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3. Tania e Iván: El Amante Recuperado (Final)

Mi madre nunca pudo entenderme. Entendernos a los dos.

Desde que nos separaron a mi hermano Iván y a mí, yo me consideraba un espectro. Alguien triste, fría. Incapaz de sentir ninguna emoción positiva. Nada me importaba a excepción quizá de mi hermana Erika, quien aportó algo de luz al pozo en el que estaba atrapada.

Pero mi madre…

Ella nunca pudo entender la clase de amor que sentíamos el uno por el otro. Tampoco es que le importara mucho ya que para ella la verdadera perversión residía en que dos hermanos tuvieran sexo.

El día que nos sorprendió juntos pude verlo en sus ojos. El asco, el miedo y el sin sentido que representaba para ella. Al día siguiente, su mirada solo reflejaba odio y ese odio apagó mi mundo.

Pero un día mi mundo volvió a brillar. El día en que volví a verle…

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Corrí en su dirección tanto como él en la mía hasta que nos alcanzamos fundiéndonos en un abrazo enorme. Bueno, para ser sincera he de decir que literalmente salté sobre él y lo atrapé con brazos y piernas haciendo que estuviésemos a punto de caer al suelo. Pero de alguna forma Iván resistió la embestida y me sostuvo sobre él.

Después de tanto tiempo, volví a sentir su olor, su tacto… Su calor. Volví a llorar de alegría.

Cuando Erika llegó a nosotros también lloraba, pero con una expresión alegre en el rostro.

Se acercó tímidamente para no romper la magia de nuestro momento, pero Iván y yo acabamos atrapándola en nuestro abrazo y así permanecimos un buen rato. Al menos hasta que un conductor pitó para hacernos salir de la calzada.

Mientras llegábamos a la acera, el instinto hizo que Iván y yo entrelazásemos los dedos tímidamente solo para soltarlos bruscamente cuando Erika se giró para mirarnos. No fuimos lo bastante rápidos.

– ¿Pero qué hacéis? – Preguntó extrañada. Iván y yo nos pusimos algo nerviosos temiendo que se hubiese enfadado.

– ¿Estáis tontos?… – Dijo agarrando nuestras manos y volviéndolas a unir.

– Pensaba que ya os había quedado claro. ¡A mí no me importa lo vuestro! – Aquello nos desconcertó. Era una situación extraña y nueva que nuestra propia hermana nos animase a estar juntos.

– Chica, como no le plantes un beso en los morros… Le meto en un tren de vuelta a Barcelona. Tú verás… –  Aquello me hizo soltar una risa nerviosa que se cortó cuando mi hermano se encaró hacia mí también algo nervioso. Mi corazón se disparó.

Tenía ganas de besarle, claro. Pero siempre lo habíamos hecho en privado mientras que ahora estábamos en plena calle y con nuestra hermana mayor mirando.

Iván también parecía estar repasando excusas en su mente pero al final, como a mí, se le acabaron y el deseo pudo con la timidez.

Di un paso al frente y posé mis manos en su cintura mientras me estiraba para alcanzar sus labios. Fue un beso rápido. Tímido. Pero tras él, nuestros rostros se quedaron a pocos centímetros el uno del otro con nuestras miradas atrapadas en medio, chocando la una contra la otra y expresando con dureza la suma de todos los sentimientos que bailaban en nuestro interior.

Entonces se produjo ese momento en el que todo parece detenerse y apagarse, como si estuviésemos en medio de una pista de baile con un enorme foco de luz sobre nosotros, mientras suena una de esas canciones lentas que te incitan a seguir abrazados. Imagínatelo…

No puedes hablar, por que la canción y vuestras miradas lo dicen todo. Y entonces, sin previo aviso, se produce la magia.

Nuestros labios chocan lentamente mientras el beso nace poco a poco.

Al principio, te contienes por miedo a romper la atmósfera, pero poco a poco ganas confianza y te vuelves más osada. Cuando no sólo notas tu amor por él saliendo de tu pecho, sino que también te dejas atrapar por el suyo.

Durante los segundos siguientes, el beso se prolonga. Tus sentidos se disparan. Notas su respiración, su olor, su sabor. La presión de su boca tratando de devorarte lentamente…

Al final la canción se acaba, pero no te importa. Sólo quieres seguir besándole un poco más. Mientras el mundo que te rodea vuelve a reaparecer poco a poco hasta convertirse en un concierto caótico dejándote la sensación de que el momento se escapa y nunca volverás a vivir nada semejante.

Volvíamos a estar en aquella calle.

Cuando mi hermano y yo nos separamos, Erika nos observaba en silencio, sorprendida y con los ojos empañados.

– Os teníais ganas ¿Eh? – Preguntó al final secándose las lágrimas con los dedos. Aquello hizo que me ruborizara, pero había ganado confianza. Agarré la mano de Iván y no volví a soltársela en toda la tarde.

Erika nos llevó a su piso para dejar el escaso equipaje y después nos mantuvo toda la tarde ocupados yendo de compras. Aprovechamos para ponernos al día de nuestros asuntos y de paso regañar a Iván por no estudiar en condiciones. Bueno, la verdad es que también yo me llevé mi rapapolvo por lo mismo. Era evidente que nuestra hermana se mantenía informada de todo.

Al final, después de cenar en un restaurante italiano volvimos a casa. Erika nos había cedido su cuarto que tenía baño propio. Mientras, ella dormiría en el de su compañera de piso. Algo más pequeño y con una cama menos amplia. Se despidió de nosotros con un abrazo y el silencio inundó el cuarto cuando cerró la puerta tras de sí.

Saqué de mi pequeña maleta un pijama azul bastante viejo pero que era uno de mis favoritos. Durante unos segundos dudé sobre si debía cambiarme en el baño ya que me embargó la vergüenza repentinamente.

Era absurdo, él me había visto desnuda cientos de veces. ¡Habíamos hecho el amor otras tantas! Pero tras un año éramos de nuevo como dos desconocidos. o lo más parecido. Bueno, no tenía ni idea… estaba hecha un lío tremendo.

Al final, le di la espalda y comencé a desnudarme en silencio mientras él encendía una lámpara de noche y apagaba la luz del cuarto. Luego se sentó en la cama para observar el espectáculo. Su mirada era como una carga pesada sobre mis hombros pero no dejé de desnudarme.

Primero fue mi chaqueta rosa con capucha mientras me sacaba las zapatillas con los pies. Luego me desabroché los botones del pantalón vaquero blanco, pero acabé quitándome la camiseta negra ajustada y desabrochando el sostén dejando mi espalda al descubierto.

Después de quitarme el sostén eché mano de la parte superior del pijama pero…

– Espera… ¿Puedo verte? – Preguntó nervioso. Me giré lentamente a pesar de la vergüenza. Su mirada se encendió y casi pude sentir su calor.

– Ven… – Dijo tendiéndome una mano.

Tras unos segundos me acerqué a el y me agarró por la cintura para sentarme sobre su pierna izquierda mientras sus labios comenzaron a asediar mi hombro y mi cuello.

Le amaba. Le deseaba. Quería volver a hacerle el amor. Pero por algún motivo aún esperaba que todo fuese una broma cruel y me mantenía a la defensiva con un brazo cruzado tratando inútilmente de cubrirme los pechos. Estaba muy tensa.

– ¿Estás bien?… – Preguntó.

– Si, si… Es sólo que… Me cuesta creerlo. Esta mañana mi vida era un asco y ahora… Estás aquí… – Dije acariciando su rostro.

Nuestras cabezas quedaron unidas cuando apoyé mi frente sobre la suya.

– ¿Y cuál es el problema?… – Dijo agarrando mi mano y besándola.

– ¡Ninguno! De verdad… Sólo que… No quiero volver a perderte. El domingo tienes que irte y no… –

– Eh eh eh… No me vas a perder. Ahora sabes que nos estaremos esperando el uno al otro. Además, Erika nos está ayudando… – Dijo interrumpiéndome.

– Pero es que sólo es un fin de semana… – Insistí.

– ¡Pues no lo desaproveches!. Tania… Estamos aquí, ahora. Juntos… Es más de lo que ninguno de los dos hubiese soñado… – Sentenció besándome.

En ese instante la puerta sonó un par de veces justo antes de abrirse.

– Por cierto chicos se me ha olvidado… – Me puse en pie de un salto cubriéndome el pecho con el pijama cuando Erika entró. Su cara reflejó la vergüenza que la invadió en ese instante y comenzó a retroceder.

– ¡Oh! ¡Mierda! ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Perdón! No pensaba que… Bueno, que miréis en el segundo cajón por si… ¡Adiósbuenasnoches! – Dijo finalmente cerrando la puerta apresurada.

Una vez pasado el susto inicial, Iván arrancó a reír contagiándome la risa. Me dejé caer sobre la cama mientras él rebuscaba en el segundo cajón.

Al sacar una caja de preservativos, nos miramos en silencio y poco después volvimos a reírnos con más fuerza. Aquello cada vez parecía más surrealista pero de alguna forma comenzaba a aportarme algo de seguridad.

Al final, más calmados, acabamos tumbados uno frente al otro. Observándonos con ternura entre caricias.

– Tienes razón… Estamos aquí. Ahora… Juntos… – Dije justo antes de besarle. No tenía sentido darle vueltas ahora. Después de un año, tenía la oportunidad de volver a tenerle y estaba dispuesta a aprovecharlo.

Me coloqué sobre su cuerpo mientras  devoraba su boca y quemaba su piel con mis manos. Cuanto más le besaba, más me excitaba. Cuanto más me excitaba, más le acariciaba el cuerpo buscando excitarle a él. Cosa que no me costó demasiado. Hay cosas que no se olvidan nunca y yo conocía todos los secretos de su cuerpo.

Le ayudé a quitarse su camiseta rápidamente mientras mis manos redescubrían su pecho. Estaba caliente, Acelerado y su corazón era como un martillo golpeando mi mano.

Las suyas se lanzaron a mis pechos. Sabía que se había fijado en que me habían crecido un poco en todo este tiempo. Probablemente no me crecerían mucho más, pero no importaba, para mí eran perfectas y también parecían serlo para él, que comenzó a devorarlas con avidez.

Sentirme deseada de nuevo era increíblemente excitante. A penas me había masturbado pensando en él unas cuantas veces durante ese año pero no se podía comparar con esto.

Sus manos suaves y calientes exploraban mi torso desnudo prendiendo fuego a mi piel mientras sus labios acosaban mis pezones sin cesar hasta conseguir erizarlos.

Para entonces, yo ya no aguantaba más y reclamé su atención volviendo a lanzarme a sus labios mientras trataba impaciente de desabrochar su pantalón. Al final, tuvo que ayudarme con el último botón mientras comencé a dar tirones para arrancárselo. Cuando lo conseguí, lancé su pantalón estrellándolo contra la mesilla de noche, creando un pequeño caos de fotos caídas, perfumes volcados y papeles revueltos.

Luego llegó el turno del mío que costó un poco más por que era ajustado y además no podíamos dejar de besarnos. Pero por fin, con media cama deshecha y los labios enrojecidos por el roce, mi pantalones salieron llevándose con ellos mi ropa interior. No había hueco para las sutilezas. Estábamos acelerados y no queríamos parar. Le echaba tanto de menos…

Cuando lancé mi mano bajo su ropa interior encontré su pene totalmente erecto. Ardía bajo el suave movimiento de mi mano al masturbarle lentamente.

Quise lanzarme sobre él y practicarle el mejor sexo oral que le había hecho nunca, pero me lo impidió tirando de mí y volviendo a poner mis labios al alcance de los suyos.

Esta vez fue él el que lanzó su mano entre mis piernas buscando prenderme fuego definitivamente.

– Te… Te he echado tan… to, ¡aaah…! tanto… de menos… Iván… ¡aaah… Dios…! – Dije mientras sus dedos se dedicaban a provocar el caos. No era sutil ni paciente, pero tampoco lo esperaba. Éramos dos volcanes en erupción constante que acumulaban presión antes de explotar.

Pronto, mi clítoris se convirtió en el punto débil que atacaba sin cesar obligándome a someterme completamente a él.

Cuando sus dedos comenzaron a penetrarme, me lancé para alcanzar un preservativo pero desistí. Estaban muy lejos.

Acabé descargando mi impaciencia y mi excitación sobre su cuello cuando estiró su brazo para tratar de alcanzar la caja de preservativos que acabó tirando por accidente al suelo y fuera de nuestro alcance. Eso colmó mi paciencia y directamente le arranqué su ropa interior como había hecho con su pantalón. Después, me puse sobre él con las rodillas a ambos lados de sus caderas y sujetando firmemente su pene, me dejé caer lentamente.

Cuando comenzó a abrirse camino, aun estaba bastante apretada y me pareció algo molesto. Pero me daba igual, no pensaba parar. El placer llegaría tarde o temprano.

Por suerte estaba bastante bien lubricada y no tardé en dilatar permitiendo que entrara completamente. El placer llegó sin más y me arrancó un profundo gemido que expresaba no sólo mi excitación sino en cierto modo, mi liberación. El fin de todas mis dudas y preocupaciones. A decir verdad, estaba tan excitada que ello hizo que no me importara nada más que tenerle dentro de mí.

– ¡Dios!… – dije mordiéndome el labio mientras mi cuerpo avanzaba y retrocedía cada vez más rápido.

Iván se dedicaba sólo a respirar. Para él parecía ser un trabajo increíblemente duro ya que el placer le desbordaba. Eso me animó a seguir moviéndome buscando darle más placer. Pero faltaba algo.

Mi hermano me sorprendió incorporándose hasta sentarse en la cama y rodeándome con sus brazos, se  levantó conmigo a cuestas y me llevó hasta la pared más alejada a la cama. El choque contra el mueble fue violento pero a penas dolió. Acabó sentándome sobre él tras apartar las cosas que había con un manotazo. Algunas cayeron al suelo pero no nos detuvimos a mirar qué eran.

No había elegido ese punto al azar. El mueble tenía la altura perfecta. Abrió mis piernas y volvió a penetrarme con fuerza arrancándome otro gemido fugaz que fue más un pequeño grito que otra cosa.

Lo que vino después fue algo que conocía bien. Una sucesión de embestidas violentas que comenzaron a desmontar toda mi iniciativa y que me convirtieron en una simple muñeca de trapo a su merced. Esa era una de sus posturas favoritas y se entregaba a fondo en ella, eso estaba claro.

Mi respiración se mezclaba con los gemidos que lograban escapar a mi control mientras su ritmo lejos de ceder, aumentaba. Mis manos y mis labios se volvieron torpes a causa de las descargas de placer, pero me las apañé para sobrevivir un buen rato mientras mi interior parecía estar a punto de explotar. Ni siquiera me importaba ya contener los gemidos. A esas alturas Erika debía de estar alucinando.

– Iva… Iv… Iván… Dios, no… Pue… – En ese instante me sorprendió un orgasmo que me hizo doblarme tratando de alejar a mi hermano de mí inconscientemente. Pero no lo conseguí así que simplemente me quedé con la cabeza apoyada en su hombro mientras seguía penetrándome sin compasión.

Sus embestidas disminuyeron cuando mi interior comenzó a desbordarse empapando su pene como pocas veces me había ocurrido.

Mis gemidos se estrellaban contra su hombro mientras una de mis manos se aferraba a su nuca y la otra clavaba las pocas uñas que tenía en su espalda. Podía notar aquella humedad goteando y resbalando por mi vagina hasta fundirse con el mueble. Pero mi hermano no estaba dispuesto a darme tregua y comenzó a acelerar el ritmo de sus embestidas otra vez haciéndome  suplicar para que parara. Pero no lo hizo y eso volvió a llevarme al limite otra vez.

Sin haber empezado siquiera a recuperarme del primero, un segundo orgasmo me hizo bufar como una gata enfadada mientras mantenía los dientes apretados con todas mis fuerzas. Si llegué a manchar esa vez no estaba segura, mi cabeza daba vueltas y era consciente de pocas cosas. Solo supe que comencé a sentir cada milímetro de mi piel ardiendo hipersensible mientras mi cerebro se saturaba.

Mi vagina ardía con el roce de su pene, mi piel se erizaba con sus embestidas y mis muslos, aferrados a su cuerpo, comenzaron a arder por el esfuerzo. Las últimas embestidas ni siquiera las sentí justo antes de correrse en mi interior. Podía ver su pene entrando y saliendo de mí completamente empapado en semen. Como ya sabía, algunas cosas no cambian nunca y esa era una de ellas. Su primera corrida siempre era inmensa.

– Joder… enana… No sabes como echaba de menos esto… – Dijo tratando de recuperar el aliento mientras me besaba.

– No… Ya… Ya lo veo… – Dije sarcástica. Luego le di una fuerte palmada en el pecho fingiendo estar enfadada.

– ¡Y Ahora no me llames enana! – Escuchar “nuestra frase” hizo que comenzara a reírse mientras me abrazaba. Yo le abracé a él aún exhausta por los dos orgasmos consecutivos pero sin perder de vista la leonera en la que habíamos convertido el cuarto de Erika. Me parecía increíble que dos personas pudieran provocar tal desorden, pero por otro lado siempre nos había ocurrido lo mismo.

Cuando retiró su pene de mi interior me ayudó a bajar del mueble. Lo habíamos dejado pringado de semen y fluidos además de haber descolocado todas las cosas que había encima. Incluida una foto vieja de toda la familia de cuando aún éramos felices todos juntos.

Cuando la cogí para verla de cerca Iván me abrazó por detrás y apoyó su barbilla en mi clavícula.

– ¿Lo echas de menos? ¿Cuando éramos una familia normal? – Pregunté.

– mmmm… No mucho – Contestó tras varios segundos. No era la respuesta que esperaba.

– ¿Por qué? – Pregunté extrañada.

– Por que cuando éramos una familia “normal” tú y yo aún no… No habíamos “empezado” – Contestó haciéndome cosquillas en el estómagos.

– ¡Venga ya! Hablo en serio… – Me quejé divertida.

– Y yo… Si pudiese elegir cambiar algo y supiese que hacerlo me impediría estar aquí, ahora. Dejaría todo igual – Sus palabras me sorprendían tanto por el tono como por el significado. Parecía más seguro que nunca a la hora de hablar. Como si fuese más maduro. Giré la cabeza para besarle.

Tras unos segundos noté como sus manos comenzaban a volverse más descaradas y supe que trataba de encandilarme.

– Eh eh… Antes vamos a limpiar esto – Mi hermano gruñó disgustado pero le recompensé con otro beso.

Fui al baño a por papel y me fijé en que el semen de Iván corría por mi muslo recordándome la imprudencia que habíamos cometido. No era la primera vez y nunca me había quedado embarazada, pero no por ello dejaba de estar mal.

Salí del baño y le entregué el rollo de papel.

– Toma. Te toca limpiar mientras me lavo un poco – Dije intentando escabullirme.

– ¿Cómo? ¿Por qué? – Se quejó. Yo puse mi mejor cara de seductora y me acerqué a él lentamente.

– Por que sabes que luego… te lo voy a compensar… Por que harías cualquier cosa por mí… Por qué me quieres… – Cuando llegué hasta él agarré su pene y lo acaricié mientras besaba sus labios con picardía haciendo que comenzara a excitarse.

– Y por que si te vuelves a correr dentro de mí sin condón… Te la corto por la mitad – Dije simulando con mis dedos una tijera que trataba de cortar su pene. Pareció entender el mensaje y no volvió a protestar.

Cuando salí del baño 15 minutos después, Iván estaba a oscuras con la televisión encendida. Parecía estar a punto de quedarse dormido pero al verme con la toalla no dudó en arrancármela y volver a encenderse.

Sonreí al recordar aquellos días antes de que nos pillaran. Cuando aprovechábamos cada momento a solas para hacer el amor. Recordé que solía dejarme agotada mientras que a él aún le quedaban ganas. Era insaciable. Pero esa noche era yo quien estaba dispuesta a agotarle a él aunque tuviese que gastar hasta el último preservativo o dejarle seco a manadas.

Dos horas y tres orgasmos después caímos en la cama exhaustos. Le había acabado agotando, si. Pero me había costado lo mío. Al final, empapados en sudor, fundidos en un abrazo, acabamos quedándonos dormidos.

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Cuando desperté, aún eran las 04:45 de la madrugada. No había dormido más de un par de horas y estaba cansadísima, pero el sueño me eludía por lo que encendí la televisión.

Mi hermano dormía plácidamente con una expresión graciosa. Era increíble tenerle a mi lado. Pero más increíble aún era sentir la felicidad que me aportaba. Ahora más que nunca podía apreciarla.

Aun así, cuanto más pensaba en ello más fácilmente me acosaban los malos recuerdos de aquel día en el que mi madre nos pilló.

Hacía tiempo que no tenía valor suficiente para afrontarlos pero allí, junto a Iván, me sentía la chica más fuerte del mundo. Era hora de plantar cara a mis miedos.

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Un año antes.

 

Llegué a casa empapada por la lluvia y con ganas de darme una ducha caliente. Aquel temporal que duraba una semana deprimía a cualquiera, pero a mí no.

Mi padre llevaba dos meses sin dormir en casa después de que nos anunciaran que iban a “darse un tiempo”. Las broncas diarias por la custodia fueron duras y nos afectaron muchísimo. Pero nos decantamos por nuestra madre para no tener que irnos a Barcelona con nuestro padre.

También hacía poco que Erika se había marchado a estudiar, vivir y trabajar a Toledo. No estaba lejos, pero no verla a diario también me afectó muchísimo.

Por todo ello, mi madre comenzó a hundirse en un circulo vicioso de amargura, odio y mal humor tras ver que su matrimonio naufragaba y su hija predilecta se marchaba de su lado.

Tal vez yo debí haberme puesto en su lugar, haber comprendido por lo que pasaba y haber estado a su lado. Pero no lo hice. Sólo era una adolescente con las hormonas revolucionadas y enamorada de su propio hermano. Que aprovechaba la menor oportunidad para tener sexo con él y que aquella tarde se había saltado la academia para llegar a casa antes de tiempo.

Tras dejar las cosas en mi cuarto fui a la ducha y comencé a desnudarme mientras mordisqueaba una manzana. Tenía poco tiempo para ducharme antes de que llegara mi hermano así que me di bastante prisa.

Resultó que llegó a casa mientras me duchaba y acabé lavándome a toda velocidad. Cuando salí del baño envuelta en una toalla, con el pelo chorreando y apurando lo que quedaba de manzana fui directa a su cuarto.

Vi su chaqueta y la bolsa de deporte sobre su cama junto a una camiseta dejada de cualquier forma. Sobre el suelo había más ropa pero de él no había ni rastro.

– ¿Iván? – Dije en voz alta. Pasé por todas las habitaciones de la casa y el salón buscándole y comencé a pensar que se habría marchado nada más llegar. Pero al entrar en la cocina para tirar la manzana a la basura, una mano surgió de detrás de la puerta arrebatándome la toalla.

El susto hizo que la manzana volara hasta la encimera y sin pensarlo ni un segundo grité mientras salía corriendo hacia mi cuarto. A mitad de camino ya sabía que era mi hermano y me dejé atrapar entre risas. Solamente tenía puesta su ropa interior y adivinaba un gran bulto bajo ella.

Sin ni siquiera decirme hola, sus labios atropellaron a los míos sorprendiéndome por su impaciencia.

– Eh eh… ¿Por qué tanta prisa? Hoy tenemos dos horas más que ayer… – Dije tratando de escapar.

– Pues por eso enana… Así nos da tiempo a más… Y quiero dejarte seca… – Dijo empujándome hacia su cuarto.

– ¿En serio? Prométemelo… – Contesté con tono provocativo.

Sus manos recorrían mi cuerpo como si trataran de desgarrarme la piel a medio secar. No hacía falta mucho para encenderme en aquel momento así que decidí no perder más el tiempo y dejé en su cuello un buen chupeton.

– ¿Anoche por donde lo dejamos? – Pregunté juguetona.

Sabía lo que me contestaría perfectamente. Me había colado en el baño para darle “las buenas noches” rápidamente y de alguna forma acabé haciéndole una felación que decidí concluir prematuramente por miedo a que nos descubrieran. Prometiéndole, eso sí, acabar al día siguiente.

– Pues… – Comenzó a decir mientras le tumbaba de un empujón en la cama.

Me arrodillé a su lado y tras retirar su ropa interior comencé a lamer su pene como si de un helado se tratara mientras que con mi mano masajeaba más abajo. Luego, simplemente la sostuve erguida ante mí y traté de meterla entera en la boca. Me faltó poco.

Durante un buen rato acompañé a mi boca con un par de dedos que recorrían su tronco de arriba a abajo resbalando sobre mi saliva.

No solía hacerle felaciones completas muy a menudo, pero aquella vez me apetecía sentirme sucia. Ya fuese por el morbo de tener la casa para nosotros solos tanto tiempo o simplemente que me había despertado así, estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera.

Sabía por la abundancia de su líquido preseminal que estaba a tope pero no me precipité. No quería estropear su “regalo” antes de tiempo y relenticé el ritmo.

Sabía que le ponía ver como mi boca se desbordaba de saliva y comencé a babear literalmente mientras seguía chupando con un ritmo suave pero intenso. Ya me había acabado acostumbrando a su sabor por lo que no tenía el menor reparo en tragar lo que iba soltando y durante un buen rato soltó bastante… Pero tenía que acabar tarde o temprano ya que yo también quería empezar a disfrutar mi ración de sexo, así que aumenté el ritmo provocando que comenzara a hiperventilar y dos minutos más tarde, su esperma inundó mi boca entre jadeos obligándome a tragar descarga tras descarga.

– Jijiji… ¿No te quejarás no…? – Dije juguetona mientras retiraba todo el esperma sobrante con mi lengua. El se limitó a resoplar.

Poco después fui al baño a lavarme la cara y la boca mientras dejaba que él se recuperase. Pero mientras bebía un poco de agua directamente del grifo una mano se coló entre mis piernas haciendo que me irguiera de golpe. Otra sujetó mi cabeza obligándome a mirar a través del espejo como mi hermano se situaba detrás de mí.

– Iván… Ponte un condón porfa… – Le sugerí mientras su pene se rozaba con mis labios vaginales.

– Porfa enana… Sólo un poco… – Comenzó a presionar con la punta. En aquellos días teníamos sexo casi a diario y alguna vez la locura nos llevaba a hacerlo sin preservativo. Supongo que cuando eres una cría conoces los riesgos pero piensas que estás por encima de ellos.

– Buuuff… Pero no te vayas a correr dentro que te conozco… Que entre unas cosas y otras cada pocos di… ¡Aaah! ¡Capulloooh! Uuuff… – Su pene había entrado de golpe en mi interior provocándome un pequeño latigazo de placer que acabó por hacerme gemir mientras esperábamos a que mi interior se acostumbrase a él.

Luego comenzó a moverse tímidamente como si esperase mi aprobación y se la di cuando comencé a buscar deliberadamente que me penetrara echando mi cuerpo hacia atrás. Pero más que por eso, la obtuvo por mi mirada a través del espejo cargada de deseo, impaciencia y un toque de sumisión.

Cuando comenzó a tomárselo en serio, sus embestidas empezaron a ser cada vez más profundas y pronto comenzaron a arrancarme gemidos que no me molestaba en ocultar.

No había nadie en casa, debajo nuestra no vivía nadie desde hacía tiempo y la vecina de arriba era medio sorda y vivía con un hijo deficiente. No. Gemí con fuerza para alimentar mi propio placer que obtenía de sus embestidas que me estaban volviendo loca.

– Tío… Aaah… Aaah… Aaaaaaah… ¿Cómo… Comolohaces…? Aaah… Aaah… – Dije entre gemidos. Sus manos se habían aferrado a mis pechos y los agarraban con fuerza. No es que siempre practicásemos el sexo directo y agresivo. Más bien iba por rachas y estaba claro que estábamos atravesando una. Pero fuera como fuera si yo le conocía a la perfección, también él a mí. Tenía una facilidad pasmosa para llevarme al delirio.

Después de varios minutos mi garganta estaba reseca de tanto gemir y sabía que en cualquier momento uno de los dos se correría. Resulté ser yo.

Con un profundo y sonoro gemido seguido de un rápido escalofrío que retumbó en los azulejos del baño, mis muslos comenzaron a empaparse de mis propios fluidos que dejaron la alfombrilla perdida. Las rodillas apenas lograban sujetarme mientras mis muslos tenían leves espasmos y mi estómago se contraía y relajaba sin parar.

Aún me penetró tres o cuatro veces más arrancándome alguna súplica hasta que sacó su pene repentinamente y un fino chorro de esperma se estrelló contra mis labios vaginales. Un segundo chorro calló en la parte posterior de mi muslo derecho y el resto de esperma goteó sobre la alfombrilla.

Aún entre jadeos me lamenté por que no teníamos remedio. Siempre acabábamos dejándolo todo perdido. Pero al menos Iván había cumplido su promesa y no se había corrido dentro, aunque no tenía duda de que mi interior estaba empapado de líquido preseminal.

Acabé por darme la vuelta y abrazar el cuerpo sudado de mi hermano. Yo también sudaba profusamente y no tardó en secarme la frente y las mejillas con su mano.

– Te quiero enana… – Dijo antes de besarme. Últimamente lo decía bastante y sin muchos reparos. A mí me costaba un poco más por qué de alguna forma subconsciente todo aquello me parecía mal. Aquella vez no dije nada y me apresuré a limpiar el baño.

El tiempo debió pasar mientras mi hermano y yo volvíamos a su cuarto y gastábamos el primer preservativo. Estaba siendo un día maravilloso y no teníamos prisa. Incluso habíamos puesto música bien alta mientras esperábamos entre cada “revolcón” tumbados en la cama y desgastando nuestros labios con tanto beso.

Había oscurecido bastante y tan sólo nos iluminaba la pantalla de su portátil cuando comprobé que su pene parecía estar resucitando.

– Venga Iván… ¡El último…! – Le susurré abriéndome de piernas. Estaba agotada pero aún no me había dejado seca como me había prometido.

– Con una condición… Dime que me quieres… Ya hace mucho que no lo dices – Contestó serio.

– Iván… No. Ya sabes lo que pienso… Eso no me parece bien… – Contesté en tono molesto.

– ¿Y esto si? ¿Qué diferencia hay? – Insistió.

– No. Esto tampoco… Pero… Esto no es amor… Es sólo sexo y está mal pero es… – Acabó silenciándome con el beso más tierno que me había dado en varios días y consiguió derretirme en pocos segundos cuando su pene comenzó a entrar de nuevo en mí sin condón.

– Esto es amor Tania… Te guste o no… – Dijo comenzando a moverse lenta y profundamente mientras sus besos dejaban marcas en mi cuello y sus manos acariciaban con suavidad mis pechos y mis piernas. Este iba a ser lo que nosotros llamábamos “un polvo romántico“. Lento y cargado de ternura.

Sabía que tenía razón., por supuesto que yo también le quería. Le amaba más que a mi propia vida. Como hermano, novio, amigo y amante. Era el amor de mi vida y él lo sabía. Pero me resistía a decirlo en voz alta aunque a veces se me escapara de los labios.

Tal vez no me atreviera a decirle que le amaba. Pero podía mostrárselo con mis besos y mis gemidos al son de “El talismán“. Un tema de Rosana y que era una de las cantantes preferidas de mi hermano. Aquella canción nos atrapó tanto que perdimos la noción del tiempo y el espacio mientras continuaba dándome placer a un ritmo lento y suave que me encantaba y me hacía sentir en el cielo.

Tan atrapados estábamos el uno en el otro que tardamos en darnos cuenta varios segundos de que se había encendido la luz y nuestra madre nos observaba desde la puerta horrorizada y tapándose la boca con una mano.

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En el presente.

Poco a poco el fin de semana se consumía ante mis ojos que no perdían detalle de cada gesto, sonrisa o palabra que salía de mi hermano. No quería perderle nuevamente sin antes grabar a fuego en mi mente cada segundo que pasaba a su lado.

Los días eran increíbles y las noches se consumían casi tan rápido como la caja de preservativos. Pero a pesar de nuestros “show nocturnos” Erika nunca dijo nada. Sólo se limitaba a lanzar indirectas con una sonrisa pícara con el único objetivo de ruborizarnos.

Al final, llegó el temido domingo por la mañana. En pocas horas él tendría que marcharse en el tren y no sabía cuando podría recuperarle. Eso me había costado toda la noche sin dormir. Bueno, eso y otras cosas… Pero lo cierto es que estaba aterrada.

Dormía a mi lado plácidamente pero me había propuesto despertarle para aprovechar el día. Ambos estábamos completamente desnudos. El cuarto brillaba con un sol cegador que se colaba bajo la persiana a medio bajar.

– Despierta dormilón… – Dije abrazándole. Comenzó a desperezarse bajo el asedio de mis besos.

– Buenos días… – Susurró.

– Buenos días – Respondí devolviéndole la sonrisa.

– ¿Por qué estás tan contenta? – Preguntó.

– Por que te quiero… –  Me puse algo seria.

– Iván… Esta vez no quiero que te vayas sin saberlo… Eres lo que más quiero en este mundo… – Dije.

– Eh eh… Enana. No te ralles. Esto no es un despedida ¿vale? –  Me besó al momento de notar que estaba al borde de las lágrimas.

– Pero no se cuándo voy a volver a verte… – Insistí.

– Cuando Erika vuelva a hacer “magia” – Dijo sonriente y guiñándome un ojo. Aquello me animó. Era cierto, teníamos a nuestra hermana.

Pronto comenzamos a jugar y forcejear bajo las sábanas y una cosa llevó a la otra… Y acabamos irremediablemente enredados.

Me había hecho su prisionera sujetando mis muñecas contra el colchón y colocándose encima mío. Su pene no tardó en estar completamente erecto y tentando con entrar dentro de mí mientras yo fingía intentar liberarme. Era un juego.

Cuando comenzó a invadirme yo ya le estaba esperando con una expresión provocativa.

Habíamos gastado el último preservativo antes de dormir pero no me importaba en absoluto. Cuanto más tiempo pasábamos juntos menos nos preocupaban los riesgos. Sólo había espacio para el amor.

Mis piernas apretaban sus caderas con fuerza indicándole el ritmo lento y pausado que demandaba el momento.

No había besos, sólo miradas cruzadas en un silencio roto por su respiración y mis leves gemidos. No sabíamos que decir pero de alguna forma se respiraba cierto tono de despedida en el cuarto. No una despedida triste, más bien una despedida cargada de promesas. De sueños por cumplir. Haciéndonos conscientes de que sólo sería cuestión de tiempo y un día, por fin libres de ataduras, acabaríamos juntos para no volver a separarnos.

El tiempo se detuvo para nosotros y como un oleaje lento que trae una marea cada vez más alta fuimos llegando al clímax sin dejar de mirar nuestros rostros. Fue entonces cuando vi sus lágrimas desbordándose sobre mí. Atrapé una con mis labios y su sabor salado inundó mi boca. Se estaba derrumbando por primera vez desde nuestro reencuentro, pero no dejé que se detuviera.

– Soy tuya Iván… Siempre… – Enterró su rostro en mi cuello y comenzó a acelerarse.

También lo hacían su llanto y mi excitación que tras varios segundos se desbordó por mi vagina siguiendo al semen que descargaba en mi interior.

Esa fue nuestra verdadera despedida. No la de la estación de tren en la que nos esforzamos en vano por no llorar. Fue esa. Una despedida solo nuestra…

El resto de la mañana fue agridulce incluso para Erika que se escondía para echar unas lágrimas mientras ayudábamos a Iván a preparar su maleta. Pero cuando llegamos a la estación se mantuvo fuerte, quizás para que yo tuviese un hombro sobre el que apoyarme cuando el tren comenzó a moverse y perdíamos de vista la ventanilla de nuestro hermano.

Una vez en su casa tras dejarle marchar, me eché a llorar desconsoladamente en el sofá.

Erika se tumbó sobre mí arropándome con su calor y sus besos  pero tras ver que no había nada que pudiese hacer por consolarme, no tardó en ir a su cuarto y volver con una pequeña bolsa de papel con florecillas estampadas.

– Enana… No quería dártelo hasta llegar a Madrid pero no pensé que te pondrías así… – Dijo arrodillándose en el suelo junto a mí. Me negué a moverme y optó por retirarme el pelo de la cara empapada sustituyéndolo por más besos y caricias.

– Anda mi niña… Ábrelo. Fíate de mí… Cuando lo veas vas a llorar otra vez… ¡Pero de alegría! – Insistió poniéndome el regalo literalmente en la cara. Al final accedí a verlo para que me diera un respiro.

La bolsa contenía una cajita del tamaño de mi mano y envuelta en papel de regalo con dibujitos de Disney… Erika solía ser cursi para esas cosas y me obligué a sonreír levemente. Luego retiré el papel de regalo y descubrí que era la caja de un teléfono móvil a estrenar.

– Bueno… Él seguramente no verá el suyo hasta que deshaga la maleta… Así que tienes unas cuantas horas para aprender a utilizarlo… – Mis manos temblaban mientras mi mente trataba de procesar todo aquello.

– ¡Y mira! ¡Esta tarjeta tiene un número apuntado con varios corazoncitos… ¿De quién será? jijiji – Su tono era divertido y juguetón. Le arrebaté la tarjeta de las manos con la boca abierta por la sorpresa.

Resultó ser cierto que iba a llorar de alegría. Mi cabeza daba vueltas y no me salían las palabras así que directamente me arrojé sobre ella y la abracé con tanto ímpetu que creí que sus costillas cederían en cualquier momento. Ella sólo se limitó a reír, llorar compartiendo mi felicidad y fingir muy mal que le hacía daño. No se cuanto tiempo estuvimos así.

– ¿Por qué has hecho todo esto por nosotros? – Pregunté cuando conseguí calmarme un poco.

– Por que sois mis hermanitos y os quiero “tonta“… Y por que aunque no lo parezca, yo también sé lo que es sufrir por amor… ¿Sabes? – Contestó.

– ¡Anda vamos! ¡Ábrelo que quiero verlo bien! – Me apresuró.

– Eres increíble… – Dije suspirando.

– Increíble es la fiesta que montáis vosotros por las noches… – Contestó con tono juguetón.

– ¡Erika! – Grité avergonzada.

– No, en serio. ¿Qué es lo que te hace para que te pongas así? Mira que yo soy escandalosa chica, pero… –

– ¡Dios! ¡Para ya que me da muchísima vergüenza! – Supliqué. Pero no paró y fui objeto de sus burlas un buen rato. Supongo que era un precio pequeño a pagar por todo lo que había hecho por mí.

Me había abierto una puerta a la felicidad que creía cerrada para siempre. Pero ahora además, sostenía en mi mano su regalo. El cual suponía un rayo de esperanza para nosotros.

Erika cambió mi vida, y gracias a ella por primera vez en mucho tiempo, ya no tenía miedo a nada, excepto a volverme loca esperando a que mi nuevo teléfono móvil sonara trayéndome su voz.

Fin.

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