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La Vecina

PRIMERO

El calor abrazador la envolvió desde el momento cuando ella abrió la puerta, cargada con su tarea de ropa para lavar. Se felicitó a sí misma por haberse dado aquella refrescante ducha fría cuando terminó de sacudir, barrer y trapear, hacer las camas y seleccionar los bultos de ropa que debía lavar a mano, en la pila contigua a la puerta de la cocina.

La sensación de aquel candente sol tropical no la arredró. Al contrario, se sintió afortunada porque de esa manera su ropa se secaría con mayor rapidez una vez tendida. Su ropa ligera, la ducha que tomó, el alero de tejado que la protegería del sol mientras lavaba con sus cómodas sandalias, le permitirían realizar aquella ardua tarea para la cual estaba físicamente en forma.

Dispuso sacar todas las canastas de ropa para no tener que entrar y salir constantemente. Cuando sacó el segundo bulto, su mirada, disimulada, se dirigió discreta hacia la ventana del joven hijo de sus vecinos. Sintió un escalofrío, como cada vez, cuando comprobó que él ahí estaba, torpemente oculto, presto para observarla mientras lavaba.

Olvidando la presencia del joven, que permanecía apenas oculto por la malla metálica que no permitía ver hacia adentro, pero sí desde adentro hacia afuera, ella comenzó a lavar. Su fortaleza y su vigor le permitieron alcanzar un ritmo pujante y sus movimientos, con sus rodillas flexionadas hacia el frente, sus caderas hacia atrás, y sus brazos, extendidos hacia adelante, eran precisamente lo que llevaba a aquel joven precoz a observarla con casi obsesiva paciencia hasta que terminaba ella con su tarea.

No pasó mucho tiempo para que él comenzase a masturbarse mientras la miraba sin saber que su silueta era visible por su cercanía a la ventana.

Y, como siempre, ella notó, con el rabo de su ojo, que él había comenzado a tocarse y que su cadencia se aceleraba lentamente hasta alcanzar un ritmo furioso que culminaba con una súbita desaceleración que le hacía saber que él había alcanzado su anhelado orgasmo.

Y esta vez, como en las ocasiones anteriores, ella se maravilló de la rapidez con la que él volvió a comenzar a hacerse el amor a sí mismo mientras la miraba.

Sin embargo, este día ella no solamente se sorprendió como cada vez, de la capacidad del muchacho para masturbarse una y otra vez. Ese día la sobrecogió entender, finalmente y con plenitud inconfundible, que ese muchacho la deseaba casi desesperadamente.

Llegada la noche, habiendo servido de comer a todos, recogida la mesa, lavado los platos, arreglados el salón, el pasillo y los dormitorios de todos y cada uno de la casa, se acurrucó junto a su marido, esperanzada. Lo abrazó por la espalda, extendió su brazo alrededor de su costado y buscó tentativamente tocar su pene antes que despertara, pero como con tanta frecuencia ocurría, él se sintió disgustado por su iniciativa y bruscamente apartó su mano y le reprochó con firmeza por buscar como ramera, su hombría.

Ella, cohibida por aquella familiar reprimenda, no tuvo más remedio que escucharlo aconsejarla sobre por qué no debe tomar disposiciones en ese sentido; que una mujer virtuosa está a disposición de su marido y no viceversa; y que buscar activamente que la usen la convierte, más allá de cualquier duda, en una puta, una mujer ofrecida y en una fuente de lujuria y pecado.

Concluida aquella perorata, ella se acomodó de lado, dándole la espalda, y contuvo hasta que pudo soportarlo, su llanto ahogado y acudió a su improvisado e insuficiente remedio de apretar sus piernas con una mano entre ellas.

SEGUNDO

Aunque lavaba la ropa un día de por medio, el día siguiente decidió lavar la poca ropa que había recogido de todas las habitaciones y siguiendo su rutina habitual, una vez bañada salió a lavarla. El sol, brillante como el día anterior, le permitió notar con muy poco esfuerzo que el chico no estaba tras su ventana, probablemente porque asumía que ese día no lavaría ropa, así que dispuso ser especialmente ruidosa para hacer notar su presencia.

