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Mi vecino voyeurista 4: Una necesidad

Esa noche no pude dormir, me sentía demasiado culpable para hacerlo. Todo había llegado demasiado lejos. Sentía que ahora definitivamente le había sido infiel, paradójicamente mientras él me hacía el amor. Sentía que había traicionado su confianza, su bondad. Por eso, esa misma noche me juré que todo iba a terminar. Mire el reloj y marcaban las 5 de la madrugada y termine por tomar un sueño ligero por fin.

Despertamos juntos a eso de las 10 am. Tomamos un café y durante todo ese día no tuve problemas por mantenerme estable. Y aunque en los días siguientes hubo momentos en los que parecía que volvía a evocar malos pensamientos, la verdad es que durante el mes y días que siguieron en los que mi marido estuvo en casa, me las apañé bastante bien. Hicimos cosas que me ayudaron a despejar mi mente, y varias veces más, hicimos el amor. En todas ellas, la cortina blanca pudo triunfar a diferencia de la primera vez.

Pero no hay día que no llegue, y el día en que mi marido tenía que volver a salir por unos días llegó. Lo despedí con un sincero beso de amor y cerré la puerta sabiendo que tras de mí, la soledad de mi casa me acechaba como fiera agazapada para volver a invitarme a faltar a la confianza de mi marido. Pero aunque fue difícil, logre contenerme por cerca de una semana. No abrí ni una sola vez mis cortinas y no salí de ninguna forma. Con el mes que había estado mi marido conmigo, más los días que logre estar sin salir después, habían pasado ya 1 mes una semana desde la última vez que mi espía me había besado descaradamente y que fuera la ultima vez que me había visto.
Positivamente me dije que quizá el mocoso había perdido interés, que quizás aquel beso y aquella forma en la que me había manoseado, habían sido la cúspide del deseo de aquel muchacho y que, una vez realizado, podía ahora descansar en paz en la oscuridad de su cuarto mientras recordaba aquel excitante Suceso y se tocaba para calentarse cada vez que tuviera deseos de hacerlo. Eso suponía que debería darme una tranquilidad inigualable, y lo hacía, pero Había una pequeña parte de mi, una muy diabólica, que se sentía frustrada si él ya no sintiese mas necesidad o deseo de observarme. Quería seguir siendo deseada, seguir siendo anhelada por quien más lo hacía por mí en este planeta. Por eso, aquella fatídica tarde de domingo, una semana después de despedir a mi marido, y cuando ya llevaba 5 o 6 whiskys encima, no pude resistirme más a las ganas y decidí pecar un poquito, como se dicen todos los adictos, recaer un poco solamente. Dejarme ver solo un momento no podía ser traición de ninguna manera ni hacerle daño a nadie. esta era mi casa y no podía pasarme la vida entera sin salir, y además, seguramente él había perdido todo deseo sobre mi.

Termine por sorber el último trago de mi sexto whisky, y puse el baso sobre la barra con una exclamación al sentir el alcohol quemar por mi garganta. Volví a servirme un trago y lo revolví haciendo círculos con mi mano en el aire escuchando los hielos golpear el cristal del baso. De nuevo lo coloqué en la barra y comencé a desvestirme. Llevaba una blusa sencilla de tirantes y una falda corta floreada. Pasé la blusa por encima de mi cabeza y la arroje al sofá de la sala. Continúe por bajarme la falda y con mis pies la pateé lejos lo que me hizo trastrabillar y casi caigo culpa de las bebidas que llevaba encima. Tenía puesto el mejor bikini que tenía. Era el bikini infarto, solía decir daniel. Dos piezas,  el bra completamente blanco, diminuto, mis pechos parecían desbordarse, no encontraban freno y su voluptuosidad lucia esplendorosa, bella sobre él. La parte baja era muy pequeña también, blanca  pero con delgadas rayas horizontales difuminadas en color azul grisáceo. El corte era precioso y hacía lucir mi trasero como un enorme corazón forrado con piel blanca y tersa. Si te pones eso en la playa vas a volver locos a chicos y grandes me decía siempre que lo usaba.
Pero me gustaba, y lo usaba por qué podía y quería, nada más por eso, ¿verdad? No quise discutir conmigo misma sobre eso así que tome mi vaso, y descalza avance a mi patio trasero con un caminar cadencioso, sonriendo, me sentía liberada, como no me había sentido en semanas.

