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La conocí una tarde soleada en la que nada hacía presagiar la futura sesión de sexo intenso que tendríamos. Aquella tarde, el sol enviaba ya inclinados sus rayos de color dorado-atardecer, pintando todo aquello que me rodeaba con su brillo semejante al del oro, realzando toda belleza y contrastando la vivacidad de todas las flores que en maravillosas maceteras estaban ubicadas por todas partes.

Las flores estaban dispuestas de muchas maneras. Algunas colgaban desde las vigas de los toldos de madera que protegían las mesas de los cafés. Otras habían sido colocadas sobre el suelo, formando senderos entre espacios, y otras, en pequeñas macetitas sobre las mesas, daban un acento a cada rincón dando paz a mi atribulado interior.

Ahí estaba ella, sola, sentada a una mesa cercana a la mía. No sabía cómo no la había visto antes, porque era inevitable que la viera. Pero después comprendí que ella no había competido con la belleza de su entorno. Más bien su hermosura encajaba en perfecta armonía con la de aquel encantador lugar.

Viéndola maravillado, recorrí con mi vista todas las imágenes que me rodeaban, y volviendo a verla en el preciso instante cuando mis ojos se posaban nuevamente en ella, ella también me miró a mí. De manera espontánea y natural, ambos sonreímos. Fue un flechazo de primera vista.

Su sonrisa, fácil y natural destacó aún más la belleza de sus rasgos. No me fue posible notar detalles individuales de su persona. Su vestimenta, sus modales, su peinado, sus colores, toda ella debía ser vista en su conjunto y, así lo supe más adelante, amada con plenitud.

Garabateé una nota sobre una servilleta y al pasar un mesero, le pedí se la entregara. Ella, divertida por tan natural y discreta iniciativa, sonrió al recibirla y con una sonrisa más que preciosa, me dijo sin pronunciar sonido alguno más que con un gesto de manos y moviendo sus labios para formar las palabras “claro que sí” respondió a mi petición escrita de poder unirme a ella en su mesa.

Nuestra plática comenzó como entre viejos amigos. Desinhibida y sin temores, me enfrascó en la más deliciosa conversación. Quedé fascinado con ella. El tono de su voz, la claridad de su dicción y el buen gusto con el que se maquillaba y se vestía me hicieron saber de inmediato que estaba ante una dama muy de sus tiempos; educada y elegante.

Tras conversar sobre música, actualidad y arte, y notando por mi acento que yo era extranjero, me preguntó qué hacía yo en su país. Al enterarse de mi interés personal y artístico por su ciudad me habían llevado hasta ella, sonrió de nuevo con su maravillosa sonrisa y tomando un lápiz y una libretita de su cartera, garabateó una lista de lugares con sus direcciones para que considerase incluirlas en mis recorridos.

Su generosidad para indicarme lugares de los que yo no sabía su existencia me encantó, y encontré la oportunidad perfecta: le pregunté si ella estaría dispuesta a mostrarme su ciudad. Supe por su sonrisa que ella esperaba esa pregunta y mientras yo celebraba en mi interior mi suerte, ella garabateó algo en otro papelito que al dármelo encontré que era un número telefónico.

No dijimos más nada sobre el tema y charlamos brevemente un poquito sobre temas de irrelevante actualidad hasta que hizo señas al mesero para que le trajera la cuenta. Sin permitir discusión alguna, pagó la mía y la suya. No recuerdo si nos despedimos o no con un apretón de manos, pero recuerdo perfectamente su mirada, y cómo en sus ojos encontré genuina anticipación por nuestro próximo encuentro.

Me llevó a conocer su ciudad, incluyendo sitios que en ninguna guía para turistas aparecían. Recorrimos durante tres días cafés, museos, parques y jardines y por las noches bailamos, jugamos mil en los parques recreativos.

Enterada de mi carrera como fotógrafo, me preguntó si hacía retratos. Le dije que no los hago, pero que alguna remota experiencia tuve y le pregunté para quién los quería y me respondió que los quería de ella.

