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Buenos malos entendidos de sexo

Hola, mi nombre es Marta XXX, y quiero contaros una anécdota curiosa sobre malos entendidos. Curiosa y muy picante, que me ocurrió hace poco.

¿Sabéis? Hay malos entendidos que no tienen nada de malo. Hay veces en que una se las cobra todas juntas sin saber ni cómo, pero sale bien la jugada. Tal fue lo que me pasó hace cuestión de días.

Sucedió que Germán, uno de los mejores amigos de mi marido, me dijo que mi marido estaba planeando ponerme una trampa para poner a prueba mi fidelidad debido a mi supuesto comportamiento desinhibido para con los hombres. Germán como buen amigo que es de mi marido, me quiso avisar para que no cometiese la torpeza de caer en la estratagema, pues él sabía que yo no le ponía los cuernos a mi marido y no quería que nos divorciásemos. Sin embargo, tal muestra de desconfianza me llenó de indignación e ira.

Por ello, tras jurarle a Germán que no le diría nada a mi esposo, me prometí a mí misma que le regalaría la mejor follada de mi vida al gigoló que hubiese contratado mi marido para la ocasión, dejándome incluso maltratar el culo, cosa que siempre evité por miedo.

Así fue como me tocaron a la puerta sobre las cinco de la tarde, justo después de salir mi esposo camino del trabajo. Se notaba que el tipo no cobraba por horas, pues no había esperado ni cinco minutos en aparecer. Tenía un aspecto educado, alto, atractivo, algo delgado para ser un gigoló, bastante guapo, y venía interpretando el papel de comercial, concretamente vendía enciclopedias.  Vestía un traje gris oscuro, con corbata naranja y unos zapatos muy elegantes a juego con el traje y el cinturón. También llevaba encima un maletín, donde supuse que traería juguetitos de placer, ya me entendéis, material de repuesto y de prevención de ‘’riesgos laborales’’. No obstante, el joven interpretaba muy bien su papel de educado vendedor de libros.

Malos entendidos, buenos polvos

Sabedora del plan urdido por el impresentable y desconfiado de mi marido, yo también me hice la nueva e interpreté mi peculiar papel. Tras escucharlo unos instantes, me decidí a ofrecerle una copa, pero sólo me pidió agua. Fue en esa ocasión cuando aproveché para ponerme algo más cómodo: me puse unos shorts y un top, una declaración de guerra en toda regla. En lugar de agua, la llevé una copa de whisky con dos cubos de hielo; yo tomaría un buen vodka para ir calentado motores, pues no sabía cómo me iba a sentar que ese gigoló me penetrase el culo en poco rato.

Cuando me vio aparecer, supo interpretar mis intenciones. Se le veía en la cara una expresión de estupefacción mezclada con la excitación. Tras rechazar cortésmente mi invitación a tomar una copa, cedió finalmente ante mis ruegos. Para que le quedase bien claro que estaba dispuesta a que me follase, le dije que me sentía muy sola y que mi marido no me valoraba ni me respetaba como lo hacía antes. Él se mostró muy atento y, cuando hice como si estuviese llorando, se acercó y me dio un cálido abrazo, momento que aproveché para ir separándome lentamente de su cuerpo al mismo tiempo que me quedaba mirándole fijamente a los ojos.

Apenas un par de segundos le bastaron para comenzar a hacer aquello por lo cual había venido. En efecto, mientras me metía le lengua hasta la garganta, empezó a sobarme las tetas por encima del top, y a intentar meterme los dedos en la rajita, con el short puesto. Me sentía abrumada, parecía como si tuviese veinte manos, y ¡besaba tan bien! Yo no sabía si dejarme llevar y dejarlo todo en manos del profesional, o si someterlo, pues para eso estaba trabajando para mí… o trabajándome a mí. Disfrutando de cada una de sus caricias en mis partes bajas, y mientras empezaba a desnudarme quitándome el top, dejando al aire mis grandes y duras tetas, le metí mano al pantalón con una mano mientras con la otra le quitaba la chaqueta del traje.

En cuestión de segundos, él se desnudó de cinturón para arriba, y yo completamente. Sin perder el tiempo, decidí comprobar la calidad del material que venía a venderme. Vamos, que me agaché súbitamente y me metí casi por completo su dura polla, no tan grande como la de mi marido, pero sí lo suficiente como para llenarme completamente la boca… y el resto de orificios que estaban a la espera de ser rellenados de un momento a otro.

Con una rodilla puesta sobre el sofá él, y yo en paralelo también sobre el sofá, comiéndome su verga, podía oírle gemir de placer mientras veía cómo retorcía los dedos de su pie derecho, apoyado en el suelo. Yo estaba completamente entregada, conforme él empezó a pajearme magistralmente el coño con sus dedos humedecidos, empecé a sentir de nuevo un gran placer, placer que aumentaba al imaginarme esa preciosa polla penetrando en mi vagina. Una polla distinta de la de mi marido, la única que había probado desde que nos casamos, y que ahora estaba siendo substituida por una más joven y, en principio, experta.

Roja por el placer que me estaba proporcionando con sus hábiles dedos, me incorporé para tumbarme boca arriba y dejarme llevar por el gigoló que vendía libros. De este modo, él supo que lo que convenía para la ocasión era darme placer con su juguetona lengua, la cual me había besado como nadie poco antes.

No sé cómo ni por qué, quizá por el clímax del momento, o quizá porque deseaba vengarme de mi marido en todos los aspectos, pero lo cierto es cuando me quise dar cuenta solté un tremendo alarido, consecuencia del orgasmo que me vino debido a la perfecta combinación de sus dedos con su maravillosa lengua. Hacía tiempo que no lo alcanzaba, y menos tan fácilmente, una razón más por la cual debía ser este tipo quien le robase la virginidad a mi culo.