Salí al sol del medio día y baje los lentes oscuros de mi cabeza para ponérmelos. Vaso en mano avance ligera hacia la piscina. Baje dos escalones y deje que la frescura del agua me llegara hasta las pantorrillas. Respiré hondo mientras una suave brisa revolvía mis lacios cabellos alrededor de mi cuello. Salí de la piscina y me acerque a la cama de tomar el sol, me senté en ella y puse mi vaso sobre una mesita lateral. Bajo ella estaba un bote de bronceado que tome y empecé a verter sobre las palmas de mis manos. Unté la loción a lo largo de mis brazos lentamente, en mis mejillas, en mis hombros, en mi pecho y en toda la suavidad de mis senos que solo estaban ocultos en el área del pezón. Aquí volteé por primera vez a la casa de al lado, primero a la ventana de su cuarto, nada, después a su patio trasero, tampoco nada. Continúe untándome el vientre, lo que alcanzaba de mi espalda, y finalmente mis nalgas y piernas. Volví a colocarme los lentes y me recosté boca arriba.

[[[ 11 ]]]
Tomando el sol

Así, pasaron cerca de 20 minutos en los cuales cada cierto tiempo volvía a hacer el mismo recorrido con la mirada sobre la casa de mi vecino voyeurista, pero siempre era lo mismo, sin rastro de mi espía. Así que opte por voltearme boca abajo. Estaba segura que mi trasero lo volvía completamente loco, así que era posible que hiciera que apareciera de un momento a otro. Quede boca abajo y sentí el calor del sol sobre mi culo. Sonreí un poco y espere. Pasaron ahora cerca de 40 minutos, en los que casi quedaba dormida víctima seguramente de los tragos que estaban ya haciendo efecto. De nuevo me cercioré de que no me espiaban. Continuaba sin aparecer.
-ya está, no va más.- solté
Ese enclenque al fin aprendió la lección. Pensé. Creo que el miedo a que le dijera a sus padres han terminado por amedrentarlo y no volverá a espiarme más.
Creo que sentí entonces un alivio sincero. La experiencia había sido muy intensa pero había terminado ya. Ahora podré disfrutar de mi matrimonio feliz, salir al patio o al jardín sabiendo que nadie está tras bambalinas espiándome, deseándome, si, creo que es lo mejor.
Estando boca abajo, estire mi mano hacia la mesilla tratando de coger mi toalla, mi toalla!, había olvidado traer una, pero no importaba, estaba seca y no necesitaba cubrirme, estaba sola y sin nadie viendo, ¿verdad?.
-Vamonos de aquí, es hora de comer un poco- dije, mientras me levantaba de la cama de sol, apoyándome con las manos y las rodillas poniéndome a gatas.
Un ruido pareció escucharse en el patio trasero de los vecinos. Gire mi cabeza en aquella dirección y la ladeé un poco para poner atención al sonido. ¿Qué es eso? Pensé, Se escuchaba como hojas revolcarse en el suelo, o como pisadas en círculos sobre la hierba. Puse un poco más atención en el lugar donde provenía el sonido. Levanté mi mano derecha y quite los lentes de sol de mis ojos y los recorrí hasta mi cabeza para poder mirar mejor. Las ramas de un par de árboles que convergían en aquel lugar estaban agitándose. El movimiento era cada vez más intenso. Yo seguía a gatas con mi espectacular trasero en alto y mis abundantes senos colgando mientras seguía poniendo atención. Entonces lo vi, era justo a media altura en la barda de madera. Ahí estaba, era tan evidente que no sé cómo no lo había visto antes. En una de las maderas que conformaban la cerca, había un agujero del tamaño de una pelota de tenis. El oyó se apreciaba perfecto, seguramente había sido realizado con alguna herramienta.