Me alegré mucho y le prometí hacerle la mejor colección de sus propias fotografías que pudiese haber tenido jamás y con su fácil manera de reír, y me dijo que lo creía. A mi pregunta, respondió que en su apartamento había la luz perfecta y los entornos que ella prefería para que sirviesen de fondo.

En efecto, con grandes ventanales como lo comprobé esa misma tarde, ella tenía un estudio al natural, con preciosas vistas de la ciudad, así que hice mis mediciones y acordamos encontrarnos ahí al día siguiente, a mediodía para almorzar y aprovechar la luz de la tarde, que en esa época del año era la mejor del día.

El día siguiente llegué con alguna anticipación para montar mi equipo y hacer que el tiempo rindiera. Ella no se molestó en absoluto con mi llegada antes de tiempo, sino que se adaptó rápidamente, preparándome un refrescante licuado con frutas, una bandeja con trozos de fruta recién cortada y algunas galletitas.

Comenzamos la sesión y ella posó de manera muy natural y encantadora. Posó de diversas maneras, lució sus prendas más bonitas y se cambiaba con increíble rapidez para lucir otra pieza o alguna joya que la embellecía aún más.

No había notado que a medida que la sesión avanzaba, ella utilizaba prendas más ligeras cada vez. Concentrado en los aspectos técnicos de la toma, no presté tanta atención al sutil cambio que ocurría ante mis ojos.

Lo noté hasta que ella salió con una bata de seda rojo vino con bordes violetas en una tonalidad muy oscura. Me fijé simplemente que el escote era un poco más pronunciado y no me había percatado del tipo de prenda que vestía.

Estando ya listo detrás de la cámara principal para comenzar a disparar, sin mover sus brazos sino que con un simple movimiento de sus hombros, la bata cayó a sus pies, quedando completamente desnuda.

Deteniéndose mi respiración, me puse lentamente de pie, olvidando la cámara, las luces, los telones de fondo, todo.

Sexo con Juliette y su cuerpo cautivador

Creo que con la boca abierta, contemplé aquella bella figura. Su piel blanca, con rubores naturales en sus mejillas y sus hombros, se veía sana, completamente limpia y un aroma fino y apenas perceptible llegaba hasta mí.

Su cabello, castaño y ligeramente ondulado hasta sus hombros enmarcaba su rostro en el que resaltaban sus ojos enormes y oscuros. Sus labios, carnosos sonreían en conjunto con su mirada, pícara y provocadora.

Sus medianos pechos eran del tamaño perfecto para las más bellas fotografías… y para saborearlos durante un buen rato de sexo con Juliette. Podían encajar con la copa de mi mano siendo apenas un poco más grandes que lo que podían cubrir. Firmes, vi cómo sus pezones, de un color rosado muy tenue pero lo suficientemente encendido para contrastar con la blancura de su piel, se encogieron y endurecieron ante mi vista, al entrar una ráfaga de aire frío por la ventana. La piel de sus brazos y sus pechos maravillosos se encogieron también, firmes y con  sus vellitos erectos, disfrutando su desnudez y desafiando el frío.

Su abdomen, firme y tonificado no mostraban musculatura que disminuyese su femineidad. Era simplemente la parte de su cuerpo de la que manaba gran parte de su fortaleza física y su ombligo, alargado de norte a sur, era testimonio fiel de su imponente estado de bienestar.

Sus caderas eran deliciosamente amplias. Daban la sensación de sexo, de fertilidad, de fecundidad en espera, de anhelo de hombre, preñez e hijo. Y aún así, su condición general era propia de una mujer joven que no requiere ni necesita de hombre alguno más que para satisfacer sus designios.

Sus muslos, símbolos de su intimidad y femineidad, eran perfectos, largos y torneados, con la forma que puede verse tan solo en las revistas de las mujeres más bellas, terminaban en sus rodillas que en esta mujer eran tan bellas como sus pechos mismos y sus pantorrillas, extendiéndose hasta sus tobillos, completaban sus largas y elegantes piernas decoradas tan solo por una fina cadena de oro alrededor de su tobillo izquierdo, eran la única prenda que portaba.

Admirándola, recorriéndola con mi mirada, sorprendido y maravillado por ella, no hice sino provocar su sonora risa y me preguntó con esa voz tan femenina y provocadora,

-“¿Te vas a quedar ahí parado? ¿Tomarás las fotos o vendrás a mí?

Como despertando de un brinco, bajé nuevamente hacia mi cámara, no sabiendo qué fotografiar. Logré captar una imagen de su rostro, a perfil de tres cuartos, sonriendo con un gesto juguetón y coqueto, mostrando únicamente la desnudez de sus hombros.

Riendo de manera pícara y divertida me preguntó,

-“¿Acaso esa cámara funciona únicamente si está montada sobre su trípode?

En un acto reflejo, desmonté la cámara de su pedestal y avancé hacia ella, cámara en mano, disparando a discreción mientras ella posaba y mostraba más de su desnudez, no sé si para mí o para la posteridad.

En medio de aquella frenética secuencia fotográfica, ella se sentó sobre un discreto sillón que permanecía junto al improvisado estudio y separó sus piernas para que yo pudiese captar (y deleitarme con,) su fruta prohibida.

Cubierto su pubis con una capa fina de castaño pelambre, nítido, cuidadosamente retocado y escasamente cubriendo el triángulo amoroso apenas lo suficiente para mostrar que es mujer y no niña, su vellosidad terminaba justo donde comenzaba su intimidad más oculta pero hoy, expuesta ante mí y para mí.

Sin embargo, a pesar de tener ante mí una modelo perfecta y de belleza tal que es el sueño de todo fotógrafo tener para retratar, la sesión no podía continuar más. El deseo de tener sexo era mutuo e irrefrenable.

Sexo con Juliette en un arrebato no premeditado

Aprovechando ella que yo estaba de rodillas, rápidamente se movió hacia adelante y me desabrochó el cinturón. Como mi posición le impedía avanzar para desnudarme, acepté su pauta y me puse de pie para desvestirme lo más rápidamente que pude.

No había terminado de quitarme mi camisa por encima de mi cabeza, cuando ella se encaramó encima de mí, casi haciéndome perder el equilibrio para sin mayor dificultad para ambos, acomodó la extensión de mi hombría en su intimidad.

Así, penetrada, casi colgando en el aire, apenas sostenida al haber envuelto mi cintura con sus delgadas piernas y abrazándome como desesperada, nos enfrascamos en un beso agitado por sus movimientos y cadencias, gozando su interior con la presencia de mi macho invasor tuvimos el sexo más apasionado que se pueda tener.

Gimiendo con locura y placer, besándome, enredando su lengua con la mía, encontró el justo equilibrio, perfecto para que entre ambos pudiésemos enfrascarnos en aquella danza eterna e inmemorial.

Como pudo, sin dejar de gemir y elevarse para hundirse ensartando así mi falo en su preciosa y tersa cavidad, me indicó para que la llevase al balcón aledaño al salón.

La llevé así, a horcajadas, montada en su macho, metiéndose mi carne, duro como un hueso hasta su más profundo fondo, y avanzamos lentamente, sacudiéndonos y a menudo desequilibrándonos en medio de risas, jadeos y arrumacos, hasta el salón donde a la vista de aquella maravillosa ciudad con su cordillera nevada, cogimos frente a todo el mundo.

Ahí, mientras la ensartaba sin misericordia con la ciudad a nuestros pies, extendió sus brazos brevemente instantes antes de que con un intenso alarido, se derritió en un clímax de sexo épico, palpitante y húmedo; muy húmedo, ligándome así, con ella, para siempre.

Sexo con Juliette
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