Invítanos a café y contribuye al mantenimiento y mejora de SexoEscrito.com

Relato erótico: Tú, que no me quieres

Quizás me gustaría que hubiera un algo de sorpresa. Una sutil novedad en el aire quieto de la habitación. Pero no puedes evitar anunciarte. Te gusta pisar fuerte, con autoridad. La llave encaja siempre en la cerradura como si tuviese el don de la infalibilidad. Sigo leyendo mientras caminas por el salón, vasto y casi vacío. También cuando juras porque he olvidado reponer el café. Tu presencia me recuerda los libros sagrados de la escuela. Escapa a toda lógica.

Me suele incomodar el hecho de que arrojes al suelo la pierna que suelo cruzar sobre la otra y sirve de habitual reposo al libro que repaso una y otra vez desde hace años. Podrías ser algo más amable, más considerada. Pero sé cómo continúa la historia, así que no me conviene reprochártelo. Suelo mirarte cuando tu mano se escurre decidida entre los labios abiertos de la pretina y explora complacida entre mis secretos. Me pregunto si alguna vez habrás visto mis ojos… Sólo suspiras, enciendes un cigarrillo y continúas con el masaje, como si lo que tienes entre los dedos tibios no tuviera nada que ver con mi persona.

El aroma dulzón del cigarillo invade la estancia mientras aposentas tu menudo trasero en la banqueta, después de retirar el cenicero atiborrado de colillas y huesos de aceituna. Es agradable ver cómo tu respiración se relaja al mismo tiempo que eso que acaricias aumenta sin cesar de volumen. He de reconocer que al menos tienes la delicadeza de extraerlo antes de que la molestia pase a mayores. Me pregunto por qué lo contemplas con esa extraña fascinación, mientras los dedos desplazan con lentitud la piel caliente, ocultando y descubriendo el capullo suave y sonrosado.

Abandono el libro sobre el suelo, descuidadamente. No me molesta en absoluto el saber o no dónde he dejado la lectura. Creo que sabría recitar fragmentos muy extensos de este texto, pero eso me da igual. Ahora me interesa más recostarme y separar las piernas para observar cuidadosamente el espectáculo de tus dedos blancos y delicados manipulando mi tranca dilatada hasta causar dolor. Tu vista recorre lánguidamente cada milímetro de su presencia, sus venitas azuladas, el vello aquí y allá, el suave abultamiento del conducto que verterá enseguida parte de mi alma, la gotita que comienza a descender desde lo alto de la cumbre buscando un lugar cálido.

Jamás dejará de asombrarme el terrible contraste entre su naturaleza burda, incontenida, y el brillo sutil de tu piel pálida, casi transparente. El aparente absurdo que existe entre su vocación indecente y el color delicado de la gema que alguien encajó un día en tu dedo anular. No sé qué haces aquí ni quién te trajo.

Espero el día en que sea capaz de negarme a humedecer lo que ofreces ante mi boca, cuando, por fin, te deshaces del abrigo de piel y exhibes tu impúdica desnudez en la habitación fría. Imposible dominar el escalofrío que me recorre cuando te inclinas hacia adelante y plantas tu trasero ante mi boca. No es a mí a quien miras cuando tus ojos se vuelven con urgencia. Sólo calculas el punto exacto. Corriges la posición de los pies, meneas tus caderas en una última provocación y luego las haces descender hacia mis fauces sin contemplaciones.

Espero el día en que podré negarme, pero no será hoy. Conozco bien el súbito segundo en que me invade otro ser que me habita cuando los surcos de tu geografía se apoderan de mí. Entonces se establece un extraño equilibrio entre mis estímulos y tus reacciones. Una corriente de retroalimentación donde todo tiende al infinito. Cada gemido anuncia otro más hondo mientras la boca chupa, besa o lame con la misma fruición con la que cualquiera se comería una fresa, sin prisas, con la placidez de quien no sabe que habrá un final. Hay un extraño silencio alrededor de tu respiración sorda y agitada, y un baile de partículas de polvo sobre los rayos de luz del sol que asciende.

Me gusta el tono urgente con que entonces comienzas a dar órdenes. “Méteme los dedos, rápido”. No se te puede contrariar y tampoco querría. Adoro obtener esa corriente de sollozos apenas reprimidos. Estás tan húmeda que pareces haberte licuado y sé lo que hay que hacer, pero nunca lo haré antes de que lo ordenes.

La rotundidad de tu respuesta contrasta con la suave y continuada caricia que tus manos aplican entre mis ingles, como temiendo precipitar el final. Tu sabiduría en este terreno no parece tener límites. Traslado tus humedades al lugar adecuado, anticipando tu siguiente y conocida orden y pienso cuánta tierra podrías regar. Ahora por el otro, ¡vamos! Claro que vamos, por supuesto que vamos…

No es algo que deba hacerse con urgencia. Es mejor parar el tiempo y sentir los segundos como siglos mientras el dedo penetra lúbrico en tu oscura depresión, con dedicación y delectación, prestando la mayor atención posible al estertor que ruge en tu garganta, a la respiración suspendida, al temblor que sacude tus muslos y menea tu cabeza a un lado y otro, interminablemente.

No voy a decir que me gustes. Es sólo que en estos extraños momentos, no me acuerdo. Es como una borrachera de los sentidos todos, como si la piel fuese un mar de locura, un pozo del deseo donde no cabe el pensamiento. No sabría decir quién eres o quién soy cuando por fin apoyas tus manos en mis hombros y te empalas lentamente sobre mi deseo, ya inaplazable.

Controlas tu vaivén incansable como una diosa en celo, mientras bebo el sudor que baja por tu espalda, loco por el ansia de recibirte plenamente. Cada embate amenaza con hacerme arder en el desierto, pero es tan adorable este calor de infierno, estas gotas de pura sal corriendo por tu nuca mojada, este olor a hembra desatada y febril, esta pura locura….

El sol va ya más alto cuando por fin me entierras definitivamente en tus entrañas. Corre el sudor entre tus pechos como una fina lluvia anunciando el momento en que por fin gritas con una contención apenas conseguida y un chorrito de gotas blancas avanza incontenible hasta la pared, dejando su huella sobre los restos de papel pintado.

Alguien podría decir que nos queremos mientras descansamos con los cuerpos exhaustos, encajados el uno sobre el otro, mis brazos abarcándote como a una novia joven e inexperta. Pero poco a poco, regresa la tristeza. Te alejas hacia el cuarto de baño y creo ver un espejismo. De quién será ese cuerpo menudo y paliducho que ahora me abandona. De quién los aromas que quedarán dando vueltas por la casa. Qué haces aquí tú que no me conoces. Tú, que no me quieres.

Antes de salir, me ordenas cambiar más a menudo las toallas, siempre sin mirarme. Tres billetes pulcramente doblados sobre la mesita de la entrada, el abrigo de piel de nuevo sobre las carnes aún temblando, los pasos invencibles sobre la madera derrotada. La puerta que se cierra. Ni siquiera te has preocupado de volver a cerrarme la bragueta.

Recupero la biografía del suelo y comienzo a leer por cualquier parte. Los hombres se rigen por las lineas del intelecto. Las mujeres, por las curvas de la emoción.

 

Vota este relato

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *