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La princesa wikinda. Pt. 1

LA PRINCESA WIKINDA 

1

Todo el mundo pensaba que eran extraños. Quizás no del tipo de extrañeza que evoca a una de esas familias conservadoras (porque además, distaban mucho de serlo) que vivían en las colinas a las afueras del pueblo con sus establos, vacas y gallinas; ni del tipo de familias extravagantes con peinados modernos, autos exóticos y esa particular forma de hablar y caminar, que cada vez más frecuentemente estaban mudándose al centro de Wodshad´s ville. No, la familia Ward era extraña a su manera, más del tipo ¨bonachón¨. Tenían la amabilidad, tradición y decencia de aquellas familias a las afueras, y a la vez, la inhibición y rebeldía que aquellas extranjeras. Tenían mucho de ambas y no tenían nada de todas. La familia Ward era especial. Y para fortuna de John Guirk, nadie mejor que él lo descubriría.

-Como una vieja tribu en épocas modernas-, solía contarle a su compañero de trabajo, Dan Perkins, en el taller mecánico ¨el pato feliz¨, cada vez que hablaba sobre la familia de su concuña, Samantha Ward.

Sam Ward, la hija mayor de Joshua Ward y Angélica Ward, padres también de Daniel Ward y Esdra Ward de 13 y 9 años de edad respectivamente, llevaba un poco más de 1 año saliendo con Edward Glee, el joven cuñado de John Guirk. Sam era una joven muy cautivadora. No podría decirse que su belleza era deslumbrante, era más bien una belleza gitana, de piel rojiza, como venida de los mares del sur y a la vez del medio oriente. Su cabello era abundante y largo hasta su media espalda y negro como la noche. Era mas alta que baja, con cejas pobladas y labios gruesos. Su voz era dulce y tranquila y sus risas (a un las más estridentes) eran como susurros de ángeles. Quizás no era una mujer deslumbrante, pero había algo en su candidez, en sus enormes ojos negros, o quizás en su angelical e inocente sonrisa enmarcada por unos carnosos labios, lo que tenía a todo el pueblo suspirando por la hija de los Ward.

Pero aun con toda esa belleza, no era ni de cercas la chica más solicitada entre los jóvenes de Wodshad. Los muchachos más populares como Ryan McEnzey, mariscal de campo de futbol de la única universidad en el pueblo; Jason Foster, el joven rebelde del Mustang 66 y larga melena; o Aron Shields, el líder y vocalista de la banda local más famosa; no tenían agendado invitar a Samantha Ward al baile de graduación de la universidad. Probablemente ella ni siquiera se encontraba en la lista de un hipotético plan b, c o d en caso de que sus elegidas no pudieran acompañarlos. Quizás ni siquiera la mencionaban en aquellas charlas con sus amigos en sus autos aparcados a las orillas del viejo barranco mientras bebían cerveza al atardecer y hablaban de todas esas chicas que querían joderse. No, y no es porque ella no les pareciera bella. De hecho todos los hombres del pueblo sentían cierta atracción hacia la hija de los Ward. Todos los hombres, mientras hacían el amor con sus mujeres, o todos los jóvenes, mientras acariciaban los traseros y metían sus ardientes lenguas en las bocas de sus más recientes e ingenuas conquistas, tenían una fugaz visión de la adorable Samantha Ward, y por imposible y absurdo que pareciera, una voraz erección. Una tierna y contundente erección. Un incremento en el deseo que a menudo se mitigaba tomando a sus mujeres y no volviendo a pensar en la joven una sola vez en la noche, ni recordando que lo habían hecho. Para ellos solo era eso, una dulce y cálida imagen de la encantadora muchacha. Con sus ojos de gato y sus labios gruesos. Todos quienes la conocían, la llegaban a visualizar, y no de una manera oscura, sino con su rostro ingenuo e inocente dedicándoles una cálida sonrisa tal y como lo hiciera la primera vez que la conocieron. Nadie nunca llego a admitirlo, tal vez ni a sí mismos. Pero Samantha Ward siempre estaba en la cabeza de los hombres de Wodshad´s ville.

