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Relatos XXX de sexo anal: usada como pago

Mi pareja comenzó a jugar póker lo que para mí es quedarme sentarme frente a la TV, y servir tragos a ratos para no dormirme. Por suerte solo juega a veces. Con él nos vemos los fines de semana que viajamos a la capital a su departamento. Este fin de semana jugaron él y tres compañeros del trabajo, 45, 50 años, mineros, de pelo tieso, grandes y camionetas 4×4. Estaban bastante bien los tres, pensé cuando los vi. Ellos me dejaban la mirada en mi cola y me decían alguna broma por mi vestido que era abotonado todo adelante, pero nada más, y claro, habían pasado 20 días solos en la mina; después me senté en el sillón a ver TV y creo me dormí hasta que sentí a Jorge que me decía “vamos a la pieza a conversar”.

Yo seguí durmiendo todavía. Jorge se acercó, estaba pálido.

– He perdido mucho -me dijo-, no me queda nada, y Eusebio que está ganando todo dice que si te sientas en sus piernas me deja seguir ¿qué dices Peladita?

Jorge me dice Peladita cuando anda en algo malo. No sabía si echarle unos garabatos o hacerle cariño: ganó lo segundo…

– Si es solo sentarme, y tú estás acá… bueno, -le dije.

Ellos se dieron vuelta a mirarme cuando volví, el que se llamaba Eusebio echó la silla atrás y me dijo “acá linda”. Me senté con cuidado en sus piernas, con las rodillas juntas, y giré las piernas para ponerlas bajo la mesa. Sentí inmediatamente el bulto en mi trasero. Me rodeó con sus brazos, olió mi cuello y dejó las cartas vueltas abajo. Jorge pidió cartas. Yo no entiendo mucho el juego, pero sabía que estaba siendo usada como pago por la deuda de Jorge, por lo que seguí sentada allí y no tardó en poner la mano sobre mi pierna bajo la mesa y comenzó lentamente a subirla.

Yo estaba incómoda sintiéndome usada, y Jorge se daba cuenta, pero no decía nada. No sabía si los demás se daban cuenta de que me metía mano. Me iba a parar, pero la cara de Jorge era de “quédate ahí”, aunque igual me levanté y me fui a encerrar al dormitorio. Estaba entre la indignación y la excitación, una mezcla de enojo, rabia y deseo (si la que me lee es mujer va a entender). A los pocos minutos Jorge abrió la puerta.

– Peladita -me dijo-, te toca irte a sentar allá. Y por cómo lo dijo era una orden.

– Pero, ¿y los demás? -le pregunté.

– Los demás no importan. Ya se van. Tú sabes, acá nadie nos conoce… y tú sabes cómo son las cosas.

Cuando decía: “tú sabes cómo son las cosas” debía de obedecer, obedecer o mandarme a cambiar, irme, desaparecer de su vida.

– Bueno, -le dije muy despacio-, pero tú estás ahí, ¿sí?

– Sí, por supuesto Peladita, ya nunca te dejo sola, anda tranquila.

Me alisé el pelo, el vestido y volví humilde y callada al living al lugar donde estaba sobre Eusebio. Y siguieron jugando mientras él me metía la mano por mi vestido hacia arriba. Yo tenía mis dos manos con las puntas de los dedos afirmadas en el borde de la mesa, los demás atentos a las cartas me repasaban de reojo y veían cómo me agitaba. Ya era obvio lo que hacía y los tres estaban pendientes a cómo reaccionaría yo.

En un momento Eusebio me dijo al oído: “anda al baño y te sacas toda la porquería de ropa que tienes debajo y te vienes a sentar acá de nuevo”. Realmente no esperaba ni ese tono para hablarme ni que se refiriera así a mi ropa, pero obedecí, en esas circunstancias estoy aprendiendo a ser sumisa, pierdo la voluntad y obedezco consciente de que me hago daño… pero igual obedezco. “Es mi naturaleza”, como le dice el escorpión a la rana. En el baño me arreglé el pelo, me sequé la entrepierna, me quité el brasier y el colales que tenía, me estiré el vestido y regresé despacio. Él se puso de lado y yo me subí a sus piernas con las rodillas bien juntas sin decir nada y quedé atrapada nuevamente entre su cuerpo y la mesa, al lado de Jorge, frente a Luis y a mi otro lado el Chico Nano, otro compañero de trabajo.

