esmeró en lavarse por completo y maldijo en su interior a su marido por dejarla inseminada justo esa noche.

    Se vistió con ropa ligera pero se abrigó un poco a pesar que no hacía frío. Quería ser invisible. Tomó su bolsa de mercado y salió a la calle, andando a paso apresurado. Alcanzó el autobús y viajó en silencio todo el trayecto, sin poder calmar el ritmo de su respiración ni el palpitar de su agitado corazón. Bajó del colectivo y caminó hasta encontrar la dirección que le había sido garabateada en un pedazo de papel de trazo y que había memorizado casi de inmediato para destruir aquella nota.

    Encontró la casa que buscaba y le sorprendió lo bien cuidada, limpia y bonita que se miraba. Hizo lo que le había sido indicado y caminó hacia la parte de atrás de la casa donde encontró abierta la puerta casera, como le había indicado que la hallaría, y se encontró en una cocina amplia, espaciosa y muy bien iluminada. Olía a café fresco y a comida recién preparada que en realidad no se interesó en identificar.

    Escuchó los pasos de alguien bajando las gradas y su corazón se agitó aún más. Su respiración se detuvo cuando él asomó por la puerta y sonriente se dirigió hacia ella, deteniéndose frente a ella muy cerquita, mirándola fijamente a los ojos, pero sin tocarla.

    -“¡Buenos días!”, la saludó con su voz agradable y varonil. “¿tomó café ya?”

    -“Sí, gracias”, respondiendo ella, mintiendo. No había comido nada desde el día anterior.

    Él sirvió dos tazas de su aromático café y las colocó en la mesa dispuesta ya desde antes y la invitó a sentarse.

    Conversaron durante un rato que a ella pareció eterno y al terminar él su café, del cual ella no probó un sorbo siquiera, la invitó a pasar a su habitación.

    Ella sintió que su corazón se saltó cinco latidos, pero se puso inmediatamente de pie y avanzó hacia la puerta desde la cual él había aparecido y se detuvo frente a una escalinata que conducía al segundo piso de la casa.

    Él la alcanzó y con una sonrisa la tomó de la mano y la guio hacia su dormitorio, limpio, amplio, fresco y muy bien iluminado por los grandes ventanales que dejaban que el sol entrase sin perturbaciones.

    Ella se detuvo dos pasos adentro de la alcoba y él se quedó a su lado sin soltar su mano. Admiró el orden y la nitidez de aquella habitación. La cama, enorme, le pareció suficiente para acomodar cuatro adultos, y se admiró de cómo un hombre que vive solo y mayor que ella por al menos diez años se mirase tan bien conservado y saludable y que pudiese tener una casa tan nítida y ordenada.

    Él se dio cuenta que ella se recogió en su suéter a pesar de que no hacía frío e interpretando correctamente su inquietud, sin decir palabra pasó a cerrar las cortinas, dejando el dormitorio con muy poca luz; la suficiente para poder verse y ver el entorno, pero sin muchos detalles. Cerró también la puerta, limitando aún más la luz en el interior de su cuarto y ella de inmediato se mostró más cómoda porque comenzó a caminar por el dormitorio admirando cada pieza de mobiliario, el arte en las paredes y él notó cómo ella de plano ignoró la cama y se alejó de ella, tanto físicamente, como también de su mirada.

    La invitó a tomar asiento en una de los dos sillones que había junto a una pared, separados por una mesita. Ella se acomodó, con las rodillas muy juntas y su espalda muy recta, pero su semblante se mostraba ya mucho más relajada.

    Se sentó en el sillón al lado de ella y le preguntó si comprendía para qué la había invitado, y ella respondió que sí. Le preguntó entonces si tenía dudas o si deseaba retirarse y pensar en volver otro día o en definitivamente no volver, y ella permaneció en silencio. Así que le pidió permiso para acercarse a ella, y ella permaneció otra vez en silencio.

    Él se levantó de su asiento y se paró frente a ella. Ella no levantó la mirada, sino que la mantuvo fija en el suelo, mientras sostenía una mano con la otra, frotándolas nerviosamente.

    Así que él se puso de rodillas frente a ella y buscó su mirada, sin tocarla. Lentamente, ella levantó la vista y fijó contacto visual con ella. Una vez que sus miradas quedaron trabadas, él tomó una de sus manos y la apretó suavemente, sin dejar de mirarla a sus ojos.