Como supuso, al poco tiempo él se acomodó tras la ventana. Simulando sentir más calor del que sentía, fingió secarse el sudor de su frente se quitó el vestido ligero que llevaba encima. Su ropa interior, nada fina, pero al menos no anticuada, no hacía juego ni en los colores ni en el estilo. Pero la llevó a un grado mayor de desnudez que jamás el muchacho podía haber imaginado jamás ver en ella. Sin embargo, el pudor se apoderó nuevamente de ella y volvió a vestirse rápidamente y nerviosa, siguió lavando.

El muchacho, ante la inesperada desnudez parcial de su vecina, fue sacudido por una incontenible explosión de lujuria que nunca antes había sentido. Su mano ya no provocaba la misma placentera sensación a la que estaba acostumbrado. Más bien le generaba una conmoción inexplicable porque si bien seguía siendo placentero tocarse, le estorbaba sentir su propia mano envolver su miembro, y aunque eyaculó copiosamente, produciendo al hacerlo un escandaloso alarido que ella jamás había hasta ese día escuchado, estaba poseído por un impulso poderoso que le costó interpretar: necesitaba clavar su verga a como diera lugar.

La exclamación del muchacho había llegado a los oídos de su vecina. Comprendiendo perfectamente lo que significaba, sintió temor por lo que podría significar la reacción del joven. Su temor se incrementó cuando disimuladamente volteó hacia aquella ventana y alcanzó a mirar el furioso ritmo con el que él se sacudía mientras exclamaba repetidamente su lujuria, y se asustó todavía más cuando notó que él se alejó súbitamente de su ventana.

Inquieta, intentó concentrarse en su faena, pero el inconfundible sonido del cerco siendo saltado y el casi inmediato golpe de pies sobre el suelo le hicieron saber que él estaba ahí, detrás de ella. Lentamente giró su cuerpo para afrontarlo mientras erguía su espalda y escuchaba la agitada respiración del muchacho.

Sabiéndose expuesta y vulnerable, no pudo evitar que sus músculos se tensaran como si estuviera ante un peligro inminente. Sus sentidos, al nivel máximo posible de alerta, la tenían preparada para gritar y correr si fuera necesario. Sin embargo, no pensaba huir.

Viéndolo de frente, de su propia estatura, delgado y ligero, completamente formado, se sorprendió al notar la plenitud de su morfología, en contraste con el recuerdo que de él conservaba como el niño que conoció pocos años antes, cuando se mudó hacia aquel vecindario.

Lo primero que notó en él fue su mirada, concentrada tan solo en su pubis; notó también su respiración, agitada, capaz de provocar la casi exagerada expansión de su caja torácica con cada inhalación aceleradas y cercanas una de la otra. Fue hasta después que se dio cuenta de la palpitante erección que no podía ocultarse debajo del pantalón deportivo que él vestía, y viendo la monstruosidad de aquella animala, su propia tensión se reveló mediante una nerviosa exhalación que no era precisamente un suspiro y tampoco era un fallo en su voz, porque no había pronunciado palabra alguna.

Agitada su propia respiración, casi con el mismo ritmo que la del muchacho, su corazón se saltó un latido y su tórax se saltó un suspiro, entrecortando su propia quietud y revelando su genuina excitación ante la presencia de aquel macho decidido a poseerla.

Como si hubiera sido una señal de aceptación, el muchacho saltó hacia ella para tomarla casi violentamente entre sus brazos y besuquear su cuello y con sus manos estrujando su vestido por encima de sus pechos, despertando en ella el impulso de tomar su cabellera para alentarlo y no para alejarlo.

Excitado por aquella silenciosa respuesta, el muchacho tomó desesperadamente aquella cuca por encima del delgado vestido y en un instante de descubrimiento, se detuvo para asimilar el hecho de que estaba tocando una vulva; el sexo de aquella mujer que provocaba día de por medio las fantasías que culminaban en sus más explosivos orgasmos.