No era fea. De hecho, tenía una figura bastante atractiva. Aun que era una joven que cautivaba por su encanto y amabilidad más que por su físico. Solía vestir ropas que ocultaban su curvilínea belleza. Overoles holgados, pantalones de tela bastante flojos o faldas muy sueltas y largas que ocultaban todo el tiempo unas largas, gruesas, torneadas y bellas piernas. Sus blusas eran muy sencillas, pero estas, no podían negar que sus generosos y redondos pechos eran un delicioso atractivo que no escapaba a las cautelosas miradas masculinas. Sin necesidad de llevar un escote, sus pechos se entregaban a un vaivén muy delicado resultando en un apetecible atractivo visual bajo la suavidad del algodón de sus blusas. Pero había tiempos, gloriosos tiempos en los que el sol más brillaba en lo alto del pueblo, en los que se le podía ver a la encantadora Sam Ward con un pequeño pero inocente short de mezclilla, o con una muy rabona falda floreada y con vuelo, en los que lucía sus encantadoras y tersas piernas y en los que podías apreciar un redondo, generoso y abultado trasero, tiempos en los que con su sola presencia, al andar por las calles del pueblo, ponía a sudar a todos los hombres, tiempos en los que el cuñado de John Guirk no se encontraba con ella para celarla y cubrirla con ropas, tiempos en los que dudabas si ese ángel había bajado por lo hermoso del día, o si solamente por venir y premiarnos con su presencia es que brillaba el sol y se disipaban los nubarrones.

No, no era fea. Era hermosa, pero nadie hablaba de Samantha Ward. Nadie admitía que la deseaba con todo su ser. Nadie recordaba que la deseaba con todas sus fuerzas. Lo olvidaban. ¿Que quien era Samantha Ward?, la agradable hija de los Ward, te contestaría cualquier hombre del poblado, muy linda muchacha, muy risueña; te contestaría hasta el más perverso y depravado del lugar, y lo más probable es que no estuvieran mintiendo. Nadie hablaba de Samantha Ward. Todo el mundo la respetaba y la apreciaban sincera y fraternalmente, pero… ¿porque?, bueno, ya lo saben, o quizás no. Por eso, todo el mundo pensaba que eran extraños.

No, definitivamente no era fea. Samantha Ward era la más enigmáticamente hermosa de toda Wodshad´s ville.

2

Habían pasado 4 años desde que John había decidido casarse con la hija mayor de los Glee, Anee Glee, pasando a formar un muy disfuncional matrimonio con problemas de dinero, problemas de celos, problemas de todo.  John no convivía mucho con la familia de su esposa, de hecho no le caían para nada bien. Sus suegros eran unos metiches de lo peor y sus hermanos unos engreídos, presumidos y altaneros. Eran menores que él y su esposa. Le debían respeto y al parecer nadie se los hacia saber, ni se preocupaban en hacerlo. Exceptuando a unas primas lejanas de su esposa que de vez en mes visitaban a la familia y que, a decir de John, estaban bastante buenas, todos los demás en esa familia eran un dolor de muelas. Quizás también rescataba a la tierna novia de su cuñado mayor, Sam creía que se llamaba. Ella era harina de otro costal. La joven novia de su cuñado era educada, risueña, amable y muy atenta. Había disfrutado mucho las veces que cruzaron conversación. También creía recordar que era muy hermosa, pero no estaba del todo seguro, solía  vestir ropas muy aburridas y que no permitían ver más allá de su hermoso y tierno rostro. O quizás… creía recordar que en una cena en casa de sus suegros hace unos meses, en los que se celebraba el más reciente asenso del patán de su cuñado y novio de la joven, la chica en cuestión había llegado a la cena entallada en un espectacular vestido de noche negro. Creía recordarla con la tela, negra como su larga cabellera lacia y brillosa, dibujando cada contorno de su cuerpo. (Ella era delgada, pero definitivamente no era flacucha, tenía bastante carne y estaba muy bien distribuida por las curvas de sus pechos, caderas y trasero, creía recordar) ¿no había sido viéndola caminar por la sala de sus suegros, con aquel pequeño bolso en una mano y sostenida del hombro de su cuñado, con ese vestido color negro adherido a ella como su propia piel?, ¿no había sido viendo a la encantadora Sam, con ese andar cadencioso, deslizándose completamente desnuda por la sala, pero sin vergüenza, con toda naturalidad, sonriendo y saludando a todo mundo, sin pudor, sin cubrirse el cuerpo ni hacer el intento, como si fuera un vestido y no su piel de satín color negro lo que la envolvía?; ¿no había sido viendo a ella con la que tuvo la erección más contundente que había sentido en su vida? Su corazón palpitaba aceleradamente mientras la visualizaba son su impactante figura, pero de pronto se detuvo y volvió a estabilizarse. Dejo de sudar y se preguntó a si mismo con extrañeza que en que estaba pensando, realmente no lograba recordar que era lo que tenía ocupada su mente segundos atrás. De la chica de los Ward creyó recordar. La novia del creído de su cuñado. Pero la chica no, ella era la excepción a la regla, Sam era una joven muy tierna y además amable, y seguramente ese hembra que despertó todos sus instintos de macho ya hace unos meses, fue alguna otra chica que vio en algún restaurant cenando con su esposa. Sam no. ¿Es muy amable verdad? Que agradable muchacha, pensó.

