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Me acuesto a su lado mientras duerme. He sido cuidadoso y seguí sus instrucciones. Dejó la puerta de enfrente abierta, sin llave, y logré entrar sin problema. Me quité los zapatos antes de entrar y de puntillas alcancé la entrada a su dormitorio.

Ella fue muy cuidadosa y aceitó las bisagras de las puertas para evitar que pudiera alguien escucharme abrir. Llegué a la puerta del cuarto principal y busqué con atención la señal que me dijo que dejaría en la puerta si acaso alguno de sus hijos estaba con ella. Con alivio descubrí que no había indicación alguna de interrumpir nuestros planes.

Me sorprendió el calor de su lecho, casi tanto como el placer del olor de sus sábanas. Limpias y aromáticas, provocaron en mi el deseo de abrazarla y así lo hice.

Ella dormía de lado y yo a su espalda, la abracé sin que se diera cuenta de mi presencia. Sin embargo, el calor en ella y el frío al que venía yo expuesto me provocó acercarme más y sin proponérmelo, arrimé mi hombría a la línea perfecta que divide sus nalgas.

Sentir sus formas por encima de su largo camizón provocó la inflamación de mi hombría. Lentamente comencé a crecer y ella, seguramente por mi peso junto a ella y la frialdad de la piel de mis brazos abrazándola, comenzó a despertar casi tan lentamente como crecía mi erección.

Me enteré que estaba despierta por su movimiento. Sus caderas se aseguraron de que pudiera yo sentir un vaivén de sus nalgas frotarse con mi pene así que no anduve con contemplaciones.

Bajé lo suficiente para levantarle el camisón con sus nalgas frente a mi rostro y sin dudarlo, tomé una nalga con cada mano, las apreté y las separé un poco un instante apenas antes de plantar en su ano un beso.

Intentó sacudirse y librarse de mí, pero no se lo permití. La sostuve y me ayudó en mi empeño de contenerla, la necesidad que ella tenía de evitar hacer ruidos que despertaran a los demás. Y la subyugue por el placer que le produjeron mis besos, las lamidas, mis intentos por penetrar ese culo con la punta de mi lengua y las chupadas que le di para recuperar mi saliva para volversela a depositar.

Lamí ese culo delicioso, limpito, con su agrio sabor e infinito significado de sumisión y posesión. Sí, posesión. La tomé por asalto de la manea que jamás esperaba, y recorrí esa zanja privada, luchando contra su feroz deseo por escapar de mi invasión a su intimidad.

Forcejeó pero cedía por ratitos y dejaba que la lamiera y la chupara. Aproveché para hurgarla con mi lengua y mis labios y luego retomaba la resistencia a mis besos hasta que con renovada fortaleza se dio vuelta pero mi rostro no se alejó de ese rincón tan secreto que yo gozaba y que me pertenecía.

Poco a poco se calmó su oposición a mis besos y comenzó a relajarse.

No la dejé acostumbrarse a mis besos. Levanté mi cabeza y mi torso, y sabiendo de la humedad que le había depositado, le asomé la cabeza de mi verga al agujero que tanto besé.

Intentó oponerse de nueva vez, pero le dí una nalgada sonora que la despabiló y separandome de ella apenas lo necesario para ponerla en cuatro, levanté sus caderas para encontrar el ángulo idóneo para entrar en ella como no pensó que lo haría.

Tampoco pensó ella que la empalaría con la brusquedad que provoca la posesión.

Entré forzando mi entrada dejándola apenas descansar un instante para volver a empezar.

Y supe que ella aceptó que así la cogiese. Lo supe pues ella, en lugar de oponerse y lejos de pedir que desistiera, se acomodó buscando el mejor ángulo para que yo entrase en su recóndita intimidad.

Y resistió no mi verga, sino el impulso y la necesidad de gritar.

La poseí repetidas veces hasta poco antes del amanecer, cuando debí encontrar la salida, en silencio.

Y al poseerla, ella me hizo suyo.

Sigilo
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