En esos breves instantes de aparente calma, en lo que él sentía la dureza del hueso púbico en contraste con la suavidad y casi insignificancia de la suavidad que había unos centímetros más debajo del montículo de Venus, ella relajó imperceptiblemente sus muslos, dejándole más espacio a él para ampliar el área de su exploración.

Sin embargo, él, anonadado por la intensidad de su experiencia, no sabía dónde más tocar. En cambio ella, privada desde hacía tanto de la excitación que le podía provocar un hombre, e impedida de provocar placer en quien debía gozarla, olvidó todo su entorno, su pasado y su propia identidad. Estaba sumergida en la intensidad de su propia voluntad de ser usada por aquel virgen varón que acudía dispuesto a todo por cogerla.

Así que fue en silencio que ella levantó el ruedo de su vestido para permitirle a él tocar ya por encima únicamente del calzón, su pubis y no le tomó mucho tiempo decidirse a pasar la mano por debajo de aquella estorbosa prenda para sentir la maraña de vello púbico de mujer adulta, que tanto él había imaginado ver y tocar.

No sabiendo mayor cosa sobre la anatomía femenina, su exploración se limitó a la pelusa maravillosa del Monte de Venus de su vecina, pero ella, ante la realidad de tener un hombre que la deseaba, lo deseó aún más y reveló su deseo con un suspiro largo, intermitente, profundo.

Absorto en el torbellino de sensaciones y emociones, el joven apenas notó aquella expresión de entrega y sumisión que le ofrecía su vecina y atolondrado fue hasta grosero en su frotación de aquel íntimo pelaje cuando sintió, para sorpresa suya, la mano de ella palpando su pene por encima del pantalón.

No fue de inmediato que se dio cuenta de lo que significaba, pero cuando se percató del hecho que ella estaba tocándole la verga, su conmoción fue tan grande que dejó de respirar, su pecho reaccionó como si hubiera recibido un golpe y la expresión de su rostro, aunque ella no podía verla, reflejaba sorpresa, un estado de alerta y lujuria; sí, lujuria, potente y portentosa, poderosa como la fortaleza del agua que irrumpe y revienta la cortina de una represa. Así se conjugó en él aquel impulso de preñar, de poseer; de pisar.

Desesperado, arrancó el calzón de aquella mujer, estirándolo y rasgándolo, lastimándola a ella un poco; pero así dispuesta y decidida como ella estaba, le aflojó el pantalón y como pudo intentó bajárselo, pero él, sintiendo el aroma de su sexo al aliviarla del estorbo de sus bragas, lo absorbió durante un instante antes de darse cuenta que ella se esforzaba casi sin éxito por quitarle el pantalón.

Viéndose ambos por primera vez a los ojos, muy cerca el rostro del uno con el otro, vieron las gotas de sudor que perlaban sus líneas faciales y sobre todo, notaron la agitación en la respiración del otro.

Sin haberla besado siquiera como había visto él en incontables películas, ni pensar en hacerlo, él terminó de bajar su pantalón y así, arrimada ella contra la pila de lavar ropa, de pie, encima de los girones en los que se había convertido su blúmer, él se acomodó y como pudo, la ensartó con su verga dura, hinchada y virgen hasta ese momento.

Con empujones fuertes como él, y poderosos como su deseo, la clavó sin misericordia y sin considerar siquiera el dolor provocado por el rompimiento de la membranas de su prepucio, aceptó el ardor de su desvirgación y volvió a clavarla, pisándola y desvirgándose en aquel humedal en el que se había convertido esa cueva bendita de mujer con dueño y con hijos que se dejaba poseer de aquel imberbe varón.

Ah, ¡Las sensaciones! A pesar de sus tres hijos y de ser mujer adulta, su vagina aún aprisionaba como guante aquel pene juvenil, provocando en él un placer diez mil veces más delicioso que la presión que sabía ejercer con su propia mano sobre su falo.

El calor de su vagina; su humedad; la lubricación que le permitía entrar y salir de manera tan placentera; la presión total que ejercía sobre toda la superficie de su virilidad, saturaban sus sentidos y sus terminales de placer.

Conectados todos los encajes de encanto en sus sentidos, su rostro, instalado cómodamente junto al de ella al nivel de su  mejía contra la oreja de la mujer, le permitía escuchar los jadeos que él provocaba con cada embestida, pero más poderoso aún, era su olor.