Y una cosa lo fue llevando a la otra, y entre sus cavilaciones termino por recordar que ese mismo sábado tenían una cena con sus suegros. ¿Cuál era el motivo? No estaba seguro de recordarlo, pero era algo importante, seguramente algún otro ascenso del infeliz de su cuñado. De pronto lo recordó, su cuñado había establecido el compromiso de matrimonio con la joven Sam, la hija de los Ward con la que llevaba algo más de un año de noviazgo. Hace poco estaba recordando a esa encantadora muchachita pero no lograba recordar por qué, no importaba, ella era muy agradable. Tendría que cancelar algunas reuniones con sus amigos y casi por obligación tendría que ir a pasar una aburrida noche con sus suegros, y para poner la cereza en el pastel, la familia Ward estaría ahí. La joven era muy agradable, y sus padres no eran precisamente indeseables pero… quien sabe, todo mundo pensaba que eran extraños.

3

Llegó el sábado y la celebración del reciente compromiso de su cuñado con la joven de los Ward estaría por comenzar. John Guirk fiel a su costumbre iba tarde a la cita. Su esposa había pasado todo el día en casa de sus padres ayudando a organizar la reunión y a preparar la cena, pavo, creía recordar que servirían de plato fuerte. Y si su esposa no tenía toda su ropa lista, John las pasaba muy mal. Al mal paso darle prisa, era una de las frases favoritas de John, y avanzaba por la carretera que rodeaba al pueblo a una buena velocidad pensando en ello. Podría tener tiempo, pensó, después de todo el bar que solía visitar cerraba un poco más tarde los sábados. Tendría que aguantar a su mujer cuando regresara a casa más tarde de lo usual pero, quizás ella bebiera un poco y estuviera de buen humor después de la fiesta. Soñar no cuesta nada, era otra de las frases favoritas de John Guirk.

La tarde era bastante calurosa. El sol comenzaba a descender en el oeste y los rayos del sol daban directo sobre su rostro. Trató de buscar sus gafas oscuras con su mano derecha mientras con la otra sostenía el volante cuidando no salirse del camino, hacerlo significaría caer por la pendiente muchísimos metros directo al vacío. Una sencilla y frágil barrera de contención separaba la calle de la caída libre. John Guirk nunca había sido un hombre muy cuidadoso pero manejar su auto se le daba bastante bien. Después de revolver latas de cerveza vacías, envolturas de frituras y demás desperdicios, John al fin pudo hacerse con sus gafas. De último momento mientras se incorporaba, el auto se le salió un poco de control y dio un tirón hacia la caída impulsado por la fuerza centrífuga de una curva pronunciada. Supo salir del escoyo sin problema y volvió al volante ya con los lentes puestos y sin el molesto sol encandilándolo. Como odiaba aquella vieja carretera. Sus suegros habían comprado hace años aquella casa muy a las afueras del pueblo. Tanto así, que para llegar a ella había que tomar la vieja interestatal 47 y subir por la ladera del cerro Washington hasta casi la parte más alta y bajar por el otro lado hasta encontrar la desviación que conducía a la apartada casa.  Y no le molestaba lo largo del trayecto, (estar montado en su auto era de las actividades que más lo satisfacían), ni que fuera peligrosa, pues a él conducir se le daba de perlas, sino más bien lo que le molestaba era la soledad de aquel lugar. Podía pasar mucho tiempo antes de encontrarse frente a otro vehículo, y la mayoría de las veces se trataba de uno de esos ruidosos camiones de transportación. No es que le temiera a la soledad, o al menos nunca llegaría a admitirlo, más bien detestaba que no hubiera nadie ahí que pudiera ver lo jodidamente bien que se veía conduciendo montado en su preciosa máquina de cuatro ruedas. Así que cuando John Guirk llegó a la parte más alta del recorrido y comenzó a descender por el otro costado, ya llevaba el fastidio adentro.

