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La Abogada

En el preciso instante cuando sintió aquella cabezota tocar la puerta de su ano, su esfínter se tensó y se  cerró por completo a pesar de las indicaciones que recibió para que se relajase completamente.

Sin embargo, ese hombre a quien entregó su última virginidad antes que a su propio marido tenía a la mano un frasco con un espeso aceite que le aplicó con suavidad, presionando suavemente en ese delicioso músculo aún no tocado jamás por un hombre y ella, con los ojos cerrados gozando de aquella experiencia, no sintió el momento cuando el otro hombre puso directamente en su cara su descomunal pene de tal manera que su escroto estaba colgando desde la línea de su mandíbula y todo el trozo presionaba su cara y ella, instintivamente buscó acogerlo en su boca.

Apenas lo envolvió con sus labios, el hombre que estaba atrás le dio un empujoncito suave, mientras la sujetaba con sus manos aplicando gran fuerza a cada lado de sus caderas para que no pudiera ella buscar cómo escapar de su destino, y relajándose ella, permitió el paso de los primeros centímetros hacia su hasta entonces virgen orificio rectal.

Sintiendo con intensidad la lujuria de ese momento, horadada por su más celado orificio y con un pene en su boca que no podía mamar simplemente porque su boca permanecía abierta al sentir que la cogían despacito, para adelante y para atrás, metiéndosela un poquito más cada vez que se la volvía a meter.

Cuando ella se estremecía en un intenso orgasmo sin que se la hubieran terminado de meter y ahogándose con la otra verga, la que tenía en su boca sin querer soltarla, soltó un contenido alarido, preguntándose a sus adentros, “¿Porqué no llegué antes a este momento?

 

SIETE HORAS ANTES

Puntual, como siempre, llegó al lobby de aquel gran hotel quince minutos antes de la hora pactada. Visitó la tienda ubicada a un rincón apartado de la zona de visitantes para no ser vista y esperar así el paso de los minutos que restaban para encontrarse con su contraparte en el restaurante.

Faltaban tres minutos cuando atravesó la puerta del restaurante; se ubicó frente al maître, reportándose, para dejarse ver pero también para hacer uso del tiempo extendiéndolo a la perfección, ubicó de reojo la posición de la mesa en la que ya la esperaban, y midiendo su tiempo con la mayor precisión, apareció ante los hombres que la esperaban a la hora exacta a la que habían acordado encontrarse.

Ellos, notando su puntualidad perfecta y la elegancia de su porte, se pusieron inmediatamente de pie y con frío respeto la acomodaron en su asiento y comenzaron de inmediato a discutir los asuntos que los habían llevado hacia esa mesa.

Ambas partes estaban muy bien preparadas. Ella, en representación de su cliente; ellos su contraparte, ambas partes deliberaron, verificaron sus datos, intercambiaron furiosamente documentos electrónicos encriptados, todo a través de sus dispositivos portátiles sin levantarse de la mesa, entraron en un estira y encoge que comenzó a exigirles elevar los tonos de su voz.

Después de algunas horas, acordaron subir a la suite que compartían los visitantes, tanto para lograr mayor privacidad al discutir asuntos tan delicados, como también para acceder a los documentos que ellos invocaron y que casi en un estado de desesperación, intentaron utilizar para alcanzar el arreglo más favorable para su cliente.

Subieron a la suite, discutieron casi sin descanso otro par de horas más y luego comenzaron a redactar el documento que contendría el convenio y a hacer cada parte las llamadas necesarias para informar a sus clientes de lo que habían acordado y para alcanzar sus aprobaciones finales. Seguidamente remitieron los documentos a sus destinos naturales, los imprimieron y se dieron los tres un sonriente apretón de manos.

Para celebrar, los anfitriones hicieron aparecer una botella de champán con el que brindaron hasta vaciarla, y luego surgió una segunda botella para celebrar sin restricción y finalmente, una tercera para sellar el trato.

Ya relajados después de tan intensa negociación, la conversación derivó en nimiedades. Así, se enteraron que ella se había instalado en otra suite en el mismo hotel; que ella residía en otra ciudad y que viajaría al día siguiente en un vuelo que saldría poco después del mediodía; y que los tres estaban un poco afectados por el brindis, celebración y sellado del convenio con tres botellas de champán.