Ella olía a mujer; a sexo. A incontenible tentación. A fruto prohibido. Desde allá abajo entre sus piernas emanaba un olor acre, chocante en su primera aspiración. Era el aroma de un sudor particular mezclado con humedad carnal y de lujuria, con un toque de pipí y un dejo de dulzona sexualidad, difícil para él de discernir pero que aún así la percibía tan solo para aspirarla y detestarla mientras la disfrutaba.

Ese aroma se mezclaba con el de la piel de ella a la altura de sus hombros y su cuello: la piel tostada por el sol; el barato jabón en barra para lavar ropa; el sudor provocado por su faena y la humedad del agua que la salpicaba.

Todos los olores, captados a través de sus fosas nasales y procesados mil veces más rápido que la velocidad de la luz, hicieron que su verga se expandiera más y más, creciendo a una proporción de enorme corpulencia cuyo crecimiento él no sentía nada; percibía nada más que la envoltura vaginal que rodeaba su pija enardecida atrapándola, poseyéndola, encajándola con cada embestida, con cada penetración.

Pero ella sí sentía aquella verga crecer. Comenzó a percibirla apenas como un atisbo de que algo cambiaba y en su búsqueda de placer, estiró sus brazos para permitir a sus manos aprisionar las nalgas del muchacho y controlar así el ritmo de su frenesí. Apretándolas, logró frenar un poco su ímpetu y en una pausa provocada por la temporal desconcentración del muchacho en su placer, pudo sentir aquella pija crecer.

Impaciente, él continuó con su vaivén, aunque más despacio al principio. Y ella, impaciente como él, lo dejó continuar poseyéndola, pero intrigada por el fenómeno de su continuo crecimiento y para permitirse el gozo de sentir aquella pija clavándola, jugó con el control que sobre el ritmo había descubierto que podía ejercer con tan solo apretar un poco las nalgas del rapaz.

Así, pudo ella maravillarse de la sensación de aquella juvenil verga crecer dentro de ella, en un coito más intenso que todos los que su marido había provocado en ella en su rutinaria y ocasional penetración.

Una vez que él, decidido desestimó los intentos de ella por calmar sus embestidas y comenzó a agitarse su respiración y volverse más frenética y caótica su penetración, ella comprendió lo que comenzaba a suceder y viniendo a ella una oleada de pudor, sintió las poderosas descargas de la copiosa, espesa y caliente eyaculación que aquel muchacho escupía en su interior mientras a ella acudía la imagen de su abuela de rodillas en la iglesia, cubierta con un chal y con un rosario en las manos, haciendo una oración por la virtud y decencia de sus nietas.

TERCERO

El efecto de esa recordación provocó en ella el repudio de lo que sucedía, y con una fortaleza que a ella misma sorprendió logró apartar de sí al muchacho quien seguía expulsando semen y antes de saber lo que ocurría, aquella eyaculación portentosa y potente salpicó su vestido a la altura de su ombligo y una gota alcanzó hasta su cuello, desde donde comenzó un descenso que se perdió en el escote, entre sus pechos.

Sintiéndose inmunda, dio de manotadas al muchacho, intentando castigarlo y pegarle, y él sorprendido, sin darse cuenta del espectáculo que significaba estar con los pantalones alrededor de sus tobillos y con su descomunal pene erecto y palpitando aún la expulsión de su simiente inagotable, no pudo impedir que ella le diese un empujón más y como pudo, se metió a la casa, cerrando con llave, dejando al muchacho, desnudo como estaba, bajo el sol.

Se bañó y se lavó, frotándose como quien lava una olla curtida, sin poder despejar la sensación de suciedad que la percudía por el consentimiento que ella misma concedió a aquel acto de lujuria y de adulterio.

Se sosegó lentamente y poco a poco recuperó la calma. Se metió de cabeza a hacer las tareas de la casa y lavó el piso dejándolo perfumado y brillante; sacudió los muebles, limpió los espejos y gradualmente se olvidó de lo que había sucedido poco antes.

