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Mi vecino voyerista Pte.3

El shock tras mi experiencia con mi vecino voyerista

El shock después de lo sucedido con mi vecino voyerista habría de durarme casi tres días. En cualquier actividad en la que me encontrara, en la soledad de mi casa, siempre terminaba por evocar el episodio del jardín protagonizado por mi vecino voyerista.

Lo recordaba una y otra vez, con la mirada perdida y los labios entreabiertos no logrando precisar si todo había sido producto de mi cada vez más decadente cordura o si en efecto, había ocurrido. Pero no podía engañarme por más que deseara que así fuera. Las marcas en mi trasero (en mi nalga izquierda para ser más exacta), y en mi seno derecho, que ya empezaban a tornarse de un preocupante tono azul verdusco, dejaban completamente claro que de hecho, lo sucedido había sido muy real. Mi vecino voyerista me había tomado como un objeto y me había besado de la manera más sucia que jamás nadie me había besado. Su lengua invadió mi boca y soltó un veneno con saliva que hervía intensamente. Sus manos habían sido dos pinzas que me apresaron y me empujaron hacia él, casi al borde de mezclarnos en uno solo. Pero no fueron estas cosas las que lograron que estuviera tan a merced de mi vecino voyerista, sino ese oscuro y corrupto deseo hacia él que en el momento del clímax hizo que me derritiera y quedara sin fuerzas para oponerme a él. Por eso cada vez que mis pensamientos me llevaban a esto último, sacudía mi cabeza y seguía con cualquiera que fuera mi tarea en ese momento para tratar de despejar esas desoladoras conclusiones.

Durante esos días después del incidente con mi vecino voyerista, y hasta la fecha en que llegó mi marido de su viaje de trabajo, no volví a mostrarme como hasta entonces. Los primeros días fue fácil, pues como les he dicho, el shock por lo sucedido seguía latente, y una mezcla de coraje y repulsión con un ardiente deseo, seguían dentro de mí. Pero los días siguientes sí que me fue difícil seguir con ese plan de austeridad hacia mi vecino voyerista. Me lo imaginaba en su cuarto, esperando en su ventana y con sus binoculares en las manos esperando segundo a segundo a que por fin volviera a salir y pudiera verme, desearme, saborearme, reclamarme como suya mientras sus manos recordaban, reconstruían a calca perfecta en el aire, cada uno de los centímetros de mi cuerpo que acarició, reviviendo vívidamente la consistencia de mi carne bajo la mezclilla de mis shorts y el algodón de mi sostén. El aroma de mi cuerpo estaría presente aún entre sus manos, y sus labios guardarían aún el sabor de miel de los míos. Me lo imaginaba así, delirando por mí en las sombras de su morada, y poco a poco lo veía deslizando su mano hasta su sexo, rígido como aún recuerdo sentirlo contra mi vientre. Cómo comienza a tocarse por mí, poco a poco con un ritmo que me hace sudar. Y a punto estoy de desvestirme y salir corriendo al balcón. A punto de dejar que sus ojos desenfrenados me consuman solo con su mirada penetrante, a punto están de consumirme los deseos  nuevamente cuando golpeo fuerte la mesa, el sofá, o cualquier mueble donde me encuentre y me digo que esto tiene que parar, que me estoy volviendo loca.

La última vez estuve realmente cerca de salir a por él, cuando el teléfono sonó estrepitosamente en el buró. Sonó tres veces y no podía reaccionar. Estaba completamente sudada. Mis pechos en mi top deportivo estaban perlados por el sudor y se inflaban y contraían al ritmo de una agitación al respirar. Al fin reaccioné y me percaté de que había comenzado a tocarme la entre pierna.

Nancy, tienes que parar esto o vas a volverte completamente loca, me dije mientras saltaba del sofá para alcanzar a contestar el teléfono que iba ya por su sexto timbrazo. Levanté el teléfono.