Fue quizás algún destello que lo deslumbro lo que quizás le hizo darse cuenta de la situación mucho tiempo antes, o tal vez, como le gustaba más pensar y al pasar los años terminaría por creer como la verdad, fue su sensacional sexto sentido lo que lo alertó de la situación. Lo cierto es que algo no cuadraba con el panorama que tenía por delante en el descenso de la carretera por lo que poco a poco fue reduciendo su velocidad y esforzando su vista para mirar a lo lejos mientras se acercaba con cautela. Vio entonces con seguridad aquel destello. Un par de kilometro abajo, junto a la carretera se extendía una planicie antes de llegar a la ladera de la montaña. En ella había una vieja construcción de madera, una pequeña madera que a vista se encontraba abandonada y que en algún momento debió ser una caseta de vigilancia.  Tras ella estaba poblado de altos matorrales y árboles secos con gruesos troncos y frondosas copas. Agudizó la vista mientras prácticamente paraba en seco su auto, y pudo ver la parte que había provocado aquel destello. La parte metálica de lo que parecía ser el cofre de un auto. Habrá de ser algún borracho que se detuvo a orinar, pensó, pero había algo que no le cuadraba del todo, algún mal presentimiento quizá. Había estado escuchando por la radio que una banda de locos había estado causando estragos por aquellas zonas del país. Se les achacaban el robo de más de 10 gasolineras y tiendas de paso, y lo más macabro de todo, la violación y asesinato de 3 mujeres. ¿Y si ese auto oculto entre la maleza se trataba de aquella banda delictiva? ¿Y si estaban ahí esperando algún conductor despistado para tener su auto con engaños o a la fuerza quizá y planeaban robar su auto y pertenencias y asesinarlo para más tarde arrojarlo al vacío? Mas valía tomárselo con cautela. Bajo su velocidad casi a vuelta de rueda para no hacer ruido. Bajo los vidrios del auto para estar atento a cualquier sonido extraño y poder estar prevenido. Puso atención delante para asegurarse de no encontrare con nada fuera del lugar que pudiera encontrarse ahí con la única misión de pincharle algún neumático y dejarlo desprotegido en medio de la nada. Siguió avanzando lentamente y con sumo cuidado. John Guirk no estaba tan equivocado después de todo.

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Entonces lo escuchó. Fue muy rápido pero a John Guirk no le quedaba la menor duda de que eso había sido un grito, de una mujer además. Detuvo su auto y escucho con atención. Nada. Había sido muy rápido, y había terminado muy rápido también, seguramente habían ahogado su grito. Espero unos segundos más pero no logro escuchar mas que el viento soplando y algunas aves solitarias. Se quedó quieto tratando de decidir qué hacer a continuación. Él no era precisamente un hombre valiente, ni tampoco es que se desviviera por ayudar a los demás, y seguramente estaba más cagado de miedo de lo que le gustaría admitir, pero su vida en el pueblo no era precisamente la más entretenida en los últimos tiempos (desde que nació prácticamente) así que algo nuevo podría darle un gusto más a su vida además de conducir y beber los sábados en el bar.

Avanzó lentamente hacia la orilla de la carretera. Puso las luces preventivas del auto y salió después de subir los vidrios de las ventanas. Se quedó mirando a su alrededor y volvió a intentar escuchar algo… nada. Sacó su pañuelo del bolsillo trasero de su pantalón y se secó el sudor de su frente. Rayos, el sol esta por meterse y sigue este calor del carajo, se dijo entre dientes. Escupió una muy escasa saliva y empezó a caminar en dirección de la cabaña abandonada.

Cerca ya del lugar, trato de acercarse más lentamente. Trato de adelantarse lo más agachado posible y de cuando en cuando giraba su cabeza para asegurarse de no ser visto. Llegó junto a la cabaña que a decir verdad estaba bastante maltrecha. Permaneció con la espalda en la estructura y trato de escuchar de nuevo. Bingo, un ligero forcejeo, como si alguien jadeara para recuperar el aire. Aun no estaba seguro de si quien se encontraba ahí fuera peligroso, pero nunca dejo de extremar precauciones. Retomó el paso y llegó a la esquina de la pared. Volvió a poner atención y esta vez creyó escuchar unas risas a lo lejos. Son más de uno, pensó, quizás deberías reconsiderarte las cosas John, dar media vuelta y regresar por donde viniste, pero a decir verdad sentía que ya estaba más adentro que afuera. Al mal paso darle prisa, ¿no? rió en voz baja y salió rápidamente agachado atravesando el lugar y volteando a todos lados.