El chico, por su parte, no comprendía la reacción de su vecina y después de permanecer un buen rato bajo el sol y con los pantalones en el suelo, decidió irse a su casa con una sensación de inquieta plenitud, porque había perdido su virginidad de manera inesperada con la mujer de sus sueños y fantasías, pero su coito había sido interrumpido de modo muy, pero muy desagradable.

Encerrado de nuevo en su habitación, sólo en su casa al igual que ella, buscó nuevamente su virilidad y sin pensarlo siquiera, se masturbó nuevamente y luego otra vez y después otra hasta quedar dormido antes de que su madre volviera del trabajo.

Ella recibió a sus hijos que retornaban de la escuela y los esperaba con comida lista y preparada para servirlos. Su alegría al verlos fue jubilosa como pocas veces lo era, y se alegró sobremanera al sentarlos a la mesa y darles de comer para mandarlos luego a hacer sus tareas y ella recoger sus uniformes para lavarlos al día siguiente.

Al preparar las canastas de ropa para lavar al día siguiente recordó lo sucedido esa tarde y la sobrecogió su sentido de vergüenza que no pudo contenerse y se encerró en su habitación y lloró y lloró desconsoladamente, recordando los consejos y amonestaciones de su abuela para que cuidase su virtud y portase con orgullo los principios y valores que le había inculcado.

Estaba oscuro ya cuando la menor de sus hijos llegó a preguntarle qué sucedía y porqué lloraba y ella le respondió que sentía un gran dolor de cabeza y que por eso estaba así. La niña le pidió ayuda con sus tareas y ella se levantó a hacer los quehaceres que la niña requería y aprovechó para supervisar que los grandes hubieran ordenado sus cosas, hecho sus tareas y preparasen sus uniformes del día siguiente para la escuela.

Su actividad rutinaria la distrajo de sus remordimientos y la alegría natural e inocente de sus hijos la contagió y logró hacer que se durmieran un poco más temprano de lo usual.

Dormidos los niños, preparó la comida para su marido y despejó la cocina dejándola nítida y ordenada, como siempre. Lo esperó mientras miraba la televisión y después de ver sus novelas favoritas, siguió viendo la programación que usualmente no miraba nunca, pues su marido no llegaba.

Cansada, se fue a acostar y justo antes de quedar dormida, recordó lo sucia que estaba y lloró un poquito más hasta quedar dormida.

CUARTO

Despertó poco antes de que él entrase a la habitación. Los ruidos que torpemente hacía interrumpieron su sueño y en estado de total alerta lo esperó pues comprendió que llegaba borracho.

Sin levantar la voz, le ordenó que fuese a prepararle su comida y ella obedeció al instante. Con esmero nacido más de temor que de ternura, le sirvió, le cumplió lo que le pidió y luego, después que él se fue hacia la habitación, ella quedó un ratito más en la cocina limpiando y ordenando todo nuevamente.

El ya estaba acostado cuando ella entró al dormitorio. Acostado, más no dormido. Ella entró al baño, peinó su larga cabellera y realizó nuevamente sus rutinas previas a la cama.

Esa noche, mientras su marido la poseía, recordó cada instante vivido con su joven vecino y no pudo impedir comparar la sensación que cada uno de los dos hombres que la habían hecho suya le provocaron en un mismo día.

Y no sintió remordimiento alguno, ante la insípida cogida que su marido le daba, sin entusiasmo por parte de él, ni emoción por poseerla.

Solamente, durante un fugaz  instante, sintió temor de que pudiera él sentir una diferencia en ella por la presencia del semen ajeno en su cavidad, pero él no se percató de nada. Siguió cogiéndola con su pene semi-erecto como si ella fuere un objeto y tras inseminarla con un gruñido, se durmió.

Al comenzar su marido a roncar, las sensaciones que le provocaron aquel muchacho que vivía junto a su casa y la lujuria retornó a su pensamiento consciente.

Así, con una sonrisa secreta, recordó que tenía mucha ropa para lavar al día siguiente, y que, posiblemente, no podría terminar su faena en todo el día.

 

 

La Vecina
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