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El placer peligroso de la entrega

Mi pareja jugaba al póker, y ya os conté en otro relato XXX que una vez que perdió me toco pagar a mí. Y bueno, eso volvió a suceder, solo que esta vez fue la última. Había ganado por unas semanas y me compró una pulsera preciosa por lo que no podía quejarme. Pero una noche volvió a perder y lo quiero contar en un nuevo relato XXX porque ya sé que escribiéndolo logro esa distancia necesaria para poder asumir lo que mi razón, mi moral y mi mente después niegan. Así que, ordenadita, comenzaré desde el principio este relato XXX de sexo real en el que descubrí el placer peligroso de la entrega.

Esa noche habían quedado tres al final jugando: Jorge mi pareja, el Chico de la vez pasada y uno al que le puse el Repartidor. Era tarde y yo estaba en el sillón terminando de ver una peli cuando Jorge se me acercó, estaba nervioso y transpirando, y me dijo bajito como preguntándome:

– Peladita… ¿y si repetimos…? Que ya no tengo caja, en realidad ya no tengo nada. Yo lo miré con cara de odio, entendí perfectamente qué era ese “¿y si repetimos?”. Eran las dos de la mañana y los tipos me miraban hacía rato que me comían, el Chico seguro se acordaba de esa otra noche.

Lentos dejaron la mesa de juego y se acercaron a los sillones, Jorge me corrió al medio y se sentó a mi lado y a mi otro lado se sentó el Chico, me tomó de la mano y me atrajo hacia sí. Tenía una colonia dulzona y cara, y el pelo tieso y muy corto. Al oído me susurró “va a ser algo que no vas a olvidar, el sueño de cualquier mina”, me dijo, “dile que sí”.

Yo estaba clavada al sillón. Solo quería que la tierra se abriera y me tragara. En verdad sabía que algo así podía pasar y hasta me excitaba la idea, pero no me lo esperaba esa noche.

– ¿Estamos de acuerdo? -le preguntó a mi pareja por encima de mí-, me la prestas un par de horitas nada más, no te la saco del departamento. Y puedes mirar todo lo que quieras. Yo presentía algo, moreno de ojos verdes, moreno malo. Y chico, chato, y petulante más todavía.

– Bueno, si quedamos a mano, -le respondió Jorge desde mi otro lado- y nada de fotos ni de marcas, y estamos de acuerdo.

Yo era en ese momento, allí, un objeto… un objeto de cambio, como el dinero que pasa de mano en mano. El Repartidor que estaba sentado al frente me miraba curioso tratando de adivinar qué había bajo mi blusa que tenía como escote una transparencia negra sobre un relleno para agrandar mi pequeño par de tetas.

– De acuerdo entonces, -dijo el Chico. Se paró de mi lado, sacó el celular y se fue a llamar al balcón del departamento. Luego entró y fueron por unos tragos a la cocina y hablaron entre ellos, el Chico les explicaba algo. Yo continué viendo la peli y me sirvieron un whisky, el tercero (el tercero generalmente es el de mi perdición), pero sabía que Jorge me cuidaba y para lo que venía mejor un trago fuerte. No sabía que iba a necesitar más que eso.

– Oye Jorge, porque te gustan las minas tan flaquitas, -le preguntó cuando volvieron a sentarse a la sala.

– Claro que con ese traserito tan parado y redondo y la cara de muñeca que tiene calienta a cualquiera…

– Cuánto mides?  me preguntó.

– Un metro con cincuenta y cinco, mentí, mido menos

– … y pesas cuánto?

– Cincuenta, y exageré un poquito de nuevo.

Se había sentado a mi lado en el sillón y había puesto su mano sobre mi pierna y comenzaba a subirla por sobre mi pantalón. Yo no podía sacarme de la cabeza cómo me había visto la vez anterior allí sobre esa mesa.

En esos momentos tocaron la puerta.

– Anda a abrir -me ordenó, y supe que desde ese momento estaba completamente en manos de él.

– Abrí y se apareció un hombre inmenso. Inmenso. Pensé que no pasaría por la puerta si quisiera entrar. Le miré las manos toscas, secas, pero no tenía ni pizza ni nada en ellas. Pensé entonces si teníamos monedas pero eran más de las dos de la mañana.

– Dile que pase, dijo de adentro el Chico y me bañó un escalofrío. Me hice a un lado casi tiritando, y el hombre pasó rozando el dintel de la puerta y se adelantó a saludar mientras yo atrás cerraba. Por un momento pensé en quedarme afuera, irme, pero algo más poderoso que yo me hizo caminar hacia adentro hasta junto a un sillón y esperar, con las piernas temblando y la mirada en el suelo.

– Mi princesa, quiero que le des un beso de saludo, me dijo.