Llegó tras un árbol de tronco grueso y se ocultó tras de él. Las sombras comenzaban a alargarse y el calor parecía ceder ante el fresco viento que comenzaba a bajar la temperatura mientras oleaba con fiereza. Un crujir de hojas y ramas lo sobresalto tras de él. Giró sobre sí mismo asustado y se aseguró de que nadie estuviera merodeando por ahí. Otro ruido similar y su gesto reflejaban curiosidad. Mientras avanzaba cautelosamente hacia la fuente del ruido pudo escuchar una especie de quejido ahogado, casi como un grito retenido. Tras unos frondosos matorrales por los que se abrió paso con sus brazos se encontró con un hombre robusto amarrado de pies y manos y con una gasa amarrada a su cabeza obstruyéndole la boca. Al principio pudo más la impresión y se apartó hacia atrás, después recupero el sentido y volvió junto a aquel hombre amarrado y tirado en la tierra. ¿Hey me escuchas? ¿Te encuentras bien? ¿Quién eres? ¿Quién te hizo esto?  Le preguntaba al hombre. La presión del momento no le permitía percatarse de que hablaba demasiado alto. Recordó las risas y un escalofrió le recorrió el cuerpo. El pobre tipo no puede hablar y tú solo preguntas y preguntas, se dijo a si mismo. Sacó su navaja que guardaba en su cinturón y cortó la soga que retenía sus manos a su espalda. Volteó al hombre boca arriba y pudo ver varios golpes en su rostro. Buscó su pañuelo en el bolsillo y no lo encontró, recordó que lo había puesto en su camisa y lo tomo para limpiar el rostro del hombre. Tenía varios moretones y cortes que aún le sangraban, la sangre se mezclaba con el sudor y la tierra en su rostro formando una especie de lodo morado. Lo limpió lo mejor que pudo y fue entonces cuando identifico a aquel pobre hombre. Se trataba de Joshua Ward, el padre de Sam Ward, la muchacha que se comprometió con su cuñado y por lo cual se celebraría la reunión a la cual se dirigía a la casa de sus suegros. El sr Ward estaba consciente y con sus manos hacia el intento de quitarse la garra que cubría su boca. John lo entendió lo que intentaba y lo asistió cortándola con su navaja.

-Gracias, gracias-  no paraba de decir el sr Ward. -Tienes que ayudar a mi mujer y mi hija, ellos las tienen-.

John Guirk asistía con rapidez mientras volteaba hacia la cabaña para cerciorarse que nadie lo había descubierto aun.

-está bien. No se preocupe. ¿Puede levantarse? Deje mi auto unos metros carretera arriba, debemos llegar hasta allá e ir a pedir ayuda lo más rápido posible.- decía John casi entre susurros para no ser escuchado

-no, no, no. por favor.- lo interrumpió el Sr. Ward. – no hay tiempo. Debes ayudarlas o esos patanes las mataran- se quejaba desesperado con su rostro apretujado por el dolor. –por favor, ayúdalas- suplicaba.

El sr. Ward intentaba ponerse de pie pero una herida en su pierna derecha, posiblemente hecha con un bate, comenzaba a sangrar y no le permitía si quiera incorporarse un poco -creo que me han quebrado un pie. Oooh¡ malditos bastardos, pero yahdim el príncipe del sol castigara  a todo aquel que se meta con sus hijos- rezaba entre lagrimas