-Bueno, residencia McAllister.-

– Hola amor, soy Daniel. Solo para recordarte que en un par de horas estaré llegando a casa, y me encantaría que hicieras una cena especial para celebrar que estoy de regreso. Puedes sacar aquel vino que me regalaron y que tantas ganas teníamos de abrir.

– Me parece muy bien cielo. Entonces tendré todo listo para cuando estés aquí.

– Perfecto. Te amo. Te veo en un rato.-

– Chao -colgué.

Algo de todo esto me devolvió la tranquilidad. El hecho de que mi esposo estuviera de regreso podía hacer que todos estos pensamientos terminaran por quedar de lado. Jamás lo he culpado, pero esa última vez se había ido por casi tres semanas, y la soledad estaba afectándome demasiado.

Pero no es la primera vez que estás sola, no puedes buscar excusas a tu reprobable comportamiento. Me decía mi conciencia, castigándome. Y tenía razón, pero a algo tenía que aferrarme y empezar a creer que las cosas irían mejorando. Tenían que mejorar.

Mi marido está de vuelta

-¿Y cómo te fue en estas tres semanas en mi ausencia?-

Había cocinado una pasta excelente y efectivamente estábamos dando cuenta de aquel delicioso vino que le habían regalado.

– bien, nunca he terminado por acostumbrarme a la soledad, lo sabes, pero he estado leyendo una novela que creo que será la mejor que lea este año.-

Traté de sonar lo más natural posible. Pero mi conciencia me decía que no lo estaba logrando.

Sabe que escondes algo, me decía. Tus manos, no has dejado de retorcerlas y tu frente está sudando. Además no le estás mirando a los ojos, tú siempre le miras a los ojos. Es cuestión de tiempo para que te descubra.

Pero para que te descubra ¿de qué?, me decía mi lado positivo, si ni siquiera puede decirse que lo haya engañado. Sí, sabes que el chico te mira y tú juegas un poco con eso pero, ni siquiera te muestras desnuda. Y ¿a qué mujer no le gusta que la miren? ¿A cuál?

Pero es otro hombre, estas dándote a desear a tu vecino voyerista, insistía el diablito de mi conciencia.

Tal vez, pero no has cambiado tu rutina por darte a desear, siempre has gustado de andar en lencería y vestir ropa sexy, vamos, tú te ves sexy con traje de esquimal nena. Me seguía defendiendo.

¿A no? ¿Y qué me dices del jardín? ¿No has salido solo por tu vecino voyerista?

No puedes asegurar eso. Además todas tienen caprichos como intentar hacer el jardín alguna vez. Y ese incidente no fue culpa de ella, ese chico mocoso fue el que la tomó por sorpresa y la acosó a la fuerza.

Puedes tratar de engañarte querida, pero lo que no puedes negar a ninguna de nosotras tres, es que te gustó, te encanto, te ha fascinado. No, no te gustó, ha sido la experiencia más intensa en tu vida, y mira que sabemos que no fuiste ninguna santa antes de casarte.

Pum! Knock-out. La perra del negativismo había vencido.

– ¡Amor! te hice una pregunta. ¿Que cómo es que se llama? Andas algo distraída ¿no te parece?

Sabía que su pregunta no ocultaba otras intenciones. Confiaba en mí como yo confió en que Dios existe. Y era eso lo que más me afectaba, saber que de algún modo le estaba fallando a esa confianza ciega que el depositaba en mi al dejarme sola.

– No, para nada. Bien, ya te digo que no terminará por gustarme nunca la soledad.

– Eso ya me lo has dicho jajaja. Te pregunté qué ¿cómo es que se llama esa novela que tanto esta gustándote?

– Ah! Jajaja. Pues la verdad que ahora mismo no recuerdo. Pero es de un tipo que puede saltar entre varios mundos a través de portales o cosas así.

– Genial. Deberías prestármela ahora que estaré aquí.

– Vale.