También se enteró ella que aunque logró un acuerdo por un valor mucho mayor que el que esperaba su cliente, la otra parte había estado dispuesta a pagar todavía un poco más.

Así que intercambiando detalles sobre sus resultados y otras cosas más, la conversación llegó a un silencio que presagiaba la salida de ella hacia su habitación.

Sin embargo, justo en el momento antes de que ella se pusiera de pie, el hombre de mayor rango le dijo así, sin ambages,

-“Eres una mujer espectacular. Difícilmente podría un hombre, aún uno exitoso, gozar de tenerte. ¿Cuánto cobrarías por tener sexo con nosotros dos, ahora mismo?

Incapaz de creer lo que estaba escuchando, sintió hervir su sangre con ira contenida a fuerza de gran disciplina, mientras, al mismo tiempo, sintió un cosquilleo en medio de las piernas.

Sin embargo, le pudo más el enojo y debió contenerse para no arrojar algo a la cara de su colega, mientras, de manera simultánea, su mente acelerada reconoció que ser usada por dos hombres a la vez era una fantasía largamente olvidada pero que le había provocado orgasmos genuinos mientras se masturbaba imaginándose en esa situación.

También observó que ambos eran jóvenes y atléticos y ante la propuesta tan indecorosa que le había sido hecha, no pudo evitar, aunque con gran discreción, notar que sus bultos eran respetables y abultados.

Además ponderó que el ofrecimiento surgía a raíz de la euforia del arreglo alcanzado y del efecto del champán, y que probablemente ninguno de los dos estaría en condiciones de cumplir su ofrecimiento.

Sin embargo, al observarlos nuevamente, reconsideró su análisis y tuvo que reconocer que eran ambos lo suficientemente jóvenes y saludables para no dejarse intimidar por unos cuantos tragos de más.

Así que se las jugó y respondió, “quiero diez mil dólares. De cada uno. En un cheque al portador, de cada uno, y ahora mismo”.

Con la certeza que el tamaño de la suma exigida haría que ambos se olvidaran del asunto, se dio cuenta cuando ambos se quedaron viendo, encogieron sus hombros y dijeron, “¡Está bien!

Quedó pasmada.

Ambos se dieron cuenta que ella había indicado esa suma creyendo que se echarían para atrás, pero al darse cuenta de su sorpresa, se rieron y el de mayor rango le dijo que sus partidas para gastos de representación eran sumamente generosas y que siempre les sobraba más que la cantidad que ellas les estaba pidiendo, así que esperaban que ella cumpliera con su parte del trato.

Pensando con rapidez, ella se admitió a sí misma que era la oportunidad de cumplir una fantasía largamente anhelada; que podía exigirles un pacto de confidencialidad con cláusula penal, lo cual aceptaron, y que ellos avanzarían desnudos hacia su suite cubiertos únicamente con las batas suministradas por el hotel en cada suite, para asegurar que no llevasen algún dispositivo oculto.

Acordadas las condiciones, redactado e impreso el acuerdo de confidencialidad ligado a la negociación principal, y habiéndolo firmado junto con un solo cheque por veinte mil dólares, ella se marchó a su habitación y los citó para aparecer en ella en una hora.

Ella ya estaba bañada, depilada, desnuda y perfumada cuando ambos llegaron. Exigió que comenzaría con uno de ellos, sin importar con cuál de los dos, y que después, una vez que las cosas estuvieran en marcha, el otro podría incorporarse a la acción.

Así, el hombre de mayor rango ingresó con ella a su habitación mientras el otro se quedó en el salón de la suite, sumamente excitado pero calmado y como ellos dejaron entreabierta la puerta de la habitación para que él pudiese entrar más tarde, se acomodó para observar lo que ocurría.

Desinhibida por completo, ella se puso de rodillas ante el hombre mayor quien permaneció de pie mientras ella paladeó el sabor y absorbió el aroma de su hombría.

Él, sin embargo, era un hombre poderoso. Acostumbrado a que las cosas se hicieran como él dispusiese, la tomó del cabello y la levantó haciendo que se pusiera de pie y le dejó ir la primera nalgada.

