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Sexo anal con un invitado inesperado

Hola de nuevo! Hoy os quiero contar cuando un día mi mujer me dio una sorpresa que no olvidaré. Os la quiero compartir para daros idea de cómo poner cachondo a vuestro hombre.

Ya os conté que un día me la follé esposada por zorra, así que ella, pasados unos días reflexionó sobre todo lo que había pasado. Se dio cuenta de que le gusta el sexo hardcore y que se la follen duro. Así que un día quiso darme una sorpresa para mostrar su arrepentimiento por haberme puesto los cuernos y, de paso, recibir una tremenda follada que la hiciera desvanecerse de placer.

Pero no adelantemos acontecimientos…

El mensajero y su regalo para sexo anal

Estaba yo sentado en el sofá cuando tocaron el timbre de la puerta. Antes de hacer el ademán para levantarme a abrir, Maite abrió corriendo. Se trataba de un mensajero jovenzuelo, así como de gimnasio. Le dio una caja a la que no le di mayor importancia. Serán algunos libros de los que suele comprar online, pensé. El mensajero se fue sin más dilación y mi mujer se fue a la habitación con el paquete mientras yo seguía viendo la tele.

Pasó un rato mientras oía cómo caía el agua de la ducha. Sin darme ni cuenta, se presentó delante de mí vestida con una lencería que jamás le había visto puesta. Yo me quedé con la boca abierta y sin poder dejar de mirarla como hipnotizado. Ella esbozó una sonrisa picarona y se fue acercando hacia mí andando al tiempo que contoneaba sus generosas caderas. En ese instante me di cuenta de la sesión de sexo intenso que nos esperaba, pues aunque somos una pareja muy fogosa desde siempre, cuando ella es la que me busca a mí significa que toca cumplir con mis obligaciones de amante.

Maite: ¿No me dices nada?

Yo: Estás tremenda. No sabes lo que te espera –le dije, mientras empezaba a meterle mano por todas las partes que su sexy lencería dejaba al descubierto-.

Maite: El que no lo sabe eres tú… -me contestó ella, acentuando su sonrisa picarona, que ahora empezaba a ser de auténtica zorra-.

Se sentó a horcajadas sobre mí mientras me comía la boca y se movía sobre mi paquete, que para ese momento ya estaba a punto de salirse por encima del pantalón de chándal. Al cabo de unos minutos, me sacó la polla del pantalón y empezó a saborearla como sólo ella sabe hacer. Pajeándome ligeramente a la par que succiona con delicadeza mi glande, enjugándolo bien en saliva para provocarme una sensación intensa de placer. Después de dedicarle su tiempo de placer al glande, intenta abarcar más con su boca, intentando metérsela entera en la boca, aunque sin éxito, pues en completa erección no puede llegar hasta los huevos con su boca. Sin embargo, ese esfuerzo por intentar comérsela entera siempre me da un morbo enorme.

Finalmente, sin dejar de pajearme el rabo, le dedica sus juegos orales a mis huevos, lamiéndolos primero para pasar a succionarlos hasta que, una vez los libera de esa bendita succión, se esconden en lo más profundo de mi interior, como atemorizados por ser arrancados de su sitio.

Toca rellenar su chocho con mi polla

Una vez me hubo llevado al mismísimo paraíso con esa comida de polla, quise empezar a penetrarla, por lo que sin pensarlo dos veces la coloqué sobre el sofá, a cuatro patas. Le pasé la punta de mi erecto pene por su rajita para excitarla, cosa que logré según deduje de sus fluidos vaginales que empezaban a manar del interior de su chochito. Intenté penetrarla poco a poco, pero esta vez esa cuevita del placer no podía recibir la plenitud de mi pene.

Viendo la dificultad de la penetración, mantuve en esa posición a mi mujer. Le pasé la lengua por encima de su intimidad, repasando bien sus labios y saboreando sus jugos vaginales. Ella gimió tímidamente, señal de que estaba muy cachonda y excitada. Le metí dos dedos para sorprenderla, a lo cual ella respondió dando un respingo, aunque manteniendo la posición. Suavemente empecé a masturbar a mi mujer. Al mismo tiempo que con la mano derecha le metía y sacaba dos dedos, con la izquierda le acariciaba el clítoris y los labios de su vulva. A ese juego de mano le intercalaba lametones en su conchita para limpiársela de jugos vaginales y para provocarle mayor placer.

Maite: Métemela. Quiero polla. Métemela ya. ¡¡Date tu polla!!

Yo: ¿Quieres polla? Pues toma polla, te vas a hartar de polla.

Al decirle eso, ella se preparó para recibir todo mi miembro. Y ahora sí, su vagina aceptó con menos resistencia la plenitud de mi verga. Se la metí despacio pero sin pausa hasta casi topar mis huevos con su almejita. Ella, al sentir su chochito relleno por completo, soltó un comedido grito de placer mientras volvía su cabeza hacia mí, lo cual ella sabe que me pone tremendamente cachondo. Empecé a incrementar la velocidad de mis embistes mientras la sujetaba por las caderas y la atraía hacia mí. Bombeaba cada vez más fuerte. Ante el temor de una salida inopinada de mi polla, pues ella también se movía buscando una mayor profundidad de penetración, la sujeté por la cadera con mi mano izquierda y con mi mano derecha la dominaba agarrándola por el hombro.

Tuve que frenar un poco el ritmo para no correrme, así que una vez hube frenado el ritmo, pensé que le tocaba ya correrse. Ella había venido buscando placer, y yo tenía que dárselo y cumplir. Así que me salí de ella, la cambié de posición, la senté en el sofá y la tendí boca arriba, ofreciéndome todo su chochito, repleto de jugos vaginales y con un clítoris duro como una pequeña piedra. Le di mi polla para que mamase como si de un chupete se tratase al tiempo que le acariciaba todo su sexo con mi mano derecha. La veía comiéndome el rabo como si la vida me fuera en ello y me costaba horrores no correrme en su garganta, así que me centré en empezar a masturbarla.

Con los dedos corazón y anular bien metidos en su interior, hurgué hasta encontrar su puntito rugoso, su punto G. Ella frenó la intensidad de la mamada como por instinto. Y yo, de forma automática, al ver su reacción, comprendí que íbamos por el buen camino. Metía y sacaba los dedos cada vez de forma más enérgica, a modo de gancho hacia arriba, hasta tal punto que Maite ya sólo me tenía agarrado el nabo pero fuera de su boca porque ahora ésta sólo lo servía para gemir y soltar alaridos de placer hasta que los alaridos se convirtieron en auténticos gritos.

Gracias a que se tiró los minutos de la masturbación sin chupármela conseguí aguantar la eyaculación. Aproveché también los minutos de tregua que me dio al tener que ir al WC a orinar debido al orgasmo que acaba de tener.

Lo que ocurrió a continuación aún lo recuerdo como si fuera ayer. Casi podría decir que ese mensajero era un ángel. Aunque eso lo contaré en una segunda parte, porque me he alargado un poco.

Sexo anal con un invitado inesperado. II parte
Mamada en el coche con la amiga de mi novia. Relat...
 

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