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A mi Señor, con cariño

La espera me estaba matando. Mi señor llegaría en cualquier momento, pero parecía que los segundos se alargaban eternidades, así que salí a fumarme un cigarrillo al balcón para distraerme. El aire estaba helado y yo solo llevaba puestos los jeans y una playera negra, mis pies se quejaron del frío inmediatamente. Apenas había dado un par de fumadas cuando escuché la puerta abrirse, así que me volví para verlo entrar. Recargada en el barandal, seguí fumando sin hacer ningún intento por volver a entrar, al menos no hasta que recibiera mi sorpresa. Cruzó la estancia en dirección a mí sin quitarme la vista de encima, pero una dulce voz, con un muy obvio tono de lujuria, lo detuvo en seco a mitad de la sala.

– Tenías razón. Es todo un macho.

Aún me miraba, así que vi cómo abría los ojos con sorpresa y cómo apenas se dibujaba una sonrisa en sus labios cuando escuchó los pasos de mi amiga acercándose. Se detuvo justo a sus espaldas y acarició sus hombros, bajando por los brazos, dándole la vuelta para quedar frente a frente. Estaba de pie allí sin moverse, dejándose tocar por esta desconocida. Más baja que yo, de una piel tan blanca que con solo apretarla un poco, los dedos se quedan marcados en rojo brillante. Con el cabello castaño claro, corto hasta el mentón, enmarcando un rostro de facciones muy finas, grandes ojos color miel y unos labios carnosos pintados de un rojo brillante que acentuaba más su forma de corazón. Delgada y delicada como una bailarina de porcelana, llevaba un vestido corto negro de una sola pieza que escondía mi elección de atuendo para la noche, un liguero y medias de red negras, nada más. Giró para mirarme.

– ¿Aguantará?

– Seguro que sí.

Maté el cigarrillo en un cenicero para entrar de nuevo, pero esta vez directo hacia ella. Tomé su cintura, mi brazo le daba la vuelta completa y casi le saco una cabeza completa, aún cuando ella trae tacones y yo voy descalza. Pero uno no debe confiarse del tamaño, los venenos más letales vienen en frascos pequeños. Rodeó mi cuello con sus brazos y pegó su cuerpo al mío, ofreciéndome su boca para comerla. Él seguía a nuestro lado, inmóvil, viendo cómo mi mano subía por la espalda de esta pequeña bailarina para bajar por su costado, dibujando la curva de su seno. Volteamos a verlo al mismo tiempo, atacamos al mismo tiempo, un par de leonas perfectamente coordinadas para la cacería.

Mientras yo apretaba mis senos contra su espalda para poder rodearlo y desabrochar su camisa, mi amiga se encargaba de desabrochar los pantalones de mi señor. Sabía perfectamente que se estaba dejando hacer, que en cualquier momento mi amiga y yo quedaríamos sometidas a sus deseos si él quisiera, aprisionadas por esas enormes manos. Pero por ahora, nosotras queríamos divertirnos un poco y él parecía bastante dispuesto, así que entre las dos fuimos empujándolo hacia la cama. Casi parecía que estaba jugando, poniendo un poco de resistencia. Bien sé que sí quisiera, no podríamos moverlo ni un centímetro, pero bueno, somos dos contra uno y la sonrisa que trata de esconder lo delata.

Lo tiramos sobre la cama a medio vestir para que pudiera seguir viendo cómo atrapaba yo a mi amiga por la espalda, una mano en su largo cuello y la otra recorriéndole la parte interna de los muslos, subiendo hasta llegar a la orilla de sus medias. Podía sentir que ya estaba bastante caliente, la humedad ya empezaba a escurrir en su rajita depilada así que levanté el vestido para que mi Señor pudiera ver el regalo que le había traído su perra. Abrí suavemente los labios para dejar expuesto su clítoris mientras apretaba un poco más su cuello. Sus manos se enredaron en mi cabello y giró la cabeza para poder lamerme los labios mientras mis dedos acariciaban el pequeño botón rosado entre sus piernas.

No le había quitado los ojos de encima y vi que, una vez más, no tendría el gusto de ponérsela dura yo. Terminó de quitarse la ropa mientras nos observaba y estaba tirado sobre la cama masturbándose. Empujé a mi amiga hacia la cama para que quedara en cuatro patas sobre mi señor y, ofreciéndome todo el culo para chuparlo, ella se encargaba de mamarle la verga. La vi inclinarse para tragársela casi completa al tiempo que yo acariciaba su rajita suavemente para extender sus jugos hasta el culo. Cuando metí dos dedos en su coño y mi lengua en su culo la escuché gemir, con la polla aún metida bien profundo en su garganta. Dibujando pequeños círculos con la punta de mi lengua en su apretado ano, mis dedos girando mientras entraban y salían, no tardó mucho en tratar de levantar su cara para decirme que se iba a venir, pero unas enormes manos la detuvieron para evitar que interrumpiera su labor de chuparse esa polla. Escuché cómo se ahogaba mientras mi señor se la follaba por la boca sin piedad, así que seguí mi trabajo, pellizcándole y acariciándole el clítoris con una mano, mientras mi lengua daba paso a mis dedos empapados por sus jugos, para irle abriendo un poco el culo. Estaba tan apretado que sabía que muy pronto se iba a correr, así que me acomodé para poder meterle la lengua en el coño y comérmela mientras se venía, limpiando los jugos que rebozaban mezclados con mi saliva, escurriéndome la cara.

Era mi turno, así que me acosté para dejar que él se pusiera sobre mí y metiera su verga en mi boca, empalando mi cabeza contra las almohadas mientras mi amiga me quitaba los pantalones y abría mis piernas para acomodarse entre ellas. Yo también iba toda depilada, su lengua acariciaba mis labios sin abrirlos todavía, la yema de su dedo lentamente acarició la entrada de mi coño. Podía sentirme escurrir hasta las nalgas, seguro que mi culo ya estaba todo empapado, así que no le costaría trabajo penetrarme. Su dedo pulgar jugaba con mi culo, su lengua exploraba suavemente los pliegues entre mis labios hasta encontrar mi clítoris mientras me metía dos dedos en la vagina para devolverme el favor. Atrapada contra las almohadas, con el peso del semental sobre mi pecho y su verga metida hasta mi campanilla, las lágrimas corrían. Mi amiga había abierto mis piernas y las sostenía en esa posición con más fuerza de la que parecía tener. Estallé en un orgasmo en sus dedos y su lengua, gruñendo de placer con la boca llena de su polla, que no sacó hasta que dejé de temblar.

La delicada figura de mi amiga se dibujaba contra la púrpura colcha cuando fue a tirarse junto a mí. Cuando por fin mi boca fue liberada, recuperé el aliento y volteé a verla. La blancura de sus senos quedaba coronada por unas rozadas puntas, sus duros pezones, que eran una franca invitación a ser devorados como la cereza del pastel. Me escurrí hacia ella, entre sus piernas, respirando suavemente por su entrepierna, lamiendo la parte de adentro de sus muslos y subiendo por su vientre, decidida a conquistar esa cima del placer al tiempo que levantaba las caderas para ofrecerme a mi Señor.

Las nalgadas resonaron por la habitación. Una, dos, tres. Volteé a verlo sorprendida pero me topé con que casi se reía.

– Las invitadas primero, perra.

Las carcajadas de mi amiga rompieron el silencio.

– Mira tú, te salió más cabrón que bonito.

– Si no fuera así, no me lo estaría cogiendo.

Liberé las piernas de mi amiga para montarla sobre el vientre, de esa forma, los coños de las dos quedaban a disposición de él, para que follara a su gusto. Además, de esta forma podía darme a placer ese par de tetas que se me antojaban tanto. Llenaban mi mano, con los pezones escapándose entre mis dedos para ser acariciados por la punta de mi lengua. Interrumpí mi disfrute para voltear a verlo, de pie atrás de nosotras con toda la polla escurriendo nuestra saliva.

– ¿Te gustó mi sorpresa?

Por supuesto, la respuesta de mi señor no se hizo esperar. Jalándome del cabello hacia atrás, estrelló mi espalda contra su pecho, metiendo su mano entre mis piernas para masturbarme tan lentamente que era casi una tortura. Mordió mi cuello con fuerza, un recordatorio nada más. Mi amiga abrió los ojos con temor cuando la miró fijamente mientras me decía al oído:

– Voy a follarme a tu amiga hasta destrozarla, y tú lo vas a ver todo. Y luego te voy a follar igual a ti.

Sentí el escalofrío recorrer mi espalda de nuevo, pero despertando otro tipo de perversiones por parte de mi señor. Esta vez iba a ser diferente…

A mi Señor, con cariño
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One thought on “A mi Señor, con cariño”

  1. Muy bueno, me ha gustado, por muchos motivos.
    Primero, por el tono. Que el hombre actúe con autoridad y la pareja lo llame “señor” y acepte lo que él haga y diga. Como debe ser en estas fantasías.
    Y después, por el trío… Que dos mujeres examinen a un hombre y después de coincidir en que les será de buen uso en la cama, lo agoten a sexo entre las dos… Sí.

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