De ser usada, a ser follada

Repartieron cartas y con la mano derecha medio las levantaba y con la otra desabrochaba mi vestido hasta mi entrepierna, luego palpaba mis labios, haciendo que me estremeciera. Los demás al poco rato se dieron cuenta, no podía evitar apretar mis manos cuando pasaba un dedo un poco más adentro de mí, e imploraba “húndeme tierra”. Ellos me miraban socarrones, satisfechos de verme allí incómoda, de sentir mi respiración que se alteraba, del pelo que se me caía sobre la frente y de cómo me iba hacia adelante de la mesa tratando de doblarme sobre mi cuando uno de sus dedos ingresaba en mi rajita. En un instante intenté bajar mi mano para detener la de él pero me ordenó al oído, seco, duro: “deja las manos sobre la mesa, ni pienses en sacarlas de allí”. Pero en ese momento me dio un respiro.

Pensaba miles de cosas en esos segundos: si me mojo mucho le voy a mojar los pantalones, no puede ser que me deje hacer esto, si aún tendré perfume, ¿cómo llegué acá Dios mío, estaré muy despeinada? Mientras, Eusebio les dijo a los tres con que jugaba:

– A ver… si pierdo abro dos botones de acá, y mostró la pechera de mi vestido.

– ¿Y si ganas?

– Gano monedas, -dijo.

– Veamos, “pago por ver”, -dijo Luis frente a mí, y se rieron.

Ganó esa vez, pero perdió la próxima y abrió dos botones, dejando mi pecho al descubierto. Sin embargo, mis pezones permanecieron tapados por el borde del vestido. Su mano regresó a mi entrepierna, a mis labios ya mojadísimos y sus dedos comenzaban a penetrarme levemente, yo estaba retraída, avergonzada, pero me manejaban los dedos de ese hombre haciendo removerme en el asiento y sentir su sexo más y más duro bajo mis piernas. El pelo se me vino a los ojos y levanté una mano para subírmelo, pero me susurró al oído: “te dije que dejaras esa mano sobre la mesa, no la saques de allí. ¿O no entiendes?”.

Jorge me miraba interesado y sonriente. Los demás me miraban atentos ahora a cada detalle, habían dejado de jugar y estaban pendientes de mí, sabían que estaba en las últimas. Yo volvía a echarme hacia adelante y ahora exhibiendo mis pequeños pechos sobre la mesa, pero no era momento para remilgos. “Que va, me dije, somos todos adultos y no es la primera vez que van a ver un par de tetas pequeñas”, pero al irme hacia adelante le permitía clavarme mejor los dedos y jadeando volvía atrás. Luis y el Chico se echaban adelante casi tocando sus rostros con el mío, mirándome curiosos, con la maldad en sus ojos. Yo jadeaba apretando y estirando los dedos de mi mano sobre la mesa, sentía el aliento a ron de sus bocas al lado de mi mejilla y comenzaba a jadear.

En un momento sentí que Eusebio me empujaba hacia abajo dejándome a mí de pie con las manos sobre la mesa y sin atreverme a volver la cara, solo miraba la superficie de la mesa esperando expectante asesando, presintiendo a los otros a mi lado y tratando de recuperar mi respiración normal.  Pero se volvió a sentar, corrió la silla hasta dejarla junto a la mesa, lo que hizo que tuviera que volverme a sentar sobre él, pero me levantó la falda y sentí su sexo duro y caliente entre mis nalgas.

– Ábrete, -me ordenó-, que te vas a sentar sobre él y quedarte quietita.