    Con rapidez pero ternura, posó un beso suavecito, apenas perceptible junto a su rodilla, más hacia su muslo, provocando en ella un estremecimiento casi violento que los sorprendió a ambos, y más todavía cuando ella estalló en una risa sonora, casi una carcajada, mientras cerraba y apretaba sus muslos, solo para volverlos a relajar a menudo que la risa calmó.

    Ella rio y disfrutó de su risa, contagiándolo a él hasta que rieron juntos un buen rato y lágrimas brotaron de sus ojos. Al notar ella el efecto lagrimal de su risa, convirtió ese reír en una sonrisa espontánea, sincera, feliz y de inmediato se lanzó del sillón donde había permanecido sentada, hacia él, que seguía de rodillas sobre la alfombra, para besarlo con locura.

    Lo besó intensamente, queriendo devorarlo. Su lengua salió de inmediato a encontrarse con la de él y esa lengua respondió al desafío y se enfrascaron en una lucha terrible que acaparó la atención de ella, concentrándose en besarlo, lamerlo, frotar su lengua con la de él como jamás lo había hecho con su marido. Revivió los pocos besos que pudo darse con su novio del colegio, amor de su vida con quien no concretó ni noviazgo ni intimidad; solo los besos que recordó siempre durante los años que sufrió la ignorancia y egoísmo de su marido.

    Pero hoy se desbordaba una represa. Lo besó  con tanta concentración que se asustó con un brinco al sentir la mano de él sobre su pubis. De inmediato irguió su cabeza, separando su boca de la de él, y fue una reacción tan refleja que no esperaba pero que él aprovecho para empujarla hacia atrás, separándola aún más de él mientras a la vez se erguía de la posición en que ella lo había dejado sobre el suelo y sin que ella pudiera hacer algo para impedirlo, la acomodó de regreso en el sillón mientras se ponía nuevamente de rodillas frente a ella.

    Una vez que la pudo acomodar y que ella se preparó para recibir sus besos, él se fue directo a su pubis, levantándole la falda y buscando con su rostro el nido de su pudor. Al darse cuenta lo que él hacía, ella se horrorizó de espanto e intentó impedírselo, diciéndole, “no, no, eso no, por favor, no…

    Pero no había fuerza en el mundo capaz de detenerlo. Aún con ella cerrando los muslos y apartándolo con sus manos empujando su cabeza, él logró entrar, bajar hasta la mitad de sus muslos la prenda inferior y posar su nariz sobre la capa de vello que ella mantenía al natural, sin retoque ni depilación alguna.

    Ella, sin saber qué hacer, pensaba rápidamente sobre cómo impedir esa presencia en las puertas de su intimidad; esa invasión ubicada incómodamente para aspirar su aroma, mientras luchaba por abrirse espacio por la presión que ella oponía con sus piernas cerradas a su presencia, con la ayuda de su blúmer a medio bajar que tornaban para él más difícil su pretensión y que aún así lograba él acariciar esa maraña de su divino pelaje de sexo con sus mejillas.

    Ella esperaba que él se retirase de ahí asqueado, y se enteró más bien que él disfrutaba estar ahí; que aspiraba su olor disfrutándolo, y que le provocaba a ella esa sensación, esa vergüenza que le impedía pensar con claridad.

    Él, interpretando correctamente que ella no sabía siquiera que el sexo oral era parte del acto sexual, avanzó con cautela, simplemente dejándola sentir que él disfrutaba tener su rostro ahí entre sus piernas, y se conformó primero con aspirar el aroma a sexo, y a desesperación anhelante por ser cogida.

    Ella, ignorante e inocente sobre esas cosas, no podía concebir que él pudiese estar haciendo lo que hacía, a pesar de que no había comenzado siquiera a hacer más que olfatearla y frotar sus mejillas sobre sus vellos. Y no se enteró cuando él, con gran suavidad, logró hacer retroceder su panty hasta sus rodillas y de ahí, cuando ella se enteró, él había logrado ya bajarlas hasta sus tobillos.

    La impresión inicial que ella tenía, por no saber qué pretendía él hacer metiéndose así entre sus piernas, era de que él se retiraría asqueado, y pasado unos minutos, eso no ocurrió, sino que más bien él se mostró claramente disfrutando su aroma y la sensación de su pelaje, y eso la desconcertó al grado que le permitió permanecer ahí un poco.

    Al sentir él que ella se relajaba, suavemente bajó su rostro hacia la entrada a su cueva y permaneció ahí un rato, para esperar su reacción.