– Se llama… En realidad nadie sabe cómo se llama, pero trabaja una cuadra más abajo en un bar, saca borrachos, acarrea javas y pide unos pesos por mostrar una herramienta que tiene. Le decimos el Gringo. El tipo se sonrió. “Mucho gusto”, me dijo y se me acercó y yo le tendí la mano que se perdió en la mano de él y se agachó, se agachó mucho para que yo, empinada, le alcanzara la mejilla. Quedé a su lado y mi cabeza quedaba bajo su axila, mi boca estaba más cerca de su ombligo que de su pecho.

– Anda a ponerte sexi -me ordenó el Chico- mientras nosotros arreglamos acá. -Y cuando me iba, apagó la TV y dejó prendidas dos luces indirectas. -Ya que este egoísta no nos deja sacar fotos- dijo mirando a Jorge. Me fui por el pasillo y saqué un baby doll rojo transparente con hilo dental y me metí en el baño, me lavé los dientes, me arreglé la pintura. Luego me desvestí y me puse el pijama, pero antes me sequé mi entrepierna porque increíblemente estaba húmeda, más húmeda de lo normal. Estaba temblando, pero me mojaba. Me volví a mirar al espejo, a repasar el rouge cuando golpearon la puerta.

– Apúrate Princesa, que otras pagan por mirar y tu lo vas a tener entero para ti, y para lo que quieras. Apagué las luces del baño y salí despacio mirando el suelo sin querer enfrentar con la vista al hombre echado en el sillón.

– Ven, siéntate encima de mí, -me dijo el Chico y me puso sobre sus piernas y comenzó a meterme mano delante de ese gigante. Los demás en silencio miraban la escena. Luego me acuclilló sobre sus piernas de frente a él, me levantó el baby doll y comenzó a mordisquearme los pezones mientras con sus manos manoseaba mi traserito y me entreabría abajo para que, desde el frente, me mirara ese extraño. Después me dio la vuelta y me dejó sentada sobre él, su boca besaba mi cuello por detrás mientras sus manos manoseaban mis pechos, y sus dedos estiraban mis pezones rosados que se endurecían y paraban. Eché la cabeza atrás para dejarla junto a la de él para que me besara mi cuello y miré a Jorge a los ojos, que estaba encantado viendo cómo me metían mano y me exhibían abierta así delante de ellos. Sentía mi humedad y puse mis manos sobre sus piernas. Me sacó por arriba la blusa y me dejó solo con el hilo dental mientras paseaba sus dedos levemente por los bordes de mi vagina. Yo echaba la cabeza atrás y casi instintivamente comencé a abrir las piernas. Se escuchaba mi respiración en ese expectante silencio. Reconozco que restregué mi espalda contra él y apretaba sus piernas con mis manos, pero no quitaba mis ojos de los de Jorge, que me miraba como hipnotizado.

Las ventajas del placer peligroso de acceder a todo

Jorge tenía antes una pareja de esas que miden 1.80, tienen dos metros de piernas y un XXL de brasiere, pero por algo estaba conmigo, no? Con mi 1.50 de altura y mis 48 kilos sabia que lo calentaba y le daba lo que la otra perra nunca le dio. Lo que me hace mucho más mujer que esa otra rubiteñida, seguro vaquita hecha para la cama. En eso pensaba cuando me dejaba acariciar delante de ellos, pero lo que no dimensioné fue que ese monstruo que estaba frente a mi comenzaba a sonreír y a mirar al Chico, el que me tomó por la nuca, me enderezó bruscamente hasta dejarme de pie delante del gigante ese y le dijo, “ahora toda tuya, gringo, está mojadita la muy perra, házmela gritar de gusto”.

Parada frente a él, tapada solo con ese hilo dental en medio de la sala, sentí su mano sobre mi pequeño hombro que me presionó haciéndome arrodillar frente a su entrepierna. Tenía bajo el pantalón un bulto que parecía una manguera de bombero, una anaconda viva. Sabía lo que había que hacer y lo hice, metí la mano y saqué lo que no me imaginaba que existiera, ni de ancho ni de largo. Ni de cabezón. He visto más de una peli porno pero eso era tan grande como la que más. Pesaba y estaba caliente, palpitaba. Yo estaba asombrada, atrapada por esa cosa inmensa… y aterrada. Miré a Jorge, que tenía sus ojos abiertos como nunca. Lo tomé con mis dos manos y no cubría ni la mitad y comencé a masturbarlo, en mi boca no entraba la cabeza así que lo pasé por mi cuello, por mis ojos, me lo refregué en la frente mientras le lamía sus inmensos huevos y en pocos minutos lo tenía duro y caliente y sabia lo que venía, lo que continuaba: me iban a empalar. Y seguro que iba a gritar.