Yo obedecí. Separé mis nalgas con ambas manos y me relajé para dejarme penetrar, cuando sentí su cabeza en el anillo de mi ano me dejé caer lentamente, por suerte lo tenía húmedo y eso facilitó que resbalara algo hacia mi interior. Volví a poner las manos sobre la mesa y sentí cómo me levantaba, me abría fuerte y cuando me traspasaba su verga dura hasta mis riñones no pude evitar un grito de dolor, apreté con mis manos el mantel tirándolo y algo cayó. “Dale tío”, gritó, quizás, Luis. Ya estaba empalada, luego dejó de doler, solo un poco de ardor y sentía palpitar su cabeza dentro, muy dentro de mí. Yo me estaba quietita pensando que cualquier movimiento me haría gritar de nuevo. Entonces, sus dedos volvieron por mi vagina, buscando mi clítoris, que estaba duro de inflamado. Yo no quería ver nada, solo sentía el olor del alcohol, un perfume de hombre muy dulce, y cómo me metía dedos y me humedecía que era una vergüenza, quería morir allí, pero quería también que siguiera y era tan fuerte el deseo que me eché adelante y comencé ya entregada a jadear lentamente, las manos agarradas al mantel. Era inevitable que se dieran cuenta de cómo estaba de caliente, pensé, estaban muy cerca. Me tenía abierta por atrás, apenas moviéndose, pero sentía que me partía en dos y sus dedos me entraban y salían llenos de sabia mía, rodeaban mi botón, lo pellizcaban y comenzaba ese nudo en el bajo vientre que me hacia gemir. Me estiré enderezándome y volví a echarme adelante en la mesa permitiendo que me clavara aún más profundamente, los brazos estirados hacia Luis que estaba frente a mí y las manos como garras doblando el mantel, ahora sí que estaba jadeando a más no poder, volví a estirarme para evitar sus dedos dentro y al agacharme nuevamente me terminó de empalar y yo grité de dolor y placer, me iba cuando sacó los dedos de mi vagina muy muy mojados y me dijo “chupa puta” y yo sumisa lo hice, los otros se rieron. Dejé de hacerlo y volvió a repetirlo: “chupa”, miré su mano, sus dedos juntos y volví a chuparlos y sentí mi sabor dulzón de mujer caliente.

– ¿Quién quiere ver el orgasmo de esta Peladita? -preguntó.

– ¡Vamos tío, reviéntala! ¡Que está lista…!

– No señores, es mía por esta noche la Peladita, así que si quieren verla terminar, lo jugamos a la carta mayor. Entonces me sacó de encima de él, me dejó atónita, pasmada. Y me ordenó sentarme en el suelo en una esquina, “y cuidadito con dedearte”. Yo estaba como ida, obedecí sin decir palabra y me senté en suelo con la espalda a la pared. El suelo estaba frío, mi cuerpo jadeaba aún, por mi pierna corrían mis fluidos hasta mojar el vestido.

Ganó otro y me llamó, yo me enderecé con dificultad y cuando estaba a su lado me dijo, anda a traer crema. Yo me volví y le traje una de manos que tenía. Me puso delante de él frente a la mesa me levantó el vestido y puso sus dedos en mi ano untados en la crema.

– Espero que sea sin alcohol -me dijo.

-No es sin alcohol -le respondí tímidamente, mientras sentía cómo me entraba esa suavidad.

Él tenía ya los pantalones bajados, por lo que me sentó encima abriéndome con sus dos manos. Yo relajé mi ano y esperé abierta a ser usada clavándome su verga dura y estirada. Esta vez resbaló sin dolerme, diría que hasta mi cintura, se acercó más a la mesa dejándome aprisionada allí entre su pecho y el borde de ella, el vestido arrugado en la cintura y abierto delante me dejaba desnuda junto a Jorge y al tal Chico y frente a Luis que me miraba vivaracho. “Ahora te vas a correr perrita, delante de mí”, me dijo riéndose.

El maldito ahora puso crema en sus dedos, que pasó por mi clítoris y mi vagina, una crema helada, fresca y que resbalaba como espuma y me devolvía a la calentura anterior sin preámbulos. Mi resistencia a ser usada duró segundos, sus dedos helados pellizcaban mi vulva inflada como globo, me penetraba los dedos y los sacaba deseando que los volviera a clavar, lo hizo tres, cinco, diez veces mientras yo me doblaba hacia adelante de la mesa… ya no jadeando, roncaba, emitía un ruido como gutural de mi garganta y sabia que de un momento a otro me iba a correr delante de todos. Allí sobre la mesa, a centímetros de las caras de esos dos que me daban vuelta, con el pelo revuelto mojado de transpiración mientras sentía una gota caerme por el cuello, mi respiración se volvió entrecortada, el corazón se me apuró, me bajaba algo del estómago hacia mis piernas cuando se detuvo. Yo tenía los brazos estirados sobre la mesa y quede palpitando, vibrando, tensa como cuerda de violín.

– ¿Quieres que siga, Peladita? -me preguntó.

Yo no podía decir palabra por lo sorprendente de su pregunta, y no me podía imaginar cómo estaba allí entregada como un corderito y usada como un juguete.

– Peladita, ¿quieres que siga, o que te mande a sentar a la esquina de nuevo?

– Sigue, le contesté.

– No te escucho.