No pude evitarlo, sonreí, tras ese agujero podía apreciar uno de los ojos de mi vecino voyeurista, viéndome, espiándome, deseándome.
-aquí vamos de nuevo pequeño- murmuré

Mantuve la posición, sabía que había terminado por delatarse por qué mi actual posición a gatas lo estaba haciendo reventar de deseo. Más allá que mantenerla, envalentonada por todos los tragos de alcohol, empecé a mover mi culo lentamente, en círculos lo más sensual que podía. Con mi mano me retire el pelo de el lado del cuello que daba hacia él y con una mirada provocadora y unos labios queriendo besar me arqueé como una gatita estirándose y ronroneando sacando el culo en alto lo más que pude. En esa posición movía el trasero como ofreciéndoselo. Estaba completamente desenfrenada. Todo lo que no le di en 5 semanas se lo estaba pagando con creces. Quería que me apreciará al máximo, estaba poniéndome más caliente que el sol.

-anda mocoso, mírame, se que te gusta lo que ves. Mi culo te mata, mis tetas te hacen delirar.- decía en susurros

Volví a levantar la espalda y con una mano toque uno de mis pechos, Lo levante y lo apreté suavemente. Después lo dejé caer para que la gravedad hiciera su trabajo y lo hiciera rebotar lentamente. Sabía que le gustaría eso. Estaba ardiendo por dentro. Estuve haciendo movimientos cadenciosos en esa posición por casi 5 minutos. Hasta que decidí  que había sido suficiente por hoy. Así que quise darle el toque final. Estando a gatas, volví a arquearme un poco sacando el trasero, lo moví lentamente arriba y abajo y después lleve una de mis manos a una de mis pompas y le di una sonora nalgada. El golpe hizo que rebotaran entre ellas. Después tome esa misma nalga, y la abrí un poco dejando ver el hilo del bikini que había estado oculto entre mi trasero y que ocultaba ligeramente mi culo y se perdía entre los labios de mi vagina.

Listo- me dije. Estaba por componer la postura cuando el ruido tras la cerca de volvió más intenso. Volteé a aquella dirección y pude ver cómo las ramas se agitaban cada vez más. Pensé, este niño está loco. Pero aún no procesaba el pensamiento cuando por encima de la barda, donde estaba localizado el agujero, vi como una mano se sostenía de el borde de la madera y hacía esfuerzos por subir. Después subió la otra mano. Yo estaba así, petrificada, tratando de entender que estaba pasando, cuando en medio de esas dos manos, emergió la cara de ese mocoso. Tenía los ojos rojizos y la mandíbula  apretada como prensa. En su cara no podía apreciar otro sentimiento más que locura, locura y deseo desenfrenado.

-Qué demo…- me oí decir cuando impulsándose con sus manos salto la barda y cayó de pie sobre mi césped tambaleándose tratando de recobrar el equilibrio.  Llevaba una sencilla playera de algodón blanca, unos shorts holgados deportivos color negros, y unos tenis Nike desgastados. Avanzó con pasos firmes hacia mi, sin correr pero constante. Su mirada estaba fija en mí, que seguía en la misma posición sobre la camilla.

– pero quien rayos te crees que eres para invadir así mi propiedad niño insolente- le decía cada vez más en tono de grito y molesta mientras me levantaba de la camilla y me ponía de pie.
El seguía acortando distancia y no decía ni hacía nada más que mirarme a los ojos como serpiente a su presa.

– te lo advierto que si no te detienes y sales ahora mismo de mi casa, no sólo se van a enterar tus padres de esto, sino también mi marido y la Policia.

Era inútil. Seguía adelante, con su mirada de loco, demente, obsesionado. Yo había dado dos pasos hacia el mientras alzaba un dedo y le reclamaba, pero él seguía avanzando. Tres metros, dos, uno. En el último instante pude ver en sus ojos que esto había llegado muy lejos. No había vuelta atrás, no había un poco de cordura siquiera en aquella mirada. Tuve tiempo de gritar en el último momento.

– auxiiiii…..
Pero era demasiado tarde. Él ya me tenía entre sus brazos y ahogó mis gritos.

[[[ 12 ]]]
Zorra riquilla

Entonces me tomó, él, mi vecino voyeurista, varios centímetros más bajo que yo, y muy delgado, me tomó con una fuerza increíble entre sus brazos. Me tomó y me apretó contra él, como si fuera de su propiedad. Y yo sentía esa fuerza, esa ira, ese deseo correr por sus venas. Y me sentía asustada, amedrentada, me hacía creer que realmente era suya, le pertenecía y no tenía derecho a reclamar ni a oponerme en  lo absoluto.

-tú. tú pequeña zorra-
Me dijo casi entre dientes mi vecino voyeurista, pues su mandíbula seguía entroncada.

Yo estaba atónita, viéndolo a los ojos. Buscando un poco de cordura en su interior. Pero solo había deseo, locura, fuego, había un calor inmenso dentro de él, un calor acumulado por mucho tiempo, pensamientos y sentimientos que debían de haber sido transmitidos a mi desde hace mucho y que hasta ahora, todos juntos, estaban llegando a mi como un golpe de volcán, como una explosión.

Reaccioné un poco, traté de zafarme. no podía gritar por qué mi voz estaba sofocada con sus abrazos. Me revolví entre sus brazos pero no podía liberarme. Mis lentes cayeron al suelo. El seguía apretándome, con su rostro muy cerca del mío, oliéndome, saboreándome como cualquier cazador a su presa, a su víctima.

-por favor, dejammmmm-

Me besó. Puso una mano en mi nuca y me apretó contra sus labios. Yo abrí la boca por sorpresa y el lanzó su lengua dentro, pegajosa, ardiente. Me beso y su saliva estaba hirviendo, evaporándose junto a la mía. Su lengua recorría, hurgaba, invadía. Seguía luchando sin éxito. Bajó su otra mano hacia mi trasero, apretó mi nalga derecha con fuerza, me hizo daño. Estaba completamente siendo dominada, atacada. Era una presa, un objeto, le pertenecía y él me estaba reclamando suya. Seguía besándome, ahogando mis gritos, apresando mi nuca con su mano derecha. Su otra mano estaba recorriendo mi espalda hasta mi nalga, la apresaba con toda la palma y la apretaba con toda sus fuerzas. Volvía a soltarla y jugaba con ella. La levantaba y la dejaba caer para volverla a tomarla con fuerza. Regresaba masajeándola y volvía a pasar a mi espalda baja y repetía el proceso. Mi brazo derecho estaba atrapado bajo su brazo tenso y duro como metal, y con mi mano izquierda, puesta en su pecho, trataba de empujarlo hacia atrás pero era imposible. Era ahora más que un hombre, más que un macho. Era un animal cegado por el deseo. Podía sentir un calor abrasador en todo su cuerpo, en el vapor de sus exhalaciones agitadas. Sabía perfectamente que si no luchaba con todas mis fuerzas, esto podía terminar de mala manera, así que seguí luchando, tratando de gritar dentro de su boca que me comía los labios y la lengua como un hambriento ante su primer alimento en meses, años, y le estaba resultando un verdadero manjar. Pero yo no lograba emitir ningún sonido que pudiera escucharse más allá de unos pasos de nosotros. El único ruido que podía escucharse era su respiración agitada y el tronar acuoso y espeso de sus besos dentro de mi boca. Besos húmedos, aceitosos, hirvientes. Forcejeaba dentro de sus brazos como una loca pero no podía moverlo ni un centímetro de su posición. Era un roble, una estatua inamovible que me estaba consumiendo. Tenía que encontrar una manera. Pensé en mis rodillas. Si podía impulsarme con suficiente fuerza, podría azotarle un duro golpe en sus genitales, eso tendría que hacerlo aflojar un poco y podría zafarme y pedir ayuda. A punto estaba de intentarlo cuando con la mano que apretaba mi nuca, tomó un mechón considerable de mi cabello y tiro de él con fuerza hacia atrás. Mi cabeza se tiró para atrás y el saco su lengua de mi boca y pasó a lamerme y succionarme la barbilla, después bajo a mi cuello y lo recorrió desesperado, besando, lamiendo, babeándome. Sin dejar de tirarme del cabello se acercó a mi oído e introdujo un amasijo ardiente de carne húmeda que me hizo estremecerme. Con voz pastosa y ronca me dijo:

– zorra. Haz colmado mi paciencia. Haz acabado con mi cordura y es totalmente tu culpa. Eres una zorra riquilla.