    Ella notó su movimiento, pero aunque se inquietó bastante, no se movió para evitarle el acceso a su más profunda intimidad. La curiosidad la dominó y la expectativa de lo incierto también la excito muy a sorpresa propia.

    Él percibió su titubeo, su sorpresa y su incertidumbre, así que se movió muy lentamente, hacia abajo. Ella aflojó un poco sus piernas al mover él su rostro hacia aquella intimidad. Él detuvo su avance un poco, esperando su próxima reacción. Nada. No hubo oposición de parte de ella. Así que él avanzó un poco más. Despacito. Y de nuevo, un alto. Se detuvo a esperar qué haría ella ante su avance.

    Con su respiración agitada y anticipando la posibilidad de un simple beso entre sus piernas, ella titubeó un poco más y comprendió que no había nada que perder; que lo que para ella era asqueroso, para él no lo era; y que ella había llegado voluntariamente a ese lugar y una vez dentro no valían los remilgos.

    La señal estaba dada: ella relajó por completo sus piernas, retirando todo obstáculo, toda oposición a su presencia, a la permanencia de su rostro entre sus piernas, a sus manos sobre la parta baja de sus muslos, al recorrido de esas manos hacia sus nalgas y ella le permitió tomarlas, apretarlas, estando él de rodillas con su cabeza entre sus piernas hacia el final de sus muslos donde él, sin compasión alguna, hundió su rostro en aquella vaporosa gruta, cálida, húmeda y palpitante, y ella, sentada sobre un cómodo sillón, con sus piernas abiertas y aquel hombre entre ellas tomaba sus nalgas apretándolas y atrayendo su cuerpo hacia su boca, tomó con los labios su ya húmedo e inflamado clítoris, y le provocó el brinco de su vida, la explosión más poderosa de sus sentidos y el sobresalto más inesperado de su existencia.

    Él esperó y dejó pasar la reacción inicial de ella y sin darle tiempo a nada más allá de acomodarse nuevamente en el sillón tras su acto reflejo, él utilizó su lengua, suavemente para estimular la parte superior de la entrada a su vagina y seguidamente, de regreso a su clítoris.

    Para ella, aquel placer era exquisito. Jamás supo antes que esa delicia era posible. Y aún comenzaba.

    Con destreza él inició un recorrido a lo largo de sus labios mayores, desde arriba hacia abajo, comenzando por el lado izquierdo y continuando por el derecho, asomando con su lengua hacia el centro que los separaba, recogiendo la humedad que ya brotaba a borbollones, ejerciendo presión sobre la vulva con uno de sus mejillas, causando protestas de parte de ella por retirar sus labios, sus dientes y su lengua de su clítoris y su vagina, pero agradeciendo también el placer que él le daba con la plenitud de su rostro sobre la plenitud de su sexo.

    Ella extendió sus manos para acariciar los cabellos de él y hacerle rudimentarias señales para indicarle un punto de especial placer o el sobresalto de sentir que hasta con la nariz le recorrían sus intimidades más prohibidas y sagradas, arrancándole en cada movimiento, un placer indescifrable, imposible de describir.

    Cómoda ya, y entregada plenamente al placer de tener un hombre haciéndole el amor con su cara, acariciándole el cabello mientras él le acariciaba el alma, no supo, no se enteró que gemía como víctima de la tortura más placentera posible.

    Pero él la escuchó gemir y decidido a ser su hombre inolvidable, se puso de pie rápidamente provocándole ahora genuina e inmediata frustración y perplejidad, mientras él, bajándose el pantalón, dejó saltar como resorte su enorme falo mientras se sacaba con un ágil y certero movimiento su camisa para quedar total y completamente desnudo ante ella.

    Ella no podía apartar sus ojos de aquel pene erecto, elegante, viril más allá de toda duda, fuerte, palpitante, intensamente rojo y bello, y no se dio cuenta que él se movía lentamente hacia ella hasta que puso aquel pene frente a su rostro.

    Ella no comprendía lo que sucedía. El sexo oral era algo que apenas hacía unos segundos había descubierto en el sentido pasivo únicamente y aún su cerebro no había procesado el hecho que debía existir un segundo lado en toda moneda.

    Así que él posó aquel descomunal pene en el rostro de aquella atolondrada mujer que reaccionó apartando de él su cara, aunque sin asco; simplemente fue el acto reflejo de quien no sabe nada de lo que hace.