John puso la mano en el hombro del Sr. Ward y trato de tranquilizarlo. Haría lo que pudiera, le prometió. Se levantó después de que el pobre hombre le besara la mano y le dijera gracias y otras palabras extrañas de agradecimiento que no conocía, y avanzo cautelosamente en dirección de la cabaña. La noche se acercaba cada vez más y el frio se adueñaba del ambiente. Llegó junto a una ventana rota situada en la parte lateral de la arruinada cabaña y lentamente se acercó para poder mirar dentro. El interior parecía ser un recurrente refugio para borrachos. Había latas de cerveza vacías por todo el suelo, restos de fogatas con toda clase de cosas que sirvieron en su momento como leña. Un televisor antiguo y con la pantalla hecha añicos servía de mesa donde se encontraban botellas vacías y restos de comida en lata. Basura por todos lados, tierra y cobijas y ropas sucias y desgarradas que hacían ver al lugar como un nido de ratas. Más al fondo se encontraba un viejo y desvencijado sillón con la tela y la esponja rota por todos lugares y con resortes asomando por doquier. En él, un tipo de entre 20 y 25 años de edad, de pelo castaño, largo y ondulado; sostenía entre sus brazos a la hija del matrimonio Ward. La joven, sentada sobre el regazo de su captor, se revolvía, sacudía y arqueaba como loca buscando aflojar la presión con la que él le inmovilizaba ambos brazos abrazándola con fiereza. La chica lloraba profusamente, y su cabello, lacio e intensamente oscuro, se pegaba a su cuello y mejillas ante la humedad de sus lágrimas y el sudor de su esfuerzo. Un moretón empezaba a formarse alrededor de su ojo izquierdo aparentemente causado por un golpe con el puño. Sus gritos de ayuda, aunque constantes, carecían de fuerza sonora victimas del cansancio y poco a poco remitían volviéndose cada vez más espaciados como signo de la resignación y agotamiento de la chica.

                                 5

El hombre llevaba una camisa vaquera a cuadros, unos jeans descoloridos y unas botas cafés llenas de lodo. Sonreía y disfrutaba sentir la fuerza con la que la chica se revolvía sobre él. Retiro su mano derecha de la chica y cogió una lata de cerveza que descansaba tambaleante en el brazo del desvencijado sofá por las constantes sacudidas de sus ocupantes. Después de un largo trago, apretó la lata con su puño y la arrojó al fondo de la habitación. Volvió a sujetar el brazo de la joven y observándola desde atrás con mirada acosadora, pego su rostro a los sedosos cabellos de Samantha Ward y los olfateó como una droga con un largo y profundo inhalar mientras una sonrisa burlona con blancos dientes y un incisivo superior color plateado se dibujaba en su rostro tostado por el sol y con días sin rasurar.

-¿Qué les parece este suculento manjar muchachos?- preguntaba a dos tipos que lo acompañaban de pie a unos dos metros de donde la forzada pareja se encontraba sentada. Uno de los tipos era muy gordo, tenía el cabello castaño y chino, y le caía en descuidados rizos cubriéndole las orejas. Llevaba una playera amarilla muy ajustada a su redondo cuerpo, y unos jeans que bajaban constantemente dejando ver una muy peluda espalda baja y la naciente de sus glúteos.

El otro tipo, por el contrario, era muy delgado y macilento, casi una delgadez enfermiza. Llevaba puesta una gorra de los angelinos de Anaheim con la visera hacia atrás, y de ella brotaba una mata lisa y rubia que llegaba a sus hombros. El cabello lucia enredado en gruesos mechones aparentando no haberlo lavado desde tiempos inmemoriales. Vestía a su vez, unos jeans oscuros y sucios y una delgada playera blanca, rota en varios sitios y manchada de tierra y (a John le gustaría pensar) comida, aunque pareciera más a sangre seca. ambos hombres se encontraban de espaldas a John por lo que no podía observar sus rostros y solo escuchaba sus risas burlonas que de cuando en cuanto soltaban al ver las acciones del que John comenzaba a creer era su cabecilla.

-en serio muchachos, este debe ser el botín mas delicioso que nos hemos encontrado en todo nuestro camino- dijo la última parte; ¨en todo nuestro caaaaaamino¨ , en tono cantado.

-sí, deliciosa, deliciosa sí. La más deliciosa, Mike- soltó el hombre gordo entre risas

Posó la mano con que había tomado su cerveza en la rodilla derecha de la joven.

-es decir, miren estas piernas. Tan gruesas, firmes, formadas y cálidas. Suaves y tersas como la seda- decía cada vez bajando más la voz hasta casi susurrarlo mientras con la palma de su mano iba subiendo lentamente acariciando el muslo de la joven Ward. Esta llevaba un vestido de gamuza en una pieza color verde aceituna algo rabón que terminaba a mitad de sus muslos pero que al encontrarse sentada y llevar varios minutos agitándose al forcejear, había subido sobre sus piernas quedando muy arriba cubriendo apenas su ropa interior. La mano recorrió lentamente la blanca pierna de la chica hasta topar con su vestido. Llegado ahí se detuvo y bordeo la redondez de su muslo introduciendo su mano hacia donde sus dos piernas apretaban con fuerza para cubrirse del hombre. Pudo a pesar de aquello introducir sus dedos entre sus dos piernas y apretó la carne de su muslo con fuerza, mallugando la carne. Samantha se revolvió aún más de dolor, y arqueándose, lanzó su nuca contra el rostro quien que John había escuchado llamaban Mike. Este, con los ojos a medio cerrar y entregado al placer de tocar a la joven, no lo vio venir y recibió el golpe de lleno en medio de su aguileña  nariz. Sin inmutarse y  lejos de  mostrar molestia, una risa burlesca se dibujó en su rostro y una suave carcajada fue llenando la habitación que había quedado en silencio tras la sorpresa de sus dos cómplices al observar sorprendidos el inesperado suceso. Poco después ambos se unieron a su amigo Mike, y lo acompañaron con sonoras carcajadas sin saber exactamente la causa de la diversión.