-“¡Esto es por puta!” exclamó mientras le soltaba una nalgada y luego otra.

Tomándola del cabello, tirándoselo con fuerza hacia atrás y poniéndola a espaldas hacia él, se movió hacia adelante y tomando su pecho derecho con su boca, se lo mordió y le succionó para dejarle, entre sus forcejeos y lloriqueos por lo que él le hacía, una marca de mamón en el pecho, muy cercano a su pezón.

-“¡GROSERO!”,

Exclamó ella, mientras al mismo tiempo, extendía su brazo para tomar en sus manos su escroto y apretarlo lo suficiente para hacerlo brincar de dolor, pero él, reponiéndose rápidamente del sorpresivo ataque, riendo la besó con mordiscos en el cuello y haciéndola girar de repente, la obligó a doblarse hacia adelante, con sus manos sobre la cama y él, detrás de ella, le sostenía el cabello con una mano mientras le daba de nalgadas con la otra.

Ella, sintiéndose dominada por un macho potente y viril, se volvió sumisa y le susurró apenas palabras imperceptibles, entre jadeos y gemidos que revelaban el grado de excitación que ella sentía.

Introduciendo su mano en el bolsillo de la bata, que no se había quitado hasta ese momento, destapó con una mano el frasco de cera oleaginosa perfumada que utilizaba para ocasiones como ésta y con sus dedos índice y del corazón untó una generosa cantidad de aceite sobre el ano de la mujer.

Ella, sobresaltada y con genuino miedo y arrepentimiento, alcanzó a intentar zafarse de aquel hombre que la tenía dominada agarrándola de su cabello sin dudar en causarle dolor.

Pero él, recordándole que ya le había pagado por adelantado por los servicios pactados, tenía el derecho pleno de usarla como él deseaba, y ella, aunque arrepentida y asustada, también se sintió dispuesta a someterse al placer que estaban a punto de provocarle.

Así que exclamando su sumisión, reconoció en su más profunda conciencia que era una puta; que quería ser esa puta; y que era una puta cara y bien pagada, y por lo tanto, se preparó para recibir un falo que la desvirgaría por donde ningún hombre había penetrado jamás. Ni siquiera su marido, quien se lo solicitaba con frecuencia, había logrado horadar aquel último vestigio de virginidad que ella había reservado con la idea de no usarlo jamás, porque le asqueaba la idea de usarlo como fuente de placer.

Allí, sometida, dominada, resignada pero a la vez intrigada y anhelante, se liberó de toda vergüenza y exclamó, casi a gritos, “¡PISAME, PAPI QUE SOY TU PUTA!”

Escuchando esas palabras, con el dedo pulgar comenzó a regar el aceite espeso que había depositado a las puertas de aquel ano virginal y con su dedo pulgar frotó aquel músculo que lentamente comenzó a dilatarse con el masaje delicioso que aquel inesperado amante le ofrecía.

Volteando a ver hacia donde su subalterno observaba todo en silencio, le hizo un gesto con la cabeza para que se ubicara frente a ella y agregando el otro de su propia iniciativa, le puso su verga sobre su cara.

Como ella no se lo esperaba, y de hecho, había olvidado la presencia del otro hombre por estar ensimismada en la complejidad de las sensaciones que la estremecían, tomó con su boca aquella verga mientras el otro, dominante, comenzaba a desvirgarla.

Apenas se la metió un poquito y se devino en su primer orgasmo.

Él aprovechando la ocasión, la ensartó completamente en un solo movimiento, brusco, potente, abusivo y rapaz.

Entre los dos la cogieron con lujuria y ella sola, como fiera en celo y embramada, los exprimió.

Aun cuando la tuvieron ensartada por ambos orificios al mismo tiempo, logró sobreponerse a sus recelos y remordimientos.

Porque desde esa noche en adelante ningún hombre, ni su marido ni sus hijos y mucho menos sus futuros clientes la contendrían ya jamás para vivir su nueva vida secreta, porque ella sabía y sin avergonzarse, que era una puta cara.

Y las putas siempre cobran a quien está dispuesto a pagar.

La Abogada
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