    Divertido ante la reacción de ella, él decidió cambiar su pretensión y darle un poco, un poquito nada más de eso a lo que ella estaba acostumbrada.

    Sin que ella supiera lo que sucedía, él la tomó por el cabello, la conminó con firmeza a ponerse de pie y ella sin pensarlo siquiera, se paró frente a él; desnudo él y vestida ella. Así que el le dio una orden simple y sencilla:

    -“Desvístete

    Y ella obedeció al instante mientras él la miraba, deliciosamente excitado por la simple y provinciana belleza de la mujer, delgada y torneada por el duro trabajo que realizaba y con visibles huellas de sus embarazos.

    Sus pechos, caídos pero no al punto de ser desagradables sino más bien los deliciosos pechos de una mujer fértil, fecunda y parida, seguían erguidos con sus pezones endurecidos en forma de pasa apuntando hacia el frente.

    Ella vio la lujuria en su mirada y se sonrojó de inmediato pero no se amilanó pues esa excitación que en él miraba, comenzaba a apoderarse también de ella.

    Sin soltar su cabello, sino más bien apretando un poco más su empuñe sobre el mismo, tocó su hombro haciendo que ella se diese la vuelta para darle la espalda y cuando ya ella no podía mirarlo, la empujó con regular fuerza hacia la cama y salió ella disparada por el empujón, cayendo de rodillas al pie del colchón, con sus brazos sosteniéndose en la superficie superior de la cama mientras él, sin perder un instante siquiera y sabiéndola empapada en toda su ingle y entrepierna, se abalanzó sobre ella para ensartarla con aquella verga parada de un solo empujón un poco más allá de su glande.

    Sintiendo cómo por detrás le metían la pija, exclamó un gutural sonido que era en parte pujido, parte suspiro y simplemente exclamación de sorpresa, susto y sí, también lujuria.

    Jamás había sabido siquiera que existían posiciones sexuales distintas a la del misionero. Acostumbrada a que su marido la montara a discreción, ella pensaba que al llegar a este encuentro con este hombre a quien había conocido mientras hacía fila en el banco cada quincena mientras ella retiraba el dinero que necesitaba para hacer los gastos y compras de su casa, ocurriría lo mismo que en su propia cama.

    Pero aquí estaba ahora, acuclillada frente a una cama, en el piso, con un hombre penetrándola desde atrás, con la boca abierta para poder respirar mejor y expresar más fácilmente sus alaridos, pujidos y gemidos y antes de que ella pudiera saber qué pasaría ahora, él le sonó un par de nalgadas con la palma de su mano, despertándola aún más del sopor de su latente sexualidad y sin tener tiempo para cualquier otra reacción, él la tomó por las caderas mientras con la propia suya, le dejó ir con suavidad pero con firmeza, aquel pene irredento y malcriado hasta llegar a su más honda profundidad.

    Permaneciendo inmóvil, él provocó que ella pudiese sentir cada milímetro de su abundante falo, clavado en ella hasta el tope. No se movió una fracción siquiera, cuando ella de pronto comenzó a derretirse en el primer orgasmo de su vida.

    No era nada el colapso de una represa y el aluvión del agua que inundaría algún valle indefenso, comparado con la explosión que sacudió a ésta noble mujer. Temblando y palpitando, exclamó un grito contenido por años.

    El vecino escuchó aquel delirante bramido pero no pudiendo identificar su origen, fuente y significado, continuó inmutable con su lectura.

    Pero para ella, la intensidad de todas las sensaciones que estaba experimentando y la imposibilidad de sostener un instante más aquel gigantesco pene en su diminuta cueva, comprendió de pronto, como en una epifanía, el conjunto de todo lo que había ocurrido desde la primera conversación que sostuvo con aquel extraño, el acto de dejarlo besar su entrepierna y ahora, ahogada por el ímpetu de su sexualidad y su lujuria, se apartó de aquella verga y avanzando hacia aquel hombre glorioso y afortunado, y emulándolo, se puso de rodillas y acogió en su boca la verga hinchada de aquel.

    Era casi la media noche cuando ella llegó a su casa. El marido, enfurecido, la increpó por su prolongada ausencia. Ella, indiferente al reclamo, y consciente de la presencia de semen extraño en su vagina, en su ano y en su esófago, le dijo,

    -“Perdone, mi amor. Me sentí ahogada y acudí al hospital. Estoy bien ya. No se preocupe”.

    Nada cambió entre ellos.

    Pero ella ya no sería jamás igual.

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