-ohh preciosa, eres indomable. Puedo sentir toda esa electricidad recorriendo tu cuerpo. Eres un ejemplar fascínate. Estoy impaciente por descubrir, conquistar y saborear cada rincón de tu anatomía y de tu ser-  decía acercando sus resecos labios al oido de la joven, que recién había descubierto retirando su cabello y colocándolo suavemente por detrás de su oreja que lucía unos pendientes de diminutas cadenas en eslabones redondos que juntas semejaban una cortina de acero plateada.

-¿Cómo es que te llamas amorcito? Preguntó a la vez que deslizaba su dedo índice por la mejilla de la chica.

-vete al carajo- le gritó la chica girando su cuello para después intentar escupirle el rostro. A pesar de la contorción que necesitó realizar para girar su cuello, no fue suficiente y la saliva no dio en su objetivo aterrizando en el respaldo del sofá.

-¡jo, jo, jo, jo, jooo¡ pero que yegua tan bronca tenemos aquí-

Samantha volvía a revolverse con fuerza pero su cansancio era cada vez más evidente y el hombre mitigaba sus esfuerzos con sus brazos,  abrazándola.

-quieta, quieta primor, no te hare daño-

La joven fue dejando de moverse poco a poco hasta solo dar unas ligeras sacudidas quedando solo el movimiento acelerado de sus pechos en cada una de sus respiraciones agitadas.

Él volvió lentamente a la carga y puso su mano derecha sobre el vientre de la chica. La acaricio suavemente en movimientos circulares y después paso a su cintura.

-miren nada más que curvas. Estas deben ser las curvas más peligrosas y bellas que hayamos tomado en los caminos de este cochino país.-

Con sus dedos extendidos fue recorriendo lentamente la curva de la cintura de Samantha Ward atreves de la tela de su vestido, desde sus caderas, hasta topar con la redondez de su generoso y bello seno derecho. Llegado a ese punto detuvo su avance. John pudo observar cómo se mordía el labio inferior y entrecerraba sus ojos ocultando su pupila mientras lentamente con toda la palma de su mano, fue subiendo por la curvatura del pecho de la chica. Presionaba suavemente mientras continuaba subiendo hasta colocar la palma de su mano en el centro y abarcar, con sus dedos extendidos, una parte de su considerable seno.

-pero hermanos míos, ¿habían visto un par de pechos tan perfectos? Tan suaves, tan redondos, tan delicados. Puedo sentir lo terso de su carne deslizándose bajo la gamuza de su vestido. ¿Acaso habían visto algo semejante?

Los dos tipos que lo acompañaban observando toda la escena volvieron a reír, pero ahora más por lo bajo. Se notaba en sus risas la ansiedad que sentían. La situación comenzaba a ponerlos calientes y frenaban sus deseos de lanzarse a por la chica cual animales, solamente por el respeto o, más precisamente, miedo, que ambos sentían para con su jefe a mando.

Él tipo aflojo la suave presión que ejercía en el pecho, y con su dedo índice lentamente inicio un movimiento circular en la parte central del seno. Involuntariamente, bajo la tela de su vestido, el pezón comenzó a hincharse y a formar un bultito. El hombre sintió extasiado la hinchazón del pezón y se dedicó a acariciarlo dulcemente con la yema de su dedo índice y corazón.

-parece que no te desagrada tanto como creías preciosa- se burlaba mientras ella forcejeaba por soltarse una vez mas, pero fallando de nueva cuenta y quedándose quieta una vez mas a su merced, con los ojos cerrados, la respiración agitada y sus labios apretados en una mueca de desprecio.