Los dos se pararon y mientras de rodillas lo lamía con mis dos manos, porque mas no podía, el Chico sentado en la alfombra me hurgaba el sexo, el otro desde atrás pellizcaba mis pezones y acariciaba mis glúteos, solo yo estaba desnuda, pero sus paquetes estaban que reventaban y me restregaban mi botoncito hasta que no pude contener un orgasmo con esa enorme serpiente en mi cuello, y fue como un incentivo que animó a sus cuatro manos a recorrer mi espalda mis piernas a acariciar mi rajita y tensar mis pechos hirviendo, y en el momento que me abandonaba cuando mas indefensa me encontraba me tomaron para montarme en esa bestia, para empalarme. 

Y grité, jadeé, asesaba como animal en celo, clavé las uñas en el sillón y mordí una correa que me pusieron en la boca hasta romperla, mientras la transpiración me pegoteaba el pelo en la frente, roncaba como un gruñido cuando entre los dos que me tenían suspendida en el aire me ensartaban sobre el gringo que rasgaba mi vagina mientras entraba ese animal caliente y duro dejándome inmóvil. No podía hacer nada, solo podía disfrutar del placer peligroso de abandonarme a sus designios. El corazón a cien, mi estomaguito que se contraía y los ojos entrecerrados por el que brotaban mis lágrimas, la transpiración caía entre mis senos, bajo mi pelo, mojaba mi cuello, sudando, y esa mezcla de insoportable dolor de mi vagina penetrada más allá de lo posible y el placer que me producía el manoseo de mis pezones y los dedos que hurgaban mi ano, y las manos enredando mi cabello me superaba tanto que me desvanecí sin perder mi consciencia, ahí me lo incrustaron hasta el fondo y emití un sonido ronco como un gruñido, mientras mi flujo caía sobre él y un orgasmo más me hacía perder el control de mi cuerpo que ellos usaban a su morboso placer. Palpitaba entera con espasmos jadeando, me fui hacia adelante babeando sin poder sostenerme en medio de convulsiones de placer y luego de un momento, con los ojos blancos, ida, el gringo, clavada y con los brazos colgando abandonados al lado de mi cuerpo y la cabeza floja atrás, me llevó a la cama donde sacó su enorme verga y me puso de espaldas, puso la almohada entre la cama y mi cadera y entonces me montó desde atrás. Desaparecí bajo él, me dijo después Jorge, yo solo exhalé cuando esa verga me llegó a la cintura y explotaba dentro de mí. Me desvanecí de placer. Y de dolor.

Entregada por completo al placer peligroso

“Estaba entregada” al placer peligroso de explorar mis propios límites. Ahora entiendo lo que significa realmente la expresión esa. Mi mente estaba en otro lugar, porque sentí en la oscuridad de la pieza que ellos hablaban como lejos de mí. Uno me acomodó en cuatro en el borde de la cama y el Chico se bajó el cierre y me la metió por mi ano sin contemplaciones, “te voy a ensuciar lo único que tienes limpio”, dijo, y eyaculó litros dentro de mí, pero yo casi no lo sentía, me dio un leve empujón y me dejé caer de lado en la cama, en ese momento un chorro de semen caliente  me golpeó las mejillas, mis ojos, la frente, el Repartidor se daba su gusto de lejos. Sentí que luego Jorge me puso algo encima. No sentí más.

Al rato después, cuando se habían ido, volvió Jorge y le dije que fuera a dormir al sillón, me sentía sucia, y bueno, lo estaba. Dormí hasta cerca del medio día. Jorge me llenó la bañera y me quedé allí reconociendo mi cuerpo, mi nuevo cuerpo, me decía. Volví a mi ciudad tarde y salí a trabajar el lunes, pero en la tarde debí ir a mi ginecólogo, que por supuesto me retó. Tenía desgarros, en plural. Ya llevo tres días con pomadas, un analgésico y la sensación aún de estar atrapada, inmovilizada, entre la cama y esa descomunal bestia encima de mí que me asfixia dándome un placer enorme mezclado con un dolor insoportable, empotrándome su verga hasta mi estómago.

Jorge me dijo que no jugaría más al póker. Y yo aprendí lo que significa el placer peligroso de la entrega más absoluta el placer.

 

El placer peligroso de la entrega
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3 thoughts on “El placer peligroso de la entrega”

  1. Si yo fuera tu, mejor me divorciaba, esas personas nunca cambian.
    Es una vergüenza tener un esposo como el tuyo, ya se le está haciendo costumbres de prostituirte, , y tu como mujer eres una vergüenza.

    1. Pues yo no lo veo una vergüenza ni una forma de prostituirse. Yo creo que el marido disfruta siendo un cornudo voyerista, y a ella no se le nota demasiado forzada eh. SI yo fuera Zarina, me los follaría a todos a placer menos a mi marido, para que rabiase un rato y dejase de contar con ella para estas cosas.

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