Después de cenar, me ayudó a recoger la mesa y a fregar los platos. Vimos una película juntos en la sala y a eso de las 10 pm subimos a nuestra habitación. Un sentimiento de culpa, como grilletes de acero en mis tobillos que hacían pesado mi andar, o como una nube espesa y preñada de miedos que me seguía a todas partes ensombreciendo mi rostro, no dejaba de atormentarme durante todo momento. No podía estar 5 minutos concentrándome en la cinta cuando el rostro enloquecido de mi joven vecino al momento de besarme en el jardín, golpeaba de nuevo mis pensamientos.

Al fin terminó la película y ya acostados en nuestra habitación me desvestí con mucha pesadumbre y cansancio moral. Llevaba un brassier liso color negro, con un pequeño moño color rosa entre las montañas redondas de mis senos. Y vestía una sexy braga color negro que solo dejaba ver un pequeño triángulo de tela antes de perderse en mis abultados glúteos. Él se desnudó a prisa.

– Te ves hermosa amor. Tanto tiempo he pasado pensando con estar nuevamente contigo.

– Gracias. Yo también te he extrañado.

Dije mientras dibujaba acaso la primera sonrisa honesta desde que él regresara.

– Ven, acércate. Quiero tocarte.

Me acerqué y puso su mano sobre mi mejilla. Acercó su rostro y me dio un tierno beso. Después me sentó en la cama y fue besándome más y más hasta que me empujó con su peso acostándome en la cama y quedando el sobre mí mientras seguía besándome. No tardó en recorrer sus manos limpias y pulcras sobre mi cuerpo. Acarició mi cuello con amor y fue bajando hasta mis senos, entonces bajo sus labios por mi cuello y en silencio presionó suavemente mis pechos con sus dedos. De vez en cuando paraba un poco y me decía al oído “te amo”, yo trataba de cerrar los ojos y disfrutar, de amarlo, pero siempre abría los párpados y miraba fijamente al techo de la habitación, y ponía mi mente en blanco para no dejarla carburar.

Desabrochó mi sostén con cuidado sin dejar de besarme y acariciar mis senos, mi cintura, mi vientre, mi espalda, mi trasero y más allá. Siguió besándome por los pechos hasta mis pezones, suaves, rosados y firmes, obedeciendo a las sensaciones de ser besados, lamidos, humedecidos, y desobedeciendo a mi mente que no hacía más que mandar señales muertas a cada terminal de mi cuerpo. Mis pechos le encantaban: su redondez, su peso, lo terso de su piel. Pude sentir que al besarlos y acariciarlos su sexo se hinchaba más y más. No pudo aguantar más y, agarrándome de la cintura, se impulsó un poco para arriba y colocó su ya palpitante entrepierna en la entrada de mi vagina. Entonces, empujó suavemente, con amor pero con firmeza, con deseo real. Su glande estaba más hinchado de lo normal (víctima de tantos días de abstinencia), y mi sexo no terminaba de lubricarse por completo (víctima de una mente tan perdida), por lo que la penetración resultó complicada y un tanto dolorosa. Hice una mueca de dolor cuando por fin empujó metiendo por completo su pene. Apreté mis uñas en su espalda y él volvió a repetirme que me amaba. Embistió de nuevo, ahora un poco más fuerte, y de nuevo volvió a lastimarme un poco. Siguió haciéndolo, cogiendo un ritmo lento. Su palo ardiente poco a poco hizo el trabajo que mi vagina se negaba a realizar, y sus jugos terminaron por ir lubricando mi cavidad, acabando así con la molestia al penetrarme. Sus embestidas las sentía llenas de placer, de deseo, de amor. Era todo su sexo tierno, amoroso. Todo lo que una esposa desea en su marido, todo lo que yo deseo en él.