Sin embargo, todavía faltaba para ese momento. Ahora, justo cesaba mi última convulsión, dejando lacias mis piernas, el joven se posicionó para penetrarme en esa misma postura. Casi con las piernas cerradas, completamente extendidas, se agarró la polla y con ella misma empezó a masajearme toda la raja del coño, de arriba abajo, proporcionándome un tremendo gusto y aumentándome el deseo de sentirla toda dentro de mí. Como si me hubiese leído el pensamiento, me la clavó sin ningún tipo de dificultad, hasta el fondo, al mismo tiempo que volvía a besarme de aquella forma tan estupenda como al principio. Empezó suavemente, casi con cariño; pronto empezó a aumentar la velocidad y fuerza de sus embates mientras yo le suplicaba que siguiese. Aquella postura del misionero era mi favorita, aunque parezca simplona, pues me permitía sentir completamente el cuerpo de quien me poseía, tanto su polla en mi interior, como el resto del cuerpo rozándome y transmitiéndome su calor.

Era una locura, creí venirme de nuevo, pero él varió el ritmo de las acometidas y separó ligeramente su cuerpo del mío, manteniendo sus brazos en tensión y mirándome a los ojos, como a la espera de una palabra o gesto de aprobación, mas de mí sólo salían gemidos descontrolados que fueron en aumento con mi excitación al contemplar cómo sacaba y metía toda su polla en mi vagina.

Por mi parte, yo no sabía dónde poner mis manos, pues aunque quería acariciarlo, agarrarle el culo, y acariciarme a mí misma el clítoris para correrme de nuevo, temía que dejase de ofrecerme aquella visión tan excitante. Por ello, decidí cambiar de postura.

Le indiqué que se sentase y abriera las piernas, dejando su polla bien tiesa para, a continuación, sentarme suavemente sobre ella y metérmela toda entera de una vez. Ahora sí que podía acariciar su espalda con una mano, y con la otra acariciarme mi más que sensible clítoris, además de ofrecerle mis tetas para que me comiese los pezones. De vez en cuando, me daba leves nalgadas y me apretaba el culo contra él, lo cual me hacía estallar de placer, hasta que no pude aguantar más y me invadieron unas convulsiones y un calor súbito que me dejaron sin fuerzas por un momento. Ya era el segundo orgasmo y aquél cabrón no se había corrido aún.

Mientras le succionaba la polla para  ganar tiempo y recuperarme, reparé en que no se había puesto condón. No podía creer que me estuviese follando a un gigoló sin ningún tipo de protección, pero tampoco podía dejar perder aquella oportunidad que mi marido me brindaba. De todos modos, ya no había marcha atrás.

Me dejé romper el culo por venganza

Todavía me faltaba un objetivo por cumplir, me faltaba sentir toda su masculinidad en mi virginal recto. Supe que me dolería, así que me metí la mano en el coño y me lubriqué un poco el ano con todos los flujos que emanaban de él después de los dos orgasmos, además, la mamada que le acababa de hacer al compinche de mi marido le proporcionaba también mayor facilidad para entrar. Estando él sentado aún, le di la espalda y le cogí la verga para conducirla directamente a mi culo.

Al principio no quería entrar, de hecho, sentía demasiado dolor y como un acto reflejo, mi ano se negaba a aceptar la intención de aquella polla. Por ello, supuse que entraría mejor a cuatro patas, y eso hice, ponerme a cuatro patas sobre el sofá. Él supo perfectamente lo que hacer y, acomodando a su gusto mi culo, se escupió en la punta de la verga y empezó a hundirla poco a poco. La hundía y la sacaba, así varias veces hasta que por fin entró la cabeza. Ahora escupió sobre mi ano, rellenado los bordes de su polla con saliva y lubricando la zona para una más efectiva penetración. A mí me dolía, sentía cómo me estaba rompiendo literalmente por atrás, pero mi orgullo me impedía cesar. Quizá consciente del dolor que me estaba aguantando, me sacó toda la polla del culo y, acto seguido, se puso a comerme el ano, incluso llegando a meterme la lengua dentro del recto y metiéndome varios dedos. Supe entonces que ya me había abierto lo suficiente como para que dejase de dolerme tanto.

Y así fue. Luego de haber aplacado mi escozor inicial con su magnífica lengua, metió su polla, no sin dificultad, en mi pobre y destrozado culo. Empezó a embestirme a un ritmo constante mientras me acariciaba el clítoris sin cesar, a un ritmo frenético. Ahora ambos gritábamos de placer, era él quien lo estaba haciendo todo, la máquina de placer pagada por el desconfiado de mi marido para ponerme a prueba. Así, cuando sentí que iba a salir de mí precipitadamente, estiré mi brazo izquierdo para sujetarlo lo justo para hacerle desistir y, apretando mi culo para que no saliera de allí, me inundó con toda su leche caliente.

Luego nos fuimos a la  ducha los dos juntos, tenía que aprovechar a aquel tipo. Sin duda alguna, mi marido se había dejado llevar por las apariencias, una vez más, escogiendo a un gigoló nada musculoso. Pero a mí eso poco me importó, menos aún cuando seguimos durante un buen rato follando en la ducha hasta que ya no le quedó más leche en los huevos ni a mí fuerzas en las piernas.

Finalmente, nos despedimos. Le acompañé hasta portal del edificio para no ser descortés con quien me había hecho tanto bien aquella tarde. Al despedirme de él y volver al ascensor, pude ver a un hombre fornido mirando los buzones. Iba vestido de militar y llevaba un papel en la mano. Mientras regresaba el ascensor le pregunté:

-¿Puedo ayudarle en algo?

-Sí, -respondió él- ¿Sabría decirme dónde vive Marta XXX?

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