Era su vestido de una sola pieza, adherido al cuerpo, sin vuelo en la parte inferior. Rabón hasta mitad de sus muslos, liso y sin estampados, de manga corta ajustada a sus hombros. Tenía a su vez un escote pronunciado, de tipo ¨v¨, que atravesaba sus senos y terminaba prácticamente bajo sus pechos. Un cordón estilo agujeta del mismo color que el resto de su vestido, atravesaba una serie de orificios situados a ambos extremos de su escote, serpenteando por los agujeros a manera de amarre de corsé, culminando en los últimos orificios, en la parte de su cuello, con un nudo en forma de moño y con dos pequeños nudos en los extremos de los cordones. Esto cerraba su escote un poco, dejando ver solo una franja de la piel de su pecho (fragmentada por los pequeños triángulos formados por el cruzar de los cordones) y la naciente interior de las curvas voluptuosas de sus dos pechos. Esto hacia un poco más recatado lo que pudiera mostrar su escote, pero no lo suficiente que John pensaría debería vestir la hija de los Ward, una familia si no conservadora, si decente.

Tras dejar de acariciar el pezón de Sam, Mike subió sus dedos lentamente por el pecho hasta el nudo de la cuerda de su escote. Mientras silbaba una melodía lenta y pegajosa, iba deshaciendo el nudo con sus dedos. Ella solo se mantenía quieta con sus ojos cerrados. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su angustiosa respiración.

-siempre he pensado que las jovencitas como tú, con ese aire de decencia, son las más calientes en la cama. Apuesto a que tu padre y la bruja de tu madre que esta tirada más allá, ni se imaginan lo que su pequeña princesita puede hacer con un hombre.  –

Le decía al oído mientras continuaba desatando los cordones de su escote

-¿Te gustaría que los trajéramos aquí y vieran como su hija es una estupenda amante?-

-no¡, no me hagan daño. Por favor. Solo déjenme ir, por favor, no estoy lista para esto-

Los dos compinches estallaron en risas al escucharla. El más flaco se dobló al no aguantar la risa y el tipo obeso parecía ahogarse entre carcajadas.

-¿no está lista he? Jajaja, ella no está lista. Jajaja. Gangoseaba el más flaco.

John miro a su alrededor y empezó a analizar sus posibilidades. Sabía que si iba por ayuda, al regresar la chica ya habría sido violada y quizá asesinada. Estaba el asunto de la señora Ward también. Por un momento empezaba a hacerse a la idea de que la mujer estaba muerta a estas alturas, incluso el cabecilla había dicho que estaba tirada más allá de la habitación. Pero también había dicho que la traería junto a su esposo para que presenciaran la desagradable escena de la violación en grupo de su joven hija. Eso daba una esperanza de que tal vez solo estuviera algo golpeada igual que el caso del señor Ward.

No. Esto tenía que resolverlo ahora. Jamás había hecho nada significante en su vida. Y no es que el sintiera la necesidad de hacerlo, ni siquiera conocía a Sam tan a fondo como para ser su héroe, si bien es cierto que le parecía una chica agradable, pero algo tan místico que ni él se atrevía a entender o quizás, no quería, lo empujaba a actuar con todas las agallas que tenía y las que no tenía, para rescatar a la dulce joven Ward.

Barrió con la vista el suelo en busca de algún objeto que le pudiera ayudar a enfrentarlos. En el tiempo que llevaba observándolos, no se había percatado de que alguno de ellos llevara un arma consigo, pero tampoco podía fiarse de ello. Así que su ataque tendría que ser rápido y sorpresivo. Tenía que ser eficaz y no dejar posibilidad a algún contrataque de su parte.  Encontró más allá de la esquina de la casa, un tubo metálico de aproximadamente 10 cm de diámetro. A simple vista parecía pesado y pensó que si entraba deprisa y por sorpresa, podría asestar dos golpes certeros a las cabezas de los dos acompañantes, y mientras el otro se separaba de la chica, ganar tiempo y terminar con él también. Parecía no una excelente idea del todo. Pero si era la mejor disponible.

 Avanzando a gatas como se había mantenido junto a la ventana hasta entonces, fue por el tubo sin dejar de cuidarse las espaldas.

La princesa wikinda. Pt. 1
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2 thoughts on “La princesa wikinda. Pt. 1”

    1. Muchas gracias angela.
      No sé quién sea vi king. Y respecto a lo primero, no creo tener el talento para eso. Pero me conformo con compartirles historias que se me ocurren y que disfruto mucho que las lean y les gusten ☺️

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