– Sigue por favor, -le dije apocada, humilde. Y ahora, acá escribiéndolo, debo decir, debo de reconocer, o de reconocerme a mí misma que eso me excitaba más, que me tuvieran así, allí, me hacía sentirme mujer, femenina, una hembra que les daba lo que ninguna otra les daba, el placer de sentirse machos, poderosos. Que ninguna por mina que fuese, por muy mujer que se creyera, llegaba allí donde yo estaba. Siendo usada por un macho y con esos cuatro hombres mirándome, pendientes de cada detalle mío. Y quizás por eso le rogué, le supliqué, le imploré que me hiciera terminar.

Entonces volvió al juego del mete y saca y en segundos sentía que volvía ese fuego dentro de mi estomago, sola le acomodaba mi ano, le movía mis caderas y jadeaba como una perra, como a cuadras de distancia escuchaba que uno de ellos decía “está roja esta mina”, “se le abren las narices”. Luis, que estaba delante de mí al otro lado de la mesa, me tomó de las manos y yo apreté las suyas como garras, tiritando. Estaba corriéndome cuando alguien me pellizcó el pezón hasta casi rompérmelo, pero fue terriblemente excitante mientras convulsionaba uno, dos minutos. Boqueaba y tenía espasmos como pescado recién sacado del agua, según me dijeron después. Cuando sentía que terminaba, que se me salía todo por mi entrepierna, que me abandonaba parte de mi cuerpo, me dejé caer sobre la mesa exhausta. Fue el orgasmo más grande que he tenido, incluso más que uno en que me masturbaran en una casa en la playa.

Pasaron varios minutos en que se volvieron a sentar y yo me enderecé y eché la cabeza atrás dejándola descansar en el cuello de Eusebio y me topé con su cara. Si me hubiera besado lo hubiera aceptado. Aunque Jorge estuviera a mi lado, total, él me puso en esta situación. Pero no lo hizo, me dijo “vamos al baño para que me limpies” y con dificultad me levanté separándome de su sexo y lo seguí cabizbaja al baño mientras mi vestido caía al suelo y los demás me miraban desnuda riéndose sentados a la mesa.

En el baño le lavé ese fierro que aún estaba duro con el agua fría corriendo y bastante jabón y se le puso más duro, luego lo sequé y me dijo que me sentara en la taza del baño, me lo metió en la boca y se masturbó en mis labios, yo también permanecía aún excitada y me tocaba, hasta que iba a terminar y me separó y escupió todo su semen en la cara, en el pelo, era mucho, mucho, que me chorreó por el cuello por el hombro por la frente. Se guardó la polla aún sucia y me tomó del brazo a la altura del hombro y así, casi colgando de su mano, (él mide más de 1.80 y yo me empino a 1,50, y pesa seguro el doble de mis 47 kilos) así, casi en el aire me sacó afuera, donde estaban los otros sentados todavía en la mesa de póker. Yo hice el ademán de limpiarme, pero me lo impidió.

Usada para dar placer a todos…

– Ya está bautizada, -les dijo, casi colgada por mi brazo mostrándome a los tres, y me sentó en el sillón.

– Si alguien quiere darse el gusto con la Peladita, ahí está.

– ¿Para todo uso?

– Ya viste… para todo uso

Luis se puso de pie, se abrió la bragueta y se sacó su sexo, que estaba parado como un palo y se sentó a mi lado, luego me montó encima de cara a él y me dijo “mastúrbate”. Yo comencé a acariciarme frente a él hasta que sentí que terminaba dentro de mí inundándome de semen.

– Sale con cuidado que me ensucias los pantalones -me dijo, y me sacó en el aire casi hacia atrás, dejándome de pié desnuda frente a esos cuatro hombres vestidos y hasta con zapatos. El que le dicen el Chico Nano se paró y con una mano en mi espalda me empujó hacia el baño, allí me hizo lavarme la entrepierna y en el mismo baño me puso frente a la pared y comenzó desde atrás a darme duro, yo afirmada con una mano contra la pared, con la otra me logré tocar y terminar una vez más poco antes de que él me llenara nuevamente de semen. Terminó y me dejó allí. Yo recuperé mi vestido, me lo puse y volví a sentarme en la esquina del sillón con los ojos que se me cerraban de cansancio.

Creo que me dormí hasta que sentí a Jorge que me decía “vamos a la pieza a conversar”. Lo seguí casi durmiendo todavía. Jorge se acercó, estaba pálido, “he perdido mucho” me dijo. Entonces, ahora sí bien despierta, le contesté:

– Sí, y ya sé lo que quiere Eusebio…

– Y, Peladita, ¿me vas a ayudar?

 

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