Me di cuenta que tenía mi boca libre para gritar por ayuda. Era el momento. Pero cuando dijo esas últimas palabras; “zorra riquilla” algo dentro de mi bombeo sangre a cada parte de mi cuerpo. Un temblor que elevó mi temperatura a la par de la suya. Mi sexo se hinchó y contrajo repetidamente… y me gustó, realmente sentí placer. El grito que intenté quedo ahogado en mi garganta y cerré los ojos para asimilar lo que estaba sintiendo. Soltó un poco la presión con que jalaba mi cabello sin dejar de tirar de él completamente y mi cabeza volvió un poco a su posición natural. Siguió  besándome bajo el oído y llego de nueva cuenta a mi cuello. Yo había bajado un poco la fuerza con la que lo empujaba hacia atrás y me revolvía un poco menos entre sus brazos.
¡Pum!, otro fuerte tirón de mi cabello, un poco más intenso que el anterior. De nueva cuenta mi cabeza se dobló hacia atrás. Volvió a meter su enferma lengua esta vez en mi oído izquierdo.
–  ¿Te gusta zorra? ¿Que te deseen con tanta fuerza? he pasado meses deseando tenerte. Y tú, no hacías más que contonearte, pasearte por ahí haciéndome sufrir a distancia. Sé que te gusta. Zorra adinerada.

Otro golpe a mis emociones. Abrí mis ojos como platos y afloje un poco más mi lucha para zafarme. Su otra mano continuaba indagando mi espalda y glúteos a
Su antojo. Los abría un poco, los rodeaba, apresaba, palmeaba, se divertía con mi trasero en mi diminuto bikini. Yo estaba cada vez más débil, me revolvía con menos frecuencia entre sus brazos. Mi sexo, entre pierna y todo en mi estaban ya al borde de derretirse. Podía sentir su pene hinchado, palpitando contra mi vientre. De nueva cuenta me besó el cuello, los labios, me lamió las
Mejillas. Continuaba agitado y gimiendo entre murmullos. Recorría mi tersa y blanca piel con su mano por todo el vértice de mi espalda. En un último intento por escapar de este manicomio que estaba invadiendo mi cuerpo y mi ser, lancé un golpe con mi puño cerrado contra su pecho, pero mis fuerzas ya eran nulas. Mis rodillas flaqueaban y si no fuera por cómo estaba apretándome contra él, seguramente habría caído al suelo.

¡Zaz! Otro tirón de mi cabello, esta vez con más fuerza que las anteriores. Mi cabeza por tercera ocasión volvió a doblarse hacia atrás. Pero era diferente, ya no había mueca de dolor o sorpresa en mi rostro. Esta vez, en mí se dibujaba una sonrisa enferma y pérdida. Algo se acabó quebrado dentro de mí. Mi conciencia se había hecho añicos. Sonreía con los ojos abiertos mirando al cálido cielo de medio día mientras ese animal me lamía como bestia y volvía a inundar con su ponzoñosa saliva mi oído.

– zorra. Crees que lo tienes todo. No eres más que una zorra con dinero. Pero me perteneces, tú eres mía desde la primera vez que te vi. Ahora vas a ser completamente mía. Te voy hacer mía para toda la eternidad.

prox. Mi vecino voyeurista #5 pte. Final…

Mi vecino voyeurista 4: Una necesidad
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2 thoughts on “Mi vecino voyeurista 4: Una necesidad”

  1. Nancy, no sabes cuanto me emociona leer tus relatos. Cada vez me dejas mas antojado de poder saber que mas pasará. Un abrazo grande. Pd: Me encanta la manera en la que escribes.

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