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Relato erótico: Tras las cortinas

Hace un día precioso, prístino y diáfano como la curva de tu espalda. Apenas se mueve una brizna de aire entre las dos piezas de la cortina que me oculta. Quizás ella podría vislumbrarme desde la acera si adivinara lo que estoy haciendo. Estoy seguro de que no le gustaría y eso hace nacer en mi interior ansias de venganza. Cuántas veces habré sitiado esa fortaleza… La hembra inexpugnable, invencible, distante, inquebrantable. Tenía que ser tu mejor amiga, son cosas que dicta el destino.

Estate quieto. Apenas un murmullo sólo a mí destinado, mientras ella pregunta si irás hoy a la peluquería. Al principio me lo pienso, pero se hace difícil renunciar a las amplias curvas de tus posaderas, nada disimuladas por las braguitas blancas. La charla sigue. Tú apoyada en el alféizar de la ventada y ella cambiando el peso del cuerpo a uno y otro lado, en la acera. La miro, oculto tras la cortina, mientras los dedos siguen el contorno cálido de tus nalgas. Sueño el cuerpo de abajo mientras recorro con los dedos el que descansa justo delante de mi entrepierna, donde la temperatura sube rápidamente haciendo nacer volúmenes que antes no existían.

Pero qué pesaditoooo… Me divierte ver cómo me hablas con disimulo, torciendo apenas la cabeza, y me pregunto si ella lo notará. Dejo bajar las manos por tus muslos.

– Puede que vaya por la tarde, sí. A eso de las seis.

Mientras ella responde noto un cierto estremecimiento en tu espalda. Acaricio despacio los muslos, aproximando los dedos a su cara interior, rozándolos apenas. Joseeeee… Te ha temblado la voz.

– Ha venido un peluquero nuevo que está muy bien.

– ¿Ah, sí?

Esta voz se hará trémula en unos segundos. Sólo tengo que dejar caer el calzoncillo, apoyarme delicadamente en tu grupa e iniciar un lento y sensual vaivén.

– Sí, claro.

Tus respuestas empiezan a ser algo inexpresivas y se te ha erizado la piel de la espalda, bajo la camiseta. Me adapto a tu contorno y abrazo tu cintura. Ella espera tu respuesta que no llega, incapaz de percibir como tu respiración se acelera poquito a poco. Continúa la charla como si tuviera miedo de los silencios mientras mis dedos rozan apenas tu entrepierna. Conozco bien ese suspiro profundo y el modo en que echas la cabeza hacia atrás. Dices algo sobre los precios y noto ese temblor, ya franco… me pregunto si ella lo notará también.

Deslizo tus braguitas blancas hacia atrás, lentamente y a medida que las nalgas asoman las acaricio despacio con lo que tengo más cerca, arriba y abajo, con toda lentitud. Eres un cabronazo… Lo has dicho con esa voz cavernosa que tan bien reconozco, como reconozco el movimiento circular apenas perceptible que han iniciado tus caderas. Llevo una brasa entre las piernas que sólo necesitaba esa señal. Haces una pregunta, escueta, con la voz a punto de descomponerse y ella entiende por fin que algo no encaja. La conversación se ha interrumpido.

– ¿Estás bien?

Mientras la pregunta llega a la ventana, hago descender las bragas por tus piernas largas y recorro el camino entre las nalgas con la lengua, con una lentitud que te arranca un pequeño estertor en cuanto me acerco al delicado orificio.

– Sí… Claro…

Ahora desearías estar en otro sitio pero ella sigue ahí abajo, mirándote, seguramente con cierta expresión de incredulidad.

– ¿Estás segura?

Se te escapa un pequeño gritito cuando la lengua vibra como una mariposa sobre el pozo sonrosado.

– Sí… Es que…

Recupero la posición y tanteo entre tus piernas hasta que el enrojecido capullo encuentra tu delicado y tibio pozo. Encuentro tu vagina sorprendentemente húmeda para el tiempo que llevamos en esta situación y no lo dudo.

– Es que… es que…

Veo la mirada estupefacta abajo, en la acera, mientras embisto desde atrás un par de veces, suavemente, divertido por tu fracasado intento de disimular lo que ya no puede disimularse. Por fin te has erguido lo suficiente para dejarme llegar al fondo de este delicioso infierno, así que empujo con la furia de un arma de repetición, mientras tu melena oscila en el aire. Observo su boca abierta, estupefacta, el rostro contraído en una expresión de sorpresa infinita mientras tus pechos se agitan convulsivamente dentro de la camiseta de algodón. Hasta que me apartas de un empellón y huyes dejando en el aire un veredicto.

– ¡¡Cabronazo!!

¡Sí, eso exactamente! ¡Venga, lárgate, date prisa! No puedo negar que disfruto de cada uno de los golpes que producen tus pasos desbocados sobre los escalones de madera. Pero al final duele la urgencia con la que has ido a buscarla. Te importa tanto que te has olvidado de ponerte los pantalones. Jamás habrías hecho lo mismo por mí.

 

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