Sin embargo, yo no podía dejar de pensar en mi vecino voyerista, de divagar en todo lo que estaba sucediendo en los últimos días. Por eso estaba con la mira de nuevo en el techo, fija, mientras él me empujaba con sus caderas y hacía que mi cabello se revolviera en mi frente tapando mi vista. Yo resoplaba y resoplaba, un poco por el esfuerzo que conlleva el ser penetrada por un macho que te dobla el peso, y un poco para apartar los cabellos de mis ojos. Logro apartarlos y me doy cuenta mientras miro al vacío, que ha pasado largo tiempo desde que comenzó a follarme y yo no he emitido ruido alguno. Solo lo abrazo y le clavo las uñas en la espalda cuando su penetración llega a lugares privilegiados. Intento gemir un poco, pero me detengo poco tiempo después al dudar si lo estoy haciendo real o si por el contrario es demasiado fingido. Él ha comenzado a acelerar el ritmo. Siempre ha sido silencioso al hacerme el amor, pero esta vez el placer lo está venciendo y empieza a gemir un poco. Besa mis senos, mi cuello, mis labios. Me repite que me ama, me muerde el labio, me muerde el seno, me muerde el pezón. Mi vagina empieza a revelarse, empieza a emitir señales de orgasmo cada vez más claras y frecuentes. El ruido de su vientre chocando en mi sexo se esparce por la callada habitación. Te amo, me dice. Lo sé, me digo. Su eyaculación está cerca, mi orgasmo quiere avanzar, pero mi mente la intenta detener. De pronto mis culpas empiezan a ceder, el placer quiere sacarlas de aquí, quieren tener un clímax pleno, perfecto. Él ha dejado de apoyarse en sus rodillas y ahora se impulsa desde la punta de sus pies, quiere penetrarme completamente, con fuerza. Su semen está listo, hirviendo en sus genitales. De repente, una imagen empuja la cortina blanca que he puesto ante mí para no perder los estribos, y puedo ver a mi joven vecino voyerista ante mí, mi espía, el chico repulsivo y con acné que tanto me desea. Besándome, oliéndome, derritiéndome con sus manos. Puedo sentir su lengua invadirme. Estamos de pie en el Jardín. Sus manos aprietan mis nalgas y mis senos. Su saliva inunda mi boca. Está tomándome, reclamándome como suya. Su sexo golpea mi vientre, quiere entrar en mi Venus, conquistar lo que es suyo. Yo estoy ahí, de pie, paralizada. Completamente aprisionada. Pero obedezco, y recorro mi mano hasta mi vientre y la colocó sobre el botón de mis shorts ajustados. Él sigue besándome, ríe por dentro sabedor de que me tiene. Desabrocho el botón y lentamente bajo la mezclilla. Mi trasero trata de evitarlo, pero un último tirón logra zafar mis glúteos de los shorts. Lentamente los bajo hasta mitad de mis torneadas piernas. Con mi mano temblando, tomo su short deportivo y su ropa interior juntos y los bajo dejando al descubierto un enorme sexo hinchado, virgen, deseoso. Separo un poco mis piernas, y mientras él sigue besándome como un depravado, tomando por igual mis tetas y mi culo, aprieto su latente extremidad y la coloco lentamente en la entrada de mi vagina. Él, como un perro intentando copular con su hembra, instintivamente comienza un ciego vaivén intentando colarse hasta el fondo. Finalmente lo logra, y siento cómo su carne me llena completamente, caliente, a punto de explotar, y grito, grito como loca. El orgasmo llega como una explosión. Me ciega aún con los ojos abiertos y grito más. Mi marido también grita, gime. Ha llegado al orgasmo junto conmigo, y sus últimas embestidas están bajando de ritmo. Los últimos espasmos pasan y cae rendido sobre mí, sudando, sonriendo. Yo estoy mirando al techo aún, pero ahora no hay pantalla blanca, ahora hay luces, estrellas. Una migraña me invade por la intensidad del momento. Estoy rendida, con una agitación notable al respirar. Él está sobre mis pechos, me besa el cuello.

Te amo, me vuelve a repetir.

Próximamente: Mi vecino voyerista